Gascue

El pasado 3 de agosto, los periódicos reportaron que la Unión de Juntas de Vecinos de Gascue acudió a la vista pública celebrada en el Ayuntamiento del Distrito Nacional para analizar la Normativa de Zonificación de Densidades de ese ensanche que, en su momento, fue una distinguida área de la ciudad Primada de América y hoy se ha convertido, gracias a las medidas tomadas a través de los años, en una especie de caricatura bochornosa de lo que fue.

El presidente de la Unión señaló con buen tino que es una incongruencia permitir torres de ocho y diez pisos en ciertas avenidas y justo detrás de esas, no se podía construir más que uno (o cuatro niveles), apuntó que a ellos no les molestaban las torres pero sí el discriminatorio deslinde de alturas, y, lo cita como una de las razones de la arrabalización de Gascue. Nadie mejor que los residentes de la zona para explicar lo que están viendo suceder y padecen.

Se aduce que la infraestructura no permite más viviendas, sin embargo, en el polígono central se están permitiendo torres en calles estrechas con tuberías de diámetros inadecuados, sin alcantarillado pluvial ni sanitario. Obviamente, las ciudades han de ir transformando sus infraestructuras de acuerdo con el crecimiento, algo se ha venido haciendo con la transmisión de electricidad. De lo contrario, no se pueden suplir las demandas. Transmisiones, conducciones y redes inadecuadas aumentan las pérdidas de agua y electricidad considerablemente. Estas pérdidas más que cubren el costo de la adecuación cronológica.

No es la primera ocasión que me refiero a Gascue y a la Ciudad Colonia ambas arrabalizadas y convertidas en nido de prostíbulos, mercados lésbicos, homosexuales, pedófilos y escandaleras. Simplemente horripilantes, degradantes y desagradables. Situaciones como ésas no ocurren porque sí, son consecuencia de medidas inapropiadas que con el tiempo producen sus efectos.

Si los reguladores, al redactar normativas, olvidan aspectos fundamentales, como son: la economía y el crecimiento que genera, además, en su afán regulador, aun de muy buena voluntad, sobre-extienden sus normas más allá de lo razonable, abarcando grandes áreas; cosechan, antes que después, los resultados que vemos. Cuando las familias que vivían en la Ciudad Colonial o Gascue hicieron crecer sus emolumentos y aprendieron que las comodidades de que disponían no eran las modernas que podían comprar; el ruido y la densidad del tráfico alteraba sus paciencias; buscaron nuevos espacios, los urbanizaron y se mudaron. Es parte de la dinámica urbanística.

Las casas o apartamentos que dejaron libres se alquilaron porque no podían venderse para construir torres; por tanto, las rentas fueron las que se pudieron conseguir, bajas a los ojos de los propietarios.  Todo aquello convirtió en un lastre económico, los dueños perdieron interés en esas inversiones. Las personas que pudieron las vendieron a precio vil, otras las abandonaron a sus respectivas suertes. El mercado se deprimió. El urbanista regulador piensa que conservó un patrimonio y el propietario que lo jodieron.

La cadena del razonamiento anterior es recurrente, es decir, los que alquilaron en los sesenta, setenta y ochenta, cuando aumentaron sus entradas, aspiraron a mejor nivel de vida, como no lo conseguían en Gascue, se mudaron a mejores desarrollos, más  al oeste. Esos inquilinos fueron substituidos por otros de menor poder adquisitivo; así se cierra el círculo vicioso que resulta en una espiral descendente de depresión continuada. Uno que otro potentado con influencias políticas extraordinarias y/o muy adinerado, que puede crear su propio ambiente, aislado de lo que pasa a su alrededor, quizá viva todavía en Gascue o en la Ciudad Colonial, los demás se fueron.  Este mecanismo produce ciudades de enormes áreas que a su vez requieren servicios más extensos.

Así hemos llegado a la situación presente, grandes áreas arrabalizadas de la que era probablemente una de las ciudades más bellas de América y un montón de casas declaradas monumentos nacionales, en las que no nació, ni vivió, ningún héroe nacional, sino que por razones inentendibles han quedado congeladas en el tiempo, esperando que se derrumben por el abandono total, ya que no tienen sentido económico. La ciudad de Santo Domingo es probable que tenga, proporcionalmente, más casas monumentales que Nueva York o Boston, esta última, con un fabuloso programa de renovación urbana, donde se ve una calle con casas antiguas y todas las demás con altos edificios, modernísimos que impiden el deterior del casco antiguo contiguo. Sí, la inteligente combinación de edificios modernos con muy limitadas áreas conservadas, es lo que perdura, pues las primeras sostienen las segundas.

La medida de permitir torres en las avenidas y bajos niveles posteriores, como también sucede detrás de la Anacaona, parece querer tapar arrabales con grandes edificaciones frontales. Medidas más bien dignas de una pretensiosa y ostentosa dictadura que de una democracia.