Ganar es necesario, pero gobernar
es lo esencial

RAFAEL TORIBIO
El Informe sobre el Desarrollo de la Democracia en América Latina, del PNUD, nos recuerda que la democracia tiene tres dimensiones. La electoral, centrada en la elección legítima de las autoridades, la civil, cuyo contenido son las libertades y derechos de las personas, y la social, que reclama el bienestar material y espiritual de los ciudadanos.

Estas tres dimensiones de la democracia deben desarrollarse de manera conjunta para asegurar su eficacia y su permanencia. Nos advierte, además, que la democracia no debe centrarse excesivamente, mucho menos agotarse, en lo electoral, porque una democracia sólo para elegir las autoridades sin que se garanticen libertades y derechos y, sobre todo, se resuelvan oportunamente los problemas económicos y sociales, no tiene asegurada su permanencia. La ciudadanía puede cansarse de ver que los gobiernos se suceden pero los problemas permanecen, algunos, incluso, agravados.

Estamos presenciando, por otro lado, que los partidos políticos, con funciones esenciales para la estabilidad política y el fortalecimiento de la democracia, las desempeñan de manera precaria, pero, además, poniendo un énfasis excesivo en lo electoral. Entre sus funciones, los partidos políticos tienen la responsabilidad de articular las demandas particulares en voluntades colectivas que se traducen luego en políticas de Estado; son las organizaciones encargadas de reclutar y entrenar la clase política que asumirá las funciones de Estado; además de la formulación de políticas, tienen la responsabilidad de ejecutarlas desde el gobierno; a ellos está reservada la dirección del Estado desde el gobierno. Como estas funciones se realizan orientadas al ejercicio del poder, o desempeñadas desde el poder mismo, se ha asumido que la búsqueda del poder político es el objetivo fundamental de todo partido político, pero entendido como medio, no como un fin en sí mismo.

Está sucediendo, sin embargo, que, sin disminuir su importancia, tanto en la democracia como en el desempeño de las funciones de los partidos políticos, se está poniendo un énfasis excesivo en lo electoral. En la democracia, el sujeto ha terminado siendo el elector, no el ciudadano, y su contenido parece más centrado en la forma en que se eligen las autoridades que en la preservación de las libertades y derechos ciudadanos y la solución de los problemas sociales y económicos de la ciudadanía. De ahí que autoridades legítimamente electas poco tiempo después de asumir el poder enfrenten problemas de gobernabilidad por no responder oportunamente a las expectativas, demandas y compromisos. Por la forma de organizarse y proceder, parece ser que a los partidos les importa más ganar las elecciones que gobernar adecuadamente. Su estrategia fundamental está orientada a ganar las elecciones, no tanto a realizar un ejercicio del poder que mantenga y aumente el apoyo popular, en base a realizaciones que procuren el bienestar de las mayorías. Por eso se afirma, con cierta razón, que se han transformado, fundamentalmente, en maquinarias para ganar, no necesariamente para gobernar.

Algunos datos apuntan hacia la transformación de los partidos políticos en verdaderas maquinarias electorales, entre los cuales podemos citar los siguientes. En la actualidad los partidos políticos carecen de diferencias ideológicas fundamentales entre ellos, a todo lo más que llegan es a tener alguna diferenciación programática. Los programas de gobierno representan más instrumentos de captación de votantes que compromisos de realizaciones desde el poder. Por otra parte, fuera de las elecciones, los partidos reducen significativamente sus actividades, aún cuando se han ganado las elecciones, porque cuando se ganan sucede que el partido se traslada al gobierno y las actividades partidarias internas languidecen. Pero donde se nota con mayor dramatismo el énfasis exagerado que los partidos otorgan a lo electoral es en la relación con su militancia. En la mayoría de los partidos ésta es solo estimada al carecer de registros confiables, revelándose siempre mucho menor que la declarada; hay mayor preocupación por captar nuevos votantes que por mantener y acrecentar a los militantes; por eso la capacitación de los militantes, como mecanismo de formación y de pertenencia, ha dejado de tener algún interés y sólo se realiza cuando hay fondos externos para ello porque pocas veces se acomete con recursos de su propio presupuesto; la vinculación permanente del militante con el partido, salvo en los procesos electorales o en la búsqueda de un empleo después de ganar las elecciones, carece de importancia, evidenciado en que el tema de las cotizaciones de los militantes no es ni siquiera materia de discusión. La mayor prueba, en el caso nuestro, de que lo electoral es lo prioritario en el quehacer de los partidos es que han adoptado como la matriz básica de su organización interna las mesas electorales.

Ante esta situación, cuando se habla de crisis de los partidos políticos ¿nos referimos al desempeño deficiente de sus funciones o a que se han ido transformado por ocuparse, de manera preferente, a sola una de sus funciones? Esto nos conduce a preguntarnos si las crisis es “funcional” o “institucional”. Lo primero es preocupante; lo segundo una tragedia.