Goebbels en Haití

Al ministro de Propaganda de Hitler Joseph Goebbels se le recuerda a menudo por su frase “Miente, miente que algo queda”.

No es que yo crea que el hábil, inmoral, astuto y cruel funcionario del más alto nivel nazista inventó la frase, la idea y el propósito. Venía de lejos, mucho antes de que Shakespeare pusiera en labios de Próspero en “La tempestad” que : “A fuerza de repetir una cosa, la memoria comete el pecado de dar crédito a su propia mentira” (act. I, esc. 2).

Es que la política es algo terrible. El caos también. Por igual la miseria extrema y los requerimientos desesperados de una población maltratada por todas sus autoridades internas y externas. Un pueblo manejado como si se tratase de animalejos realengos, con la coyunda de amos de toda laya, llámense invasores, crueles patronos, reyes, présidents à vie, ton-ton macoutes y vudú para reforzar el miedo y la aceptación a un destino trágico. .

Esta semana me sacuden y trastornan las expresiones del primer ministro haitiano Evans Paul, quien aseguró que “es difícil pedir a las víctimas que se disculpen con sus torturadores”.

¿Así que somos torturadores? ¿Los traemos a la fuerza para abusar de las carencias de los vecinos, despreciándolos y maltratándolos con hechos y palabras?

No.

Ellos vienen como pueden, dispuestos a trabajar para por lo menos tener recursos con qué alimentarse, recibir alguna atención médica y adquirir lo imprescindible, que allá no pueden obtener.

De tanto carecer, no tienen ni documentación. En verdad, allá no existen. Existen como piezas valiosas para ventajismo internacional, cuando están aquí.

Nadie se arriesga a abandonar su tierra, cargado de incertidumbres, sin habilidades laborales ni educación, ni más conocimiento idiomático que el “creole”, a menos que esté desesperado o harto de promesas incumplidas.

El fenómeno es mundial y mundial es el problema que se levanta cada vez más desde la cuna de los tiempos, afectando aún a naciones ricas y poderosas.

Horacio escribía en una de sus “Epístolas” que “Los reyes deliran, cometen errores y el pueblo es el que resulta castigado” (“Epístolas, I”, ii,14).

Eso sucede, pero no es lo mismo que lo diga uno a que lo diga, desde su grandeza, el reverenciado poeta romano.

Siempre me ha parecido una responsabilidad casi aterradora el asunto ese de manejar un país, teniendo en mente el bienestar de las mayorías, manteniéndose alejado de los efectismos basados en endeudamientos monumentales que, como escribía Horacio, es el pueblo el que los paga, aunque a veces pareciera que los disfruta, debido al desconocimiento de los términos de las negociaciones financieras y las peligrosas “letras chiquitas”.

Haití está en un torbellino y ciertos personajes astutos –unos torpes, otros brillantes en las manipulaciones– logran aumentar el caos y la distracción de culpabilidades. Son extraordinarios. Lo último es que ahora hablan de “marcha por la dignidad” y despliegan banderas y símbolos patrios que nunca se ocuparon verdaderamente de enaltecer y honrar como debían, documentando su población y concediéndole un tratamiento más humano.

¿Hasta dónde tendrá éxito esta vez la doctrina de Goebbels?