Génesis de la violencia

Confieso, sin arrepentimiento alguno, que siento lástima del país cuando llega a mi conocimiento que alguna persona joven ha caído en manos de la justicia, por la comisión de algún insignificante delito.
Me inscribo, sin embargo, entre los que postulan que “no todo está perdido”. La nación ha transitado media centuria, desde la caída de la tiranía, y ha logrado superar escollos que por momentos parecieron insalvables.
La baja escolaridad no es ya obstáculo para algunos dominicanos que pretenden abrirse paso en la política, o en negocios ilícitos, desnudando su formación hogareña, si acaso han tenido la oportunidad de recibirla.
Los patrones de educación en las aulas y en el hogar hace tiempo que cambiaron, transformados por unos estilos de vida impuestos por el acceso fácil a costumbres foráneas, y a unos modelos de conducta a los que el dominicano veinte o treinta años atrás no tenía acceso.
El afán de tener, y no de ser, ha penetrado las entrañas de gente que se desvive por escalar estatus por encima de sus reales posibilidades.
Los elevados casos de feminicidios no son hechos aislados, los preocupantes y muy frecuentes suicidios no vienen solos, son la acumulación de la ignorancia, de la desatención del Estado hacia una población que merece que se le escuche, que se atiendan sus reclamos, sus apremiantes urgencias.
El ciudadano no puede salir a las calles pensando que puede ser víctima de un atraco por la sustracción de un celular, o por el roce simple de su vehículo, como si viviera en una selva. No.
Quienes elaboran las leyes y diseñan políticas públicas deben entender que la violencia y la criminalidad que consternan y abaten hoy a la sociedad dominicana tienen orígenes remotos y causas multifactoriales y, por tanto, deben ser atacados desde sus diferentes elementos.
Las deudas sociales acumuladas, por apatía o insensibilidad de los representantes oficiales en determinadas comarcas, han venido produciendo éxodos continuos del campo a las ciudades, de enormes cantidades de ciudadanos que procuran satisfacer necesidades mínimas que no encontraron en sus lugares de origen.
Hay que plantearse seriamente los orígenes de una violencia que parece no encontrar frenos.