Futurología

POR R.A. FONT BERNARD
Cada época tiene sus problemas típicos, y también sus angustias características. Hace mil años, la gente consideraba medrosamente el final del mundo. Y hace apenas quinientos años, aún se creía en las brujas y en la eficacia de los  “ensalmos”. Los Cronistas del Descubrimiento y la Conquista de América, deslumbrados por las novedades del ignoto mundo al que tenían acceso por primera vez, alucinaron con sus hiperbolizaciones a una Europa que apenas iniciaba su salida del oscurantismo medieval. Pedro Mártir de Anglería, relator extraordinario  y cronista cabalístico, describía para las gentes de entonces un animal de las nuevas tierras, que tiene el cuerpo igual al buey y no es buey, está armado de trompa de elefante y no es elefante, pero no tan grandes ni tan caídas, si bien mayores que los otros animales”.

Por su parte, el sacerdote Gaspar de Carvajal, cronista de la expedición de Francisco de Orellana, en el descubrimiento del río Marañón, testimonió en su “Relación del descubrimiento del famoso rico grande de las amazonas”, que había visto “titanes encantadores y amazonas esclavizadoras de los hombres”.

En el decenio cuarenta del siglo retropróximo, el mundo aún no repuesto de los horrores de la II Guerra Mundial, recibió angustiado la noticia que daba cuenta de la liberación del átomo. Y en la actualidad, más de medio siglo después, no son pocos los que tiemblan ante la eventualidad de que por un imponderable fortuito el mundo quede materialmente pulverizado por el estallido de las bombas nucleares. La cautela con que los Estados Unidos de América, la potencia económica y militar más poderosa del mundo, está manejando sus relaciones con Corea del Norte, es un testimonio ilustrativo.

Entre nosotros los dominicanos, el trágico final de Trujillo, del que conforme se suponía sería el punto de partida de la “revolución pendiente” –esto es, un proceso de realizaciones y cambios sustanciales que nos liberacen de los mitos y de las fabulaciones que durante siglos han retardado los avances en lo relativo a la educación, la cultura, la salubridad, y la tecnología–, no ha cuajado en realidades tangibles porque lo han impedido los intereses creados y las complicidades políticas. Como consecuencia de ello, constituimos una sociedad angustiada, deprimida, por toda una suerte de frustraciones y malogros inmerecidos.

Discurriendo en torno al futuro previsible, las proyecciones de unas estadísticas no del todo confiables, indican que para el año 2010, es decir, mañana, seremos unos quince millones de dominicanos, obligados a convivir dentro de los cuarenta y ocho mil kilómetros cuadrados que nos corresponden la división territorial, que nos impusieron los intereses políticos económicos de la Europa del siglo XVII. De esa cantidad de habitantes, más de un millón serán nacionales haitianos, en su mayoría indocumentados, pero admitidos como fuerza de trabajo esclava. No obstante esa densidad demográfica, el Distrito Nacional y sus municipios adyacentes contemplarán problemas sin soluciones, en lo atinente a los servicios públicos. Varios de los ríos que aún sobreviven amenazados en sus caudales por la contaminación de origen industrial, y por las depedraciones de los bosques, serán solo recuerdos para los octogenarios; la importación de los comestibles se habrá intensificado tras la firma del Tratado de Libre Comercio, y como consecuencia de las migraciones campesinas hacia el extranjero, tendremos que importar los plátanos del Africa, y los pollos nueva vez de Grecia, como en el período presidencial de don Antonio Guzmán.

Si como algunos lo desean, fracasase el ensayo de gobernabilidad que actualmente intenta preservar el Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, recurriendo a recursos magisteriales, el certamen electoral del año 2008 quedará a la disposición de un “chavista” a la criolla, evocador de un “no hay peligro en seguirme”, asesorado por los nostálgicos del cesarismo democrático.

No faltarán, desde luego, los revisadores de la historia, que propondrán para el general Pedro Santana la renovación del título de “Padre del Pueblo”, que propuso para él, el trinitario Francisco del Rosario Sánchez, y los que a la vez, con el beneplácito de la Academia de la Historia, dispondrán la apertura de tres nuevas criptas en el Panteón Nacional para la consagración definitiva de ya se sabe quiénes.

Pero también la Constitución de la República será reformada nueva vez, para instituir “en definitiva”, que la República Dominicana “no es propiedad de nadie en particular”, a la vez que declara que “todos los ciudadanos identificados por la cédula electoral, “dispondrán de los mismos privilegios que los “Presidentes de la República”.

Finalmente a alguien se le ocurrirá proponer una reforma muy personal, en el sentido de que, para imponer la austeridad en la administración pública, el actual Congreso Nacional quede convertido en un cuerpo unicameral, integrado por no más de dos legisladores por cada provincia, con la advertencia de que los aspirantes a esas representaciones tendrán que representar previamente, un certificado de suficiencia del sexto curso de la escuela primaria.

Pero “la revolución pendiente”, preconizada desde la caída de la dictadura de Trujillo, tardará aún muchos años bajo el predicamento pesimista de que desde la instauración de la República, el año 1844, los dominicanos nacemos, unos para hacer leña, y otros para hacer carbón.

Y como la gente de mil años atrás, para el 2010 la mayoría de los llamados genéricamente ciudadanos no faltarán los que crean en la proximidad del fin del mundo y otros, en que como lo dijo un filósofo popular, “si cuando Dios nos creó no estaba enfermo, debió estar de pésimo humor”.