Granizadas de letras

Federico  Henríquez Gratereaux

El oficio de escribir regularmente en los periódicos ha sido para mí una gratísima tarea en la que he invertido 50 años de mi vida. La mayor parte de mis libros ha aparecido parcialmente en periódicos, redactados por trozos o anticipos. Fui columnista del diario El Caribe, de Última Hora, del Listín Diario. He tenido la suerte de poder mezclar el trabajo estrictamente periodístico con labores culturales de carácter general. Cada pedazo del mundo posee algún valor para el reportero, sea atractivo humano, encanto poético o interés político. Las puestas de sol y los molotes de protesta, son igualmente dignos de la crónica periodística, si bien requieren “tratamientos” diferentes.

La variedad de los temas evita el cansancio del lector. El periodista no debe permitir que el lector se diga: “ya sé por dónde viene este hombre; siempre va a parar a lo mismo”. Pero para sorprender al lector, el primer sorprendido ha de ser el escritor. La capacidad de asombro y la de percepción interior, son dos condiciones que incrementan el poder de comunicación de un periodista o de un escritor. Gracias a la diversidad temática he logrado la “conexión” con individuos de todas las edades y profesiones. He beneficiado de sus opiniones, objeciones, comentarios o rechazos. Tal “pluralidad” es una muestra de la complejidad del mundo.

Ese contacto múltiple enriquece la visión del periodista, quien puede afinar su expresión en la medida en que cuenta con los demás; aprende que jamás habrá unanimidad; que la incomprensión es una constante universal. Las cosas todas tienen un lado hermoso y una faceta horrible. Los artistas y escritores logran verlas simultáneamente. El buen periodista es capaz de percibir ambos aspectos y comunicarlos al lector con poquísimos medios o instrumentos; incluso con las palabras contadas.

Con una oportuna “granizada de letras”, el periodista despierta la conciencia de la gente acerca de asuntos ocultados u olvidados. La “granizada de letras” cae, como sobre un techo de zinc, haciendo el papel de timbre o alarma para el lector. Si el periodista es reflexivo, razonador, le llamarán “intelectual”. En los tiempos que corren el intelectual es una suerte de “atleta invisible”; racional, pero con algo religioso, esto es, cuidado y devoción.