Gilberto Hernández Visionario, maestro e incomprendido

07_12_2019 Areíto 07-12-2019 Areíto6

En el devenir de los años, la plástica nacional, antillana, latinoamericana, por qué no, la universal, se nutre de la excelsitud de uno de sus más grandes escultores: Gilberto Hernández Ortega. Gilberto, perteneciente a una raza indómita de la expresión informal y al macizo de las más altas cumbres pictóricas de América, sigue hoy en el contexto de los grandes incomprendidos, donde la justa medida de su reconocimiento está distante de su extraordinaria figura de gran artista, prolífero, innovador, sincero, auténtico; MAESTRO. El estatus de una sociedad invertida, donde los valores se confunden, la complacencia es una forma de obtenerlo. Hernández Ortega se complacía en alardear de su bronca actitud rebelde y desarraigada frente a un gusto y hábitos comunes en la sociedad que lo gestó y lo exterminó.
Como un reto eterno y provisto de valores en los cuales él tenía ciega fe, no fue un pintor itinerante, ni nómada; fue sedentario profeta en su propio infierno, donde expresó el más aguerrido discurso, agresivo y altisonante. Voz timbrada, rugiente tono mayor, lacerante, antiformas y color, hermosas formas rasgadas, cercenadas con color sucio o limpio, ese color único, trascendente, color del bien pintar. Gilberto, descuidado hacedor de la más bella expresión plástica, argamasa de bohemia y taller, de buen taller, de sublime bohemia. Lúcida y confusa manifestación creadora donde el ocio y el afán dejaban huellas inconfundibles de la más recia personalidad y la más solitaria forma de crear el sutil entorno de la belleza, con una grata cercanía a la sublimidad. La pertinaz llovizna del tiempo acumula estratos de mugre y musgo sobre contexto vital, efímero y transitorio. Los elementos de capital importancia creados por la naturaleza o por el hombre, los de vitalidad eterna, retoman de entre las simientes del tiempo inclemente, su auténtica estatura y emergen firmes, intactos, enriquecidos de todo lo que pretende ser olvido e indiferencia. Nuestro gran artista, capitán legionario de los elementos vitales, sacude, segundo por segundo, hora por hora, año por año, con vitalidad infinita, su recia anatomía creadora y emerge firme y vigoroso con nuevos hálitos de existencia, anunciando cada vez, como la primera, la frescura de su talento y la inmensa sensibilidad de su prometeica estirpe de visionario artista. Los derroteros del hombre no son más que manifestaciones diferentes de sus distintos estadios de conciencia. Gilberto tomó el camino crítico, escabroso, el camino infinito de las penurias y las profundas preocupaciones. Su obra, espectacular, manifestaciones diferentes de sus distintos estadios de conciencia.. Su obra, espectacular manifestación de encendida lumbre, no solo define la importante forma de su lenguaje plástico, sino que arremete contra toda la tradición y acorrala generaciones, abrumándolas de genialidad y belleza. Impetuoso, agreste, sensible y fino artista. Poeta de alto tono, cigarra agorera que anuncia la crisis y el derrumbe que presagia la epopeya. Terracota moldeada con el rumor del mar y el sol de mediodía. Romántico encarcelado, monstruo de las mil manos y los mil quehaceres. Espía y delator de las cosas sublimes, profeta devorado por el agrio sentir de su álgida existencia. Gilberto era como la noche profunda: insondable, pero con luces de todas las estrellas de las lejanas galaxias. En Gilberto la importancia radicaba en el hombre, encarnado por su propia existencia. Existencia imperecedera con ribetes de grandeza y humildad, pura forma de vivir, ingenua y fértil, viril y suicida. Si alguien tuvo la virtud de vivir la plenitud, sin voltear la cara atrás, si alguien supo decidir su propio destino con el más ardiente deseo, ese fue él, Hernández Ortega, genuina encarnación de Vincent, Utrillo, Soutine, Lautrec, Modigliani, genios que le precedieron. Duendes encantados con la fascinante fantasía del valor y el color. Gilberto es un testimonio real de la gran expresión plástica preñada de lirismo y la cruel verdad del arte de nuestro siglo. Locura, vocablo ofrendado con desdén por los cuerdos, a los genios. Locura de amar, locura por decir incomprendidas cosas, locura frugal o exuberante, hermosa locura del alma y el espíritu. Gilberto, vertedero de ira, coraje y bondad. Detonante de la más revolucionaria expresión artística. Trauma, plenitud, congoja y virtud amordazaban la luz de su sentir. Comensales asiduos, pensionados cotidianos de su forma de ser. Gilberto, sobrio y borracho por las sencillas cosas que aguijoneaban las profundas entrañas de su fecundo ser, artista a tiempo completo, pintor de cuerpo entero. Del calor de sus entrañas bullen todos los dolores terrestres, los más agobiados signos de tortura. En la plástica belleza de su nutricia figuración es anfitriona a la vez, la cadencia suave y rítmica del dibujo puro o el más entonado gris de su propia paleta. Irreverente todo aquel que no reconozca en nuestro genial artista la grandeza y la eternidad universal, estructurador de disímiles formas y contextos. Testigo de las más bárbaras crueldades del hombre contra el hombre. Ajeno a lo pueril y corriente. Sumario de todas las exquisiteces del alma. Consecuente con la más alta voz de su conciencia. Artista bañado de luz y tedio, inconfundible espécimen de una fauna que se extingue, que se agota. ¿Qué lugar le corresponde a Gilberto en nuestra historia de arte? ¡Diríamos, todos los lugares! Gilberto es la pintura nacional. Es compendio de la expresión pictórica más sobresaliente. Es una secuencia, un conglomerado, un receptáculo de todos los valores posibles. Su arte pertenece exclusivamente a su laboratorio místico y sobrenatural. Fue Quijote, pionero, arraigado profundamente a la violenta paz de su alma. Bendito, maldito, cruel, humano. Genial bestia incontenible, con diabólico encanto. Subyugante, apasionado, obsesivo, artista, pintor; el gran pintor. El supremo juez de la humanidad, es la historia. Gilberto sabía, siempre supo, siempre se dijo a sí mismo que como a otros grandes hombres en la faz de la Tierra, “La historia me absolverá”. Gilberto Hernández Ortega, ahora te decimos, al menos yo me comprometo a decir: sin ti no hay historia de la pintura en tu país, el mismo país que te dio la luz y te envolvió en las sombras.