Gracias a Juan Luis

ROSARIO ESPINAL
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Por tantas composiciones con llaves de corazón; por la euforia que producen sus canciones; por la creatividad con que musicaliza los temas sociales; por la dimensión internacional que otorga a los ritmos dominicanos; por acercar la emotividad dominicana a tantas personas en tantos países; por mantener siempre, a pesar de los éxitos, la sencillez humana en el escenario.

El dolor, la impotencia, la desprotección, la irresponsabilidad, el éxodo, los sueños, el amor, el desamor y la sensualidad se dibujan en su lírica y su melodía.

La desatención médica que agrava los padecimientos y deja los enfermos vulnerables. La irresponsabilidad y el ladronismo que hace de los hospitales lugares de riesgo en vez de remedio.

¿Qué mejor que sus propias palabras para homenajear este gran relator musical de la sociedad dominicana?

“Caí redondo como una guanábana sobre la alcantarilla. Será la presión o me ha subido la bilirrubina. Me llevaron a un hospital de gente, supuestamente. En la emergencia, recepcionista escuchaba la lotería. Alguien se apiade de mí, grité perdiendo el sentido, y una enfermera se acercó y me dijo, tranquilo Bobby, tranquilo. Hay que chequearte la presión pero la sala está ocupada, y mi querido, en este hospital no hay luz para un electrocardiograma”.

“No me digan que los médicos se fueron, no me digan que no tienen anestesia, no me digan que el alcohol se lo bebieron y que el hilo de coser fue bordado en un mantel. No me digan que las pinzas se perdieron, que el estetoscopio está de fiesta, que los rayos equis se fundieron”.

Y muchos emigran; el éxodo forzado o deseado ha disgregado cerca de dos millones de dominicanos por distintas latitudes en busca de empleos, mayores ingresos, más luz eléctrica, mejor educación, atención médica, y quizás, alguna protección en la ancianidad.

A pesar de añorar su país, se lanzan a citas consulares con la ansiedad que produce la expectativa de ser rechazados, o navegan en yola por aguas peligrosas, o se ahogan en el frío nórdico, retuercen labios y lenguas para pronunciar palabras extrañas, y sienten la profunda desconexión existencial que acompaña la vida de tantos inmigrantes.

“Eran las 5 ‘e la mañana, un seminarista un obrero, con mil papeles de solvencia que no le dan pa’ ser sinceros. Eran las 7 ‘e la mañana, uno por uno al matadero, pues cada cual tiene su precio, buscando visa para un sueño. El sol quemándoles la entraña, un formulario de consuelo, con una foto dos por cuatro, que se derrite en el silencio. Era las 9 ‘e la mañana, Santo domingo 8 de enero, con la paciencia que se acaba, pues ya no hay visa para un sueño”.

La pobreza, la desnutrición, la espera interminable por empleos, mayor inversión social, más oportunidades.

Pero “el costo de la vida sube otra vez, y el peso que baja ya ni se ve, y las habichuelas no se pueden comer, una libra de arroz ni una cuarta de café. A nadie le importa lo que piense usted, ¿será porque aquí no hablamos inglés?”.

“Y la gasolina sube otra vez, y la democracia no puede crecer, si la corrupción juega ajedrez. A nadie le importa lo que piense usted, ¿será porque aquí no hablamos francés?”.

¿Qué esperar? ¿Qué llueva café? “Pa’ que en el conuco no se sufra tanto. Pa’ que en Los Montones oigan este canto”.

“Somos un agujero en medio del mar y el cielo 500 años después. Una raza encendida, negra, blanca y taína, pero ¿quién descubrió a quién?”.

Y no falta el amor, envuelto en la sensualidad caribeña que produce lo exótico en la imaginación, en el deseo, en un poema, o en una canción.

“Quisiera ser un pez para tocar mi nariz en tu pecera y hacer burbujas de amor por dondequiera, pasar la noche en vela, mojado en ti, un pez”.