Globalización y desarraigo

Juan Manuel Prida Busto
La globalización ha dado en el clavo en sus propósitos de ampliar el alcance de los mercados.

Las mercancías y los servicios circulan ahora por todo el planeta con mayor soltura que hace dos décadas, saltándose las quejas de los afectados, productores enclenques que no pueden competir con los poderosos.

La globalización ha unido los mercados, pero ha marcado la desunión del hombre, de la familia.

Ha creado una aparente cohesión en los números económicos, pero los números humanos se han disgregado, perdido en terrenos pantanosos de hábitos raros, ajenos a su entorno original.

Con el anzuelo de una prosperidad sin límites, de increíbles posibilidades materiales, la avaricia de los mercados ha hecho que el hombre se encamine a ciegas a lugares extraños, a realizar actividades radicalmente diferentes a las que habían sido su norma, su costumbre por tradición y genes.

En busca de un supuesto sueño emprenden una travesía desconocida. La ilusión del sueño pronto se desvanece cuando se dan cuenta de que allí no encajan, que son vistos con recelo, que sus esfuerzos tropiezan con una y mil trabas que no estaban contempladas en el paisaje onírico que les trazó con atractivos colores la varita mágica del hada de las ilusiones.

Mientras los mercados ríen llenando sus arcas, las familias lloran, a veces en silencio, otras a gritos, el dolor de la ausencia, la incertidumbre de quien se fue en pos de un pedazo de pan que llevarse a la boca.

Apenas llega al paraíso prometido, se da cuenta que las puertas no están tan abiertas como le decían, que la igualdad no es tan igual como le aseguraron, que el lapicito color rosa con el que le pintaron el panorama, quedó enredado en la maleza de un bosque de fantasía, y que las cosas allí son más duras de lo que se pensaba.

Hace unas décadas, el grueso de la emigración respondía a cuestiones políticas, seres huyendo de tiranías o por desacuerdos, con diferentes regímenes, poco o nada tolerantes. En ese entonces, lo común era acogerse o solicitar asilo político.

Hoy, esa situación ha cambiado mucho y la gente emigra en un altísimo porcentaje por asuntos de supervivencia alimentaria. Buscan ahora los que abandonan su propia tierra, que se les conceda asilo económico en otras muy distintas y a veces distantes.

Los mercados van en constante aumento, mientras la familia disminuye en cantidad y calidad. Sus integrantes andan desperdigados en distintos países, en distintos continentes.

Ganan alimento, pero pierden identidad y afectos. Pierden sus raíces, que crecen confusas, borrosas, con otras extrañas. Sus descendientes no son ni de aquí, ni son de allá.

Son ciudadanos de un mundo difuso, vago, ajeno,  al que muchas veces no llegan a adaptarse completamente, y deambulan con la tripa llena, pero vacío el corazón.

Regresan de vacaciones estos descendientes nacidos en otras tierras, a la tierra de sus padres, de sus antepasados, y los genes llaman, atraen subyugan, incluso. Pero, la suerte está echada, trazada en otros territorios. Y surge la duda, la incertidumbre, la nostalgia. ¿Será que los mercados han incorporado dentro de sus postulados, aquello de “divide y vencerás”?