Fulgurazos

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UNO

El menos original de todos los cultos, es el culto a la personalidad. Y la sociedad dominicana lo ha atravesado  descaradamente en su historia, dándole incluso carta de ciudadanía, asumiéndolo como algo natural, viviéndolo como parásito de lo  improbable; porque no hay nada que evidencie más la subordinación que el culto a la personalidad.

En una sociedad semejante el honor es un sitio vacío, el poder de apertura de la palabra es una gárgara impura, y no hay lugar que escape a la abyección despiadada. El trujillismo no era tan solo represión, era también, y sobre todo, abyección.  ¿No son esos mismos líderes venerados los que nos han prometido la felicidad y nos han conducido a la desventura? ¿Existe el individuo dominicano? ¿Por qué ese liderazgo corrupto de la partidocracia no tiene origen ni fecha de nacimiento, y retorna siempre, como si no pudiera haber sociedad sin él? ¿Es que, acaso, hemos salido del siglo XIX? ¡Oh, Dios!

DOS

La comisión designada por el Senado para “investigar el origen de la fortuna” del senador Félix Bautista” es una burla y una desconsideración a la sociedad. Se puede ser cínico y presuntuoso, pero llegar a creer que éste es un país de tarados mentales colma la paciencia y deja fluir la indignación. El Senado debería economizarse cualquier informe que esa comisión pueda rendir, y permitirles que dediquen sus sesiones a discutir sobre “el sexo de los ángeles” o sobre “cuántos querubines caben en la punta de un alfiler”, a la usanza de los agotadores debates escenificados en el Imperio Bizantino.

Cuando una institución como el Senado crea una comisión tan imperdonablemente insolente como ésa, uno tiene derecho de preguntarse  si se justifica que el país tenga un Senado. ¿Qué ha aportado a la democracia, al fortalecimiento de la equidad, a la justicia, a la transparencia, al juego indispensable de la interactuación social, este Senado  que no es más que  un sello gomígrafo del Ejecutivo? ¿Qué dirían los clásicos del enciclopedismo ante un Senado que legisla para su propio beneficio, y le impone cargas impositivas al país, sin despojarse ellos mismos de sus privilegios? ¿Qué otra cosa es el “barrilito”, las dietas, las exoneraciones, las asignaciones de dinero por asistencia a comisiones, el combustible, etc. que no sea corrupción legitimada? Ese Senado no tiene moral para investigar nada, y mucho menos a un parigual. El país no quiere otra cosa que no sea justicia.

Después que formó la comisión para “investigar el origen de la fortuna del senador Félix Bautista”, Reinaldo Pared Pérez, miró la hora en su reloj Rolex Presidente, se montó en su carro Bentley y puso la proa hacia “El mogote”, donde tiene una de sus casas de campo. Miró de reojo al presidente de la comisión, un mamut jubilado de las huestes reformistas, y cuando el motor silencioso del Bentley arrancó se le oyó reír  en el asiento de atrás: ¡Jiac, Jiac, Jiac, Jiac, jiac!

TRES

Leonel Fernández ha perdido la batalla moral, y él lo sabe. Tiene dinero y poder, y abandonada a sí misma, la figura del  tribuno retórico  anegado en las cosas. Pero le falta el ángel que lo acompañaba en el ágora, y se retuerce en el podio como el déspota, como el dueño de la verdad que se oye a sí mismo. Aunque arengó triunfalista sobre la permanencia en el poder durante treinta y seis años, el tipo que hablaba se fisgaba a sí mismo, se veía desfigurado, desmistificado, desacralizado; él que era un tótem, casi un Dios,  del cual no quedan ahora sino los escombros comunes a todos los falsos dioses.

Mientras hablaba, detrás de él se escenificaba un juego de máscaras, porque muchos de los que participaban en el acto saben lo que él hizo en el gobierno, saben el estropicio de la corrupción que él capitaneó; y juegan  al papel de las simulaciones, mientras él mismo se mortifica recordando los amplios repudios que tuvo que soportar. Por eso, la locura de los gestos, la aberración de los juicios, la repetición de viejas fórmulas desvencijadas del entusiasmo; porque ese hombre ya  perdió la batalla moral, y  ha envejecido más que Juana de Arco, después de las tres noches de su martirio.