Globalización, isla artificial y nuevos ghettos

AMPARO CHANTADA
No lo digo yo, fue Manuel Vázquez Montalbán en “La Palabra libre en la ciudad libre” quien recordó que una ciudad es un espacio donde se acumulan tiempos desigualmente divididos y cada tiempo ha dejado una huella lingüística: fachadas, ámbitos, monumentos, nombres de calles, prohibición y permisión. La ciudad es un territorio cercado de la Historia, aunque hoy no tenga murallas.

Las murallas se erigen, de otra manera, porque los ghettos existen. El que vivió en un ghetto no olvida las murallas que lo cercaban y encerraban código de señales. Algunos logran salir de ghettos, otros entran y otros se los fabrican, en esos espacios donde uno se reconoce, entiende los códigos, se reconforta y se identifica con claves, el sentido de la identidad difiere.

De la clase alta a los pobres, la ciudad reproduce en su tejido todas clases de desigualdades y produce también las nuevas formas de delincuencia, las nuevas agresividades urbanas y las nuevas agrupaciones. Cualquier persona que haya vivido en una especie de ghetto jamás olvida las murallas que lo cercaban pero no todos recuerdan los que las erigieron. La lucha de clases no está muerta, es más difícil de entender.

Cómo no alinear en un collage imaginario el Informe de Desarrollo Humano del PNUD y la inversión prevista por Novo Mundo XXI – US$450,000.000 – con la publicidad de Inversiones Turísticas Sans Soucí, donde Santo Domingo, pareciéndose a un Montecarlo caribeño, alberga barcos, veleros, yates grandes y chicas embarcaciones, cruceros y más cruceros, hoteles, luces, casinos, chicas, risas, ron… al fin la estampa del Caribe inexhaustible.

Adentro de la Isla, el informe nos describe la pobreza, la mala nutrición y la corrupción, los hospitales sin medicinas y las escuelas sin pizarras; afuera queremos mostrarnos tal una prostituta que ofrece servicios de alta calidad, hoteles cinco estrellas, despilfarros, calles adornadas y alumbradas, atracaderos y placeres sin fin.

La ciudad es un mercado claro, donde mercaderes respetables, muy poco fiscalizados por el poder político y asesorado por un poder técnico que en teoría ha de tener en cuenta el interés común y no el interés exclusivo de los mercaderes. El lenguaje urbano desde el trazado urbanístico hasta el mensaje filosófico sobre la ciudad está monopolizado por la alianza entre dos poderes especializados: el poder municipal que en Santo Domingo es la visión de Roberto Salcedo y el de los técnicos de la arquitectura, Aquí Ricardo Bofill y sus socios locales. Nada que decir. En una ciudad donde el Estado prácticamente no invierte nada el poder económico inversor impone su lectura mercantilizada de la ciudad: todo se compra, se transforma, se habilita y con la complicidad de la ingeniería aguerrida e irreverente con la naturaleza, nada es imposible.

Y se nos quiere imponer la necesidad de una isla artificial frente a un Malecón Center apenas estrenado, porque la racionalidad capitalista, la rivalidad y la competencia entre capitales internacionales no tiene la misma racionalidad que nosotros pobres humanos. No valen los despilfarros de tierras, de agua, de luz, de fauna, de flora, no existen riesgos todo esta bajo control, entonces, si dejamos actuar impone los que no nos ven, ni nos oyen, ni saben que pensamos, ni nos respetan, la Isla será, en poco tiempo, un país aparte, donde Alicia sueñe maravillas. Cuando tengamos una isla artificial en frente de nosotros, tapándonos el mar y el derecho a soñar, los excluidos en su gran mayoría, espectadores de una sociedad decadente y aburrida donde el hambre es por consumir y donde la conciencia no llega a preguntarse y como sacian el hambre, los de enfrente, los tendremos que ver, del otro lado, de una de esas murallas invisibles, que se habrá erigido entre tierra y mar.

Efectivamente “lo que seamos mañana depende de lo que hagamos hoy” y si el Informe de PNUD no es capaz de crear una nueva conciencia crítica con esos índices sobre nuestro desarrollo, seguiremos siendo una fábrica de pobres y un país exportador de esos nuevos excluidos de la sociedad dominicana.

La ciudad de Santo Domingo ya no es una, su inmenso territorio que sirvió de sustento a tantos y tantos proyectos urbanos y mercantiles a la vez, no puede ser analizada como en tiempos pasados. Se han producido cambios profundos que permiten leer varias ciudades en una, espacios desvalorizados y marginados mientras otros se revalorizan a golpes de inversión bajo la mirada de las autoridades competentes. Que dejan hacer.

Metro, isla artificial, elevados, son esas inversiones que impunemente irrumpen en nuestro quehacer aprovechando un momento de reflujo de la conciencia ciudadana, crítica y participativa.

Se nos quiere destrozar el vientre de la ciudad para construir un enorme túnel llamado metro, sin haber consultado con la ciudadanía, sin haber tomado las medidas alternativas de organización y de orden que previamente se deben tomar ante tan enorme inversión.

Se nos quiere impedir la vista libre al mar y al horizonte para construir una isla de fantasías mientras en Dubai se construyó como parte de una enorme operación inmobiliaria especulativa el Burj Al Arab, ese hotel, salido de las arenas, frente al mar, como una vela erguida símbolo del viento, de la libertad y del horizonte infinito. Tierras conquistadas al mar las tenemos en el mundo, tierras de trabajo, de siembra, de producción, hoy son Isla flotante frente a Singapur en 12 ha de Jean Philippe Zoppini, Burj Al Arab con restaurante submarino, helipuerto en el piso 28, habitaciones entre 1500 y 30,000 US$, Cap Cana destino de lujo infinito para una minoría que no ve, que en sus alrededores, los embarcaderos son improvisados, las yolas llenas de hombres y mujeres, que excluidos en sus países, buscan en la odisea y la muerte, quizás, un destino lleno de suerte.

Así vamos, entre los Bofill que parecen andar solos y los otros, que defendemos el derecho que tenemos de mirar el mar, el horizonte, los barcos y las olas, de vivir en un país solidario y sabemos, que ese derecho no es de los dominicanos nada más, es un derecho universal frente a la naturaleza y sus leyes, frente a los derechos ciudadanos universales y frente a nuestra libertad.