¿Gobernabilidad?

ANTONIO GIL
El término gobernabilidad es de los más populares en estos días. Fue puesto de moda hace poco tiempo entre nosotros. Para algunos es un esnobismo que pronuncian con irreverente ignorancia de su significado. Pero cuando algunos sectores, vinculados ancestralmente a las grandes potencias, pronuncian esta palabra, más que una simple expresión, presiento que implica una amenaza.

La gobernabilidad no es un misterio ni tiene significados esotéricos. Se refiere, simplemente, a las condiciones o cualidades que hacen las cosas gobernables, funcionales, operables.

Lo gobernable es, en el concepto occidental de gobierno, la garantía de los derechos ciudadanos, cualesquiera que sean los establecidos en cada Estado. El respeto del derecho establece el equilibrio. En la medida en que hay equilibrio habrá gobernabilidad.

Cuando un pueblo o un país pierde ese equilibrio no es gobernable. Ciudadanos y bienes son puestos en peligro y, en consecuencia, se inicia el camino a la disolución. Ese país se vuelve potencialmente explosivo y una amenaza para los vecinos. Entonces, alguien o algún otro país se ha considerado siempre, a través de la historia, en este y en otros muchos lugares del mundo, que tiene que hacer retornar la gobernabilidad.

Tenemos ejemplos recientes y actuales.

Haití, nuestro vecino, se volvió ingobernable. De modo que esos poderes que controlan el mundo actual, coaligados, lo intervinieron.

Pero además han hablado, ellos mismos y a través de voceros, de la potencial ingobernabilidad en la República Dominicana.

Hay gobernabilidad en la medida en que el Estado funcione en lo elemental que es cumplir y hacer cumplir su propia ley.

El Estado es el mecanismo que distribuye las cargas y beneficios. Para que funcione racionalmente impedirá la impunidad. Porque si hay impunidad hay ingobernabilidad, que se traduce en privilegios irritantes, desigualdades, corrupción, infuncionalidad de la empresa pública y privada, y finalmente caos.

Habrá, por tanto, gobernabilidad hasta que cada ciudadano pueda ejercer su derecho y el orden social, expresado en la estructura del Estado, garantice esos derechos aceptados en las leyes y reconocidos por todos.

La gobernabilidad y, por tanto, la funcionalidad de los derechos ciudadanos dejó de ser efectiva entre nosotros cuando el Estado fijo normas, leyes y decreto, sobre conducta general y se volvió indiferente ante quien la incumple. Así nació la impunidad.

En la medida en que crece la impunidad crece la ingobernabilidad. Primero se perdona la multa de tránsito y luego el asesinato, finalmente es tarea común aceptada por todos robar y matar. Es una escalada de pasos que progresa sin cautela. Esto pasó en Haití y viene acumulando méritos entre nosotros.

La anarquía que hemos alimentado por decenios en la administración de empresas de propiedad o interés común y las de servicios públicos, como es el agua, la salud, la energía eléctrica, en la custodia de las propiedades nacionales y municipales, y todos los servicios sociales, como la protección de la vida y la propiedad, y el derecho a un juicio justo, nos está conduciendo al caos.

Luis Felipe Mejía, el autor de De Lilís a Trujillo, al enjuiciar los pretextos de los Estados Unidos para intervenirnos en 1916, plantea de un modo contundente y con cierto dejo de amargura cómo la ingobernabilidad en que vivimos desde el nacimiento de la República nos condujo al caos y cómo, en cambio, el régimen militar extranjero nos ordenó e hizo prosperar. En una de sus páginas subrayé hace muchos años donde decía que “en medios reducidos como el nuestro, donde todos somos parientes, amigos o conocidos, sólo un poder extraño, sin vinculaciones de ninguna clase, pudo llevar a cabo esa tarea, que al perseverar durante varios años, creó hábitos… y respeto a las leyes… conservados a partir de entonces”.

Es bueno recordar que este hombre no fue sumiso ante la invasión. Fue uno de los que se involucró en la lucha contra las tropas estadounidenses de 1916 a 1924, fue abogado de Pelegrín Castillo (el padre del doctor Marino Vinicio Castillo) cuando fue acusado de subversión por el Cuerpo de Marines y tuvo que exiliarse cuando se instaló la dictadura de Rafael Trujillo.

Desde hace tiempo se presiente en el ambiente que ya mucha gente optó y votó por el dominio extranjero. Eso no es de extrañar, porque fueron muchos los esclavos que se opusieron a la manumisión porque desconocían qué hacer con su libertad.

Decía Jesús, en una de sus curiosas sentencias que parecen tautología, que quien tenga oídos para escuchar que escuche y entienda, y también advertía que habrá quien mirará y no verá.