Gracias, Roberto

POR MU-KIEN ADRIANA SANG
El objetivo de la historia no es hacer revivir el pasado, sino comprenderlo. Para esto hay que desconfiar de los documentos brutos, de las supuestas experiencias vividas, de los juicios probables y relativos. Para hacer un trabajo de historiador no basta con hacer revivir una realidad política, sino que debe someterse un momento y una sociedad a un análisis de tipo científico.

Pierre Vilar, Historia, en La Historia y el Oficio de historiador.

En este mundo de hoy, tan distinto del que se nos había prometido, vamos a necesitar, si queremos evitar que se realicen los futuros pesimistas que se anuncian, un análisis histórico liberado de tópicos y aligerado de la carga muerta de las esperanzas fallidas. Necesitamos un método nuevo de estudio del pasado construido sobre la base del análisis de los problemas concretos de los hombres y las mujeres, del tipo que se ha intentado sugerir en este libro, para usar después el conocimiento adquirido en estas exploraciones parciales para la elaboración de una explicación global del acontecimiento. Este método podría tal vez ayudarnos a devolver su sentido más legítimo a la historia que no es el de contentarse con el estudio del pasado, sino el de revelar la evolución que ha conducido al presente: la de convertirse en una herramienta para interpretar los problemas colectivos de los hombres y las mujeres, para entender el mundo y ayudar a cambiarlo. Joseph Fontana, Introducción al estudio de la historia.

Decía Pierre Vilar en su interesante trabajo “Historia” que encabeza este artículo, que el historiador debía hacer el mayor de sus esfuerzos para “dibujar los grandes rasgos del relieve histórico”. La información global, escribía, ayuda a desvanecer la incertidumbre aparente de los acontecimientos particulares. Afirmaba categóricamente que en el oficio de historiar podrían encontrarse dos tendencias y concepciones diametralmente opuestas: la historia-materia y la historia-conocimiento. La primera pertenece esencialmente al mundo de las decisiones políticas, vista para algunos como el conjunto de los mecanismos de la sociedad. La segunda es la explicación del hecho por el hecho, en definitiva, la explicación del mayor número posible de hechos.

Al leer estos argumentos de Vilar contra las posiciones de Raymond Aron, me sentí dichosa y perdida. Dichosa por haber tenido la oportunidad de leer un maestro de la investigación histórica con una posición tan crítica de su tiempo. Perdida porque senti nostalgia y deseo de vivir en un ambiente intelectual de crítica y debate con altura. Aquí en nuestro país ese ambiente es una aspiración.

Debo reconocer, sin embargo, que estamos progresando. La Academia Dominicana de la Historia está haciendo esfuerzos sobrehumanos por situar la historia en un lugar preponderante para el debate verdadero y libre de las ideas, pero sobre todo para ayudar en la “comprensión de nuestro pasado”. Pero todavía no existen todas las condiciones ideales. Las personas que elegimos el camino del conocimiento e investigación histórica debemos repartirnos en miles de pedazos para poder sobrevivir, estudiar un poco y escribir.

Además de todos esos problemas, nos faltaba el principal instrumento para realizar con altura la tarea de “comprender” y “ayudar a comprender” la historia. La documentación histórica estaba en total abandono. Nuestra memoria histórica se desvanecía ante la mirada irresponsable e indolente de los gobernantes, y de los incumbentes que designaban para preservar ese patrimonio cultural. Trozos de nuestra historia se perdían por los comejenes, las polillas, la humedad y el polvo. Cientos de años de registros y rastros de los hombres y mujeres que dejaron sus huellas, se perdían por los saqueos de desaprensivos que visitaban el archivo. Testimonios escritos invaluables fueron vendidos a manos de particulares. ¿A quién le dolía el estado del Archivo General de la Nación? Los historiadores nos pronunciamos en muchas oportunidades. Escribimos artículos, enviamos cartas, denunciamos como pudimos la situación, y todo quedó en silencio y vacío.

¿Pero quién le ponía el cascabel al gato? ¿Quién se atrevía a asumir el reto? ¿Quién abandonaría su cotidianidad tranquila para someterse al infierno que significa rescatar nuestra propia memoria? ¿Quién querría sacrificarse? Solo una persona comprometida con la historia, amante sin igual de la investigación histórica, pero sobre todo con una alta dosis de responsabilidad social, sería capaz de hacer tales renuncias. Por eso quiero dar las gracias públicamente al historiador y amigo Roberto Cassá, por haber aceptado ese desafío.

Me cuentan que hubo que convencerlo para que aceptara. Culto y estudioso como pocos, investigador incisivo de la historia dominicana que ha ganado una posición cimera gracias a su trabajo, Roberto no necesitaba el archivo para ganar un espacio social. El archivo, la documentación en estado de abandono, la memoria histórica colectiva que se perdía, el gobierno que le convenía tener en su staff una figura como la suya, los historiadores que necesitamos con urgencia hacer uso de la documentación para nuestros trabajos, necesitamos de Roberto.

Gracias Roberto por haber aceptado este reto. Tu trabajo ya es objeto de reconocimiento público. Me han dicho que al pisar al lugar se nota la diferencia. Me siento orgullosa. Me alegro mucho de que por fin ya no podrán esfumarse años de historia en un simple soplo. Tal vez, con el tiempo, podremos dedicarnos mejor a “comprender” el pasado como decía Pierre Vilar.

msang@pucmm.edu.do