Grandes esperanzas cuando el país se acerca a una encrucijada

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Hace casi dos años que Francia votó “non” en su referéndum sobre el tratado constitucional Europeo, con lo cual lanzó ondas de choque por toda la elite política de París y paró cinco décadas de integración europea.

Desde entonces, el resto de Europa ha estado esperando por las elecciones presidenciales de este mes con la esperanza de que Francia resurja de su temerosa introspección, recupere su confianza y se reincorpore al escenario internacional.

A solo 11 días de la primera ronda electoral, hay razones para estar optimista.

El surgimiento de una nueva generación de candidatos de los dos partidos principales y la emoción de un cerrada disputa ha disparado un revivir del interés en la política. El registro de electores ha tenido un incremento récord.

Sin embargo, la campaña se ha alejado del gran debate sobre el futuro de Francia que muchos estaban esperando. En su lugar, ha estado dando tropiezos en un encuentro sobre la ley y el orden, en el cual los principales candidatos que hacen ruidos nacionalistas y proteccionistas en un intento por seducir votantes que rechazaron la constitución de la UE

La mayoría de los expertos concuerda en que Francia está en una encrucijada, Nicolás Baverez, el más conocido comentador económico del país, dice: “Rara vez una elección con un resultado tan incierto tiene consecuencias tan decisivas en el destino nacional”.

Como dijera Dominique Reunié, profesora de la Universidad Sciences Po en un artículo reciente: “No ha tenido lugar ninguna elección presidencial hasta ahora sin que se produzca un suceso juzgado de espectacular o inesperado”. Con casi la mitad de los electores en estado de espera, la carrera por el Eliseo está muy abierta.

Después de 25 años de alternancia entre gobiernos de izquierda y derecha bajo la presidencia de François Mitterand y Jacques Chirac, los franceses están hartos de sus líderes. Un sondeo descubrió que 61% no confía en el partido gobernante UMP de centro-derecha, ni en los socialistas de la oposición.

Ese pesimismo podría sorprender a los millones de turistas que visitan Francia cada año. El país tiene una infraestructura y de servicios públicos de clase mundial, una bolsa de valores repleta de compañías multinacionales prósperas, y una riqueza natural y cultural sin igual.

Sin embargo, el mandato de Chirac ha estado tejido de quebrantos políticos que subrayan la profundidad de la crisis de identidad de Francia, mientras lucha por ponerse a tono con los retos de la globalización, la péridida de influencia en Europa y el ascenso de nuevas potencias, en particular, China y la India.

Los electores parecen haber estado diciendo “non” a todo durante cinco años. Sacudieron al mundo al elegir a Jean-Marie Le Pen, el líder del Frente Nacional de extrema derecha, en el segundo lugar de las elecciones de 2002, por encima de Lionel Jospìn, el primer ministro socialista de entonces.

Poco después de la derrota del referéndum europeo en 2005, los ghettos suburbanos pobres erupcionaron en reyertas de tres semanas, que expusieron el fracaso de Francia en la integración sus últimas oleadas de inmigrantes, principalmente africanos. Seis meses más tarde, millones de estudiantes y trabajadores tomaron las calles para protestar contra una ley de trabajo para los jóvenes, chocaron con la Policía y obligaron al gobierno a dar un humillante giro de 180 grados.

El sistema político ha reaccionado a esta ola de disensión refrescando su oferta electoral. Nicolás Sarkozy, el candidato de UMP, y Ségolène Royal, la contendiente socialista, están ambos en sus primeras elecciones sobre una plataforma de “ruptura” con el pasado.  Por primera vez, ningún presidente en el cargo, o primer ministro, está entre los candidatos. También es la primera elección que sigue a un periodo presidencial de solo cinco años. Chirac recortó el mandato de siete a cinco años para que encaje con el de la legislatura y evitar la extraña cohabitación entre un presidente y un parlamento de partidos diferentes, que existió durante la mayor parte de las últimas dos décadas.

La señorita Royal ha atraído la atención mundial como la primera mujer con serias posibilidades de convertirse en presidente de Francia. Sarkozy ejecutó un difícil acto de equilibrio al pedir una ruptura con las políticas del gobierno saliente, a pesar de haber sido uno de sus ministros más importantes.

Ellos ofrecen una opción entre dos visiones muy diferentes. Sarkozy quiere liberar a los trabajadores quitándoles de encima el Estado, mediante reducción de impuestos y cargos sociales, y estimulándolos para que trabajen más allá de las 35 horas establecidas en la semana laboral. Royal, por otro lado, quiere que el Estado ayude a los excluidos de la sociedad, aumentando el gasto en pensiones, salud y educación. Ella promete elevar el salario mínimo y subsidiar empleos para los jóvenes no calificados.

Pero mientras la campaña se acerca a su fin, ambos candidatos punteros han sido objeto de duras críticas, aún desde dentro de sus propios partidos, que alegan que son alcahuetes de intereses especiales con promesas irresponsables de gastos que serán imposibles de cumplir.

Este escepticismo se refleja en el ascenso de François Bayron, el centrista que se ha convertido en el caballo desconocido de la carrera. Con una fuerte dosis de austeridad, buen sentido rural y una pizca de reformas, Bayrou se ha acercado a los dos candidatos de la punta en los sondeos.

Lo más preocupante es que la campaña se ha desviado hacia territorio nacionalista y proteccionista. Sarkozy ha puesto en la picota al euro y al Banco Central Europeo por retener salarios y dañar la industria. Él quiere un impuesto europeo para los “flujos financieros”. Royal ha pedido a los franceses que canten el himno nacional y ondeen la bandera, mientras que ataca a los bancos por “enriquecerse a expensas de los más pobres”.

La escasa cobertura de los medios de los choques entre la Policía y cientos de jóvenes en la Gare du Nord de París el mes pasado se espera que sea muy manejada por Le Pen, quien elevará la ley y el orden al tope de la agenda, como ocurrió en 2002. Royal echó la culpa de los enfrentamientos al historial antagónico de Sarkozy como ministro de Interior, mientras que él alegaba que los socialistas habían sufrido un “revés moral”.

Esto tiene perplejos a los economistas. ¿Dónde están los problemas importantes –preguntan– como la forma en que se solucionará el déficit comercial récord de Francia, o lo bajo que están la tasas de empleos; el lento crecimiento económico y el aumento de las deudas?

Pierre Cailleteau, vicepresidente principal de análisis de política internacional de Moody´s dijo en un informe sobre Francia la semana pasada que “parece faltar un debate estructurado sobre  cómo elevar el potencial de crecimiento económico [del país]”.

Y ofreció una lúgubre valoración: “Con toda probabilidad, la única `ruptura´ que traerán las elecciones será en los estilos políticos”.

 “Francia puede continuar permitiéndose el lujo del gradualismo en las reformas”, concluyó Cailleteau. Cuando los franceses acudan a las urnas el 22 de abril, gran parte de Europa estará aguantando la respiración, en espera de que los franceses puedan demostrar que los que dudan estaban equivocados, y que salgan de las elecciones con renovada confianza.

VERSION IVAN PEREZ CARRION