¿Fue Trujillo un resentido?

FERNANDO INFANTE
En su más reciente artículo que publica el exquisito narrador R.A. Font Bernard en el periódico HOY, trata acerca de la figura histórica de Rafael Leonidas Trujillo, y en su trabajo plantea que: “A los cuarentitrés años de su desaparición física, Trujillo es aún el gran enigma del Siglo XX dominicano”. Esto, según expone el fino articulista, debido a la voluminosa bibliografía que sobre ese gobernante ha sido escrita envuelta en la dicotomía maniquea del bien y el mal que ha prevalecido en la mayoría de los juicios externados sobre ese hombre y su régimen, desde el ayer hasta el presente, lo que no ha contribuido a despejar los rasgos de oscuridad y confusión que todavía envuelven la Era de Trujillo.

Sin pretender satisfacer la preocupación que ha estado constante en mi apreciado amigo acerca de ese trágico personaje dominicano, tenido como paradigma por excelencia del dictador latinoamericano, me atrevo a escoger las razones que expuso Don Américo Lugo, cuando, luego de acordar con el Estado escribir una historia dominicana desde la llegada de Colón hasta la última administración de Ulises Heureaux, le fue pedido que la extendiera hasta el año 1930, a lo que se negó el adusto doctor Lugo, porque, a su juicio, los primeros treinta años del siglo estaban muy frescos y muchos de los protagonistas de esos tormentosos años se encontraban activos lo que podría impedir o enturbiar la investigación y análisis de los hechos históricos ocurridos en esa última etapa en caso de agregar a la obra destinada cuando estuviese concluída a ser materia de enseñanza en las escuelas.

Trujillo y su tiempo, todavía están muy frescos en la historia y el interés por caricaturizarlo está muy vivo porque hay que mantener el pueblo asustado con sus “perversidades” para que pueda seguir esta “democracia” que hemos mantenido desde su muerte.

Pero no es ese el interés de este artículo, sino hacer referencia a la calidad de “resentido” que le atribuye Joaquín Balaguer, quien pudo haber sido la mayor autoridad para hablar o escribir acerca de la vida política de Trujillo y a quien Font Bernard cita en su artículo: “Trujillo fue un resentido que humilló a todo el mundo para vengarse de los desprecios que recibió cuando luchaba por ascender en medio de una sociedad que le era hostil”.

Con frecuencia se escuchan voces expresarse acerca de Trujillo como un personaje lleno de resentimiento; también en algunos escritos se habla de esos rasgos en su conducta. Pero, ¿respondía en verdad Trujillo a un carácter dominado por el resentimiento? Por su actitud y proceder no lo demostró. Trujillo no era taciturno como Tiberio, que incluso se retiró a Capri por diez años y desde allí gobernó alejado de Roma, asqueado de sus multitudes y de un Senado al que consideraba despreciable. Claramente Trujillo tampoco era un gobernante sombrío que vivía oculto en su Palacio como Jorge Ubico; ni un hombre elusivo y atemorizante como Gaspar Rodríguez de Francia quien antes de salir a su paseo vespertino por las calles de Asunción lo precedían dos soldados para despejarlas y disparar a las ventanas que estuviesen abiertas, para que “El Supremo” no fuera visto. Estos son solo unos pocos ejemplos de hombres señalados como verdaderos resentidos. Trujillo era un déspota en el sentido más acabado; como Napoleón, Hitler o Mussolini. Pero al igual que éstos no era un resentido social. Disfrutaba al igual que ellos el calor de las multitudes, amaba los homenajes públicos y privados y otros halagos. Trujillo era el primer actor en cualquier manifestación multitudinaria que le fuese hecha. Las gozaba tanto como a una mujer sensual, que se les ofrecían en oleadas, porque, como dice Herrera Luque, no hay mayor afrodisíaco que el poder. Trujillo se sentía pleno de goce entre sus amigos íntimos; no era triste; era alegre y festivo cuando había disposición para el solaz. A diferencia del resentido gustaba exhibirse, bien fuera a pie, a caballo o en automóvil, como lo hacía en el flamante Rolls Royce que le regalaron sus amigos en el año 1935, cuando se paseaba orondo, por la capital, conduciendo él, seguido de sus edecanes militares en otros autos.

Cuando visitaba cualquier pueblo o región del país, lo cual hizo con regularidad durante sus treinta y un año de gobierno, no se encerraba ni se aislaba de las gentes; bailaba y bebía con la intensidad del criollo satisfecho de lo que le ha dado la vida. Con sus amigos cercanos, según el momento, compartía con soltura y relajamiento. Hacía bromas y se contaban chismes como hijos de vecino. No inspiraba ni emanaba una aureola tenebrosa en su conducta social; fue generoso con sus amigos hasta la prodigalidad. Así no se comporta un resentido.

¿Que Trujillo avasalló a las mejores familias? También las encumbró y les dio prestancia política como no la habían tenido jamás. ¿Que hubo crímenes de Estado, asesinatos políticos, vejaciones y prisiones? No debemos olvidar que cuando se habla de Trujillo es de un gobernante con un fuerte desarrollo del carácter despótico que asume todo el poder para crear una nueva sociedad. Sea por convencimiento, admiración, conveniencia, temor o lo que fuera, en su tarea reconstructora estuvieron en forma abrumadora los hombres de saberes más calificados de la época. Siempre se ocupó de recordar su indeclinable línea política en el manejo del Estado y así fue entendido y cuando no, fue hecho entender: “Mi temperamento se inclina naturalmente a todo el que me es leal y se entrega a mi política sin reservas”.