“Grandes Dominicanos”, otra noche excelsa

El laborioso amigo, periodista Carlos T. Martínez, presentó la semana pasada a la sociedad dominicana otro aporte, la obra “Grandes Dominicanos” en su versión décimo sexta. Labor encomiable desde hace tres lustros, en cada libro él recoge la vida y las opiniones de dominicanos que en sus áreas han hecho aportes sustanciales para el bien de la sociedad. Debo agradecer públicamente al “Deferente””, por tan significativa distinción, de incluirme en esta oportunidad entre los -Grandes Dominicanos-, junto a prominentes ciudadanos, lo que le agradeceré toda la vida. Sabemos que hoy la gratitud no es una virtud frecuente, más bien lo contrario.

El amigo Carlos tiene muchas obras escritas, que conociendo nosotros los avatares y dificultades en nuestro medio para producir, creemos que es una verdadera proeza tan quijotesca manufactura. El discurso de presentación de la obra estuvo a cargo de Tony Raful, en verdad que nos impresionó gratamente. El leitmotiv de su presentación fue la novela “El tambor de hojalata” de la pluma del Premio Nobel alemán Gunter Grass, cuya lectura me fue retadora. El narrador de la novela es el excéntrico Oscar Matzerath, que prefirió no crecer y quedarse niño para no enfrentarse a las adversidades del mundo, decidió detener su crecimiento para abstraerse de la supervivencia en una sociedad discriminadora y excluyente, contrapuestas según el poeta a las ejemplarizadoras acciones de vida y aportes de los reconocidos en el libro presentado. Mencionó Raful a uno de mis preferidos, Camus, que en su “Crónica argelina” opinó sobre la misión del intelectual, que es: “Aclarar las definiciones para desintoxicar los espíritus, aun en contra de la corriente”. Cuando a uno lo reconocen quiérase o no, uno reflexiona y se pregunta uno mismo si lo hecho lo merece. Humildemente nos obliga a un mayor compromiso social. En mi caso, ha sido continuar honrosamente lo aprendido de mi respetable familia, a trabajar honestamente (como médico neurólogo) a fundar entidades, a enseñar, a producir científicamente y como ciudadano, conducirme con normas éticas.

En el Teatro Nacional, al escuchar los discursos de los que compartimos tan alto honor, pensé que en verdad la cultura no hace revoluciones, pero las hacen lentamente los desarrollos del espíritu en su secreta e inexorable marcha hacia sus consumaciones dominantes. Y lo que ha hecho el espíritu humano es grande, en crear, en amar, en fundar, en ejemplarizar. Lo dije esa noche, que la función única y mayor de la cultura y la ciencia, en arte, servicios, aportes sociales, los buenos ejemplos ciudadanos, no puede ser sino la de luchar con denuedo y mayor fe que nunca, para fomentar vidas útiles, con contribuciones tangibles, fomentándolas intensamente hasta alcanzar un mejor país. Cada dominicano en posesión de instrumentos adecuados, logrará aportar energías para alcanzar ese futuro promisorio que soñamos. Al dar las gracias, en mi mente feliz dediqué la noche a los familiares y amigos que me acompañaron esa excelsa noche, a mi esposa Ingrid, mis hijos Carolina y Omar; mis hermanos Celeste y Juan, Nidia, los primos Eleonor y Enrique y el fraterno Toni Saad y su esposa. Le dediqué la placa de reconocimiento a mi honorable padre, quien ya había aparecido en las ediciones iniciales, el Dr. José Silié Gatón. ¡Gracias del alma, este reconocimiento trascendente, refuerza mis compromisos ante todos!