¿Fue un tsunami lo que “mató” al Memphis?

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FERNANDO BATLLE PÉREZ
El análisis de la causa del poderoso oleaje que hizo naufragar y encallar al crucero acorazado USS Memphis en el Placer de los Estudios en la tarde del 29 de agosto de 1916, dramático episodio tratado brevemente en un artículo previo, resulta interesante cuando se lo inscribe en el marco de las inquietudes que hoy existen en relación al elevado riesgo sísmico-tsunámico en el que se encuentra toda la región caribeña.

La violencia marina que destruyó al Memphis fue de excepcional poder y engañosa aparición y tuvo a su “favor” la vulnerabilidad en la que éste se encontraba al estar fondeado al ancla en una zona abierta a la mar dominante, con su quilla a menos de 30 pies sobre el lecho marino en un punto próximo al inicio del pronunciado descenso del talud insular, y en condición de inercia motora, es decir, en incapacidad de poder moverse “ipso facto” debido a que sólo contaba con 2 calderas encendidas de las 16 que tenía.

Pero no estaba totalmente desamparado. Disponía de cuatro calderas preparadas de un todo (nivel de agua, combustible, personal, etc) para entrar en operación de inmediato. La potencia añadida a la existente le permitía, en apenas 40 minutos, moverse con presteza para escabullirse del peligroso lugar.

Estaba bajo un estado de alerta permanente. No era para menos en un mes de agosto en el que por extraña coincidencia en todos sus días martes, perturbaciones meteorológicas agitaron severamente las aguas del litoral causando importantes pérdidas de embarcaciones criollas menores y medianas, incluyendo a la goleta norteamericana Day Light en Palenque.

En una de estas furias, la del martes 15, el oleaje embarrancó a una de sus lanchas en la cenagosa playa Del Retiro e hizo naufragar en la desembocadura del río Ozama (justo frente a su fondeadero) al vapor nacional Jacagua. Luego, el martes 22, a raíz de la peligrosa agitación provocada por el “Ciclón de San Hipólito”, el buque salió rápidamente hacia mar afuera, operación que le permitió probar la efectividad de la medida de las cuatro calderas en “stand by”.

El mismo día de la tragedia, horas antes, con un tiempo sin presagios inquietantes, el capitán del Memphis, Edward L. Beach, veterano y culto oficial, escritor de novelas, ya quemado por el sol tropical (Haití, 1915), declinó una tentadora invitación para ir a tierra que le hizo su superior jerárquico, el contraalmirante Charles F. Pond. A pesar de la tranquilidad reinante, tenía conocimiento de que una perturbación tropical transitaba a gran distancia por el Caribe llevando una dirección que la alejaría mucho más, por lo que la desestimó como amenaza para su buque (¡craso error!, podemos decir cómodamente hoy). Pero no abandonó su barco. ¿Lo retuvo en él su recelosa actitud hacia el mar que estaba todavía en absoluta calma?

Visto así, se entiende que el Memphis sólo podía ser sorprendido por un fenómeno natural fuera de lo común, y lo más encajable en esto era atribuirle una causa “volcánica”, expresión que para la época, podía incluir no solo a lo propiamente volcánico sino también a lo telúrico o tectónico, pensamiento lógico por razones históricas puesto que todo oficial de formación académica debía tener conocimientos de las pérdidas de unidades de su marina (dañadas, destruidas o embarrancadas en tierra) por tsunamis violentos de origen sísmico como los ocurridos en las Islas Virgenes (1867), y en Arica, entonces perteneciente al Perú (1868), y de lo que le pasó al vapor holandés Berouw arrastrado tres millas tierra adentro por el gigantesco tsunami del volcán Krakatoa (Indonesia, 27 de agosto de 1883.) Los fiscalizadores de la marina no tardaron en concluir que la tormenta caribeña había sido la razón del magno oleaje (un típico mar de leva). Pero en medio de cosas que no bien explicadas, con lo “volcánico” flotando en el ambiente, y puesto que alguien tenía que pegar, Beach recibió una condena consistente en la pérdida de 20 puntos dentro de su rango de capitán de parte de la corte marcial que lo juzgó en diciembre de ese año (1916).

Al ser aplicada en 1917 se la rebajaron a 5 puntos y aún “condenado” ocupó importantes posiciones, entre ellas, la del envidiable comando del flamante acorazado USS New York (28,000 toneladas, 10 cañones de 12 pulgadas), insignia de la flota norteamericana que unida a la iglesia participó en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial en Europa. Luego, en 1919, y puesto que “todo el mundo sabía que no era culpable” se la retiraron totalmente bajo el criterio de lo “volcánico”, algo que había sido obra de Dios.

Así, este concepto alcanzó nivel de “verdad” oficial, y una “tidal wave” (inapropiado) resultó ser lo que destruyó al Memphis. Pero como no hubo en toda la región caribeña evidencias de una causa de esta naturaleza, resulta todavía difícil explicar la sorpresiva y excesiva violencia de un oleaje que fue capaz de burlar las razonables medidas de protección que se les habían dado al barco. ¿Tuvo éste algún componente distinto?