Grave paso atrás

Lo llevo dicho y no me cansaré de repetirlo: la prescripción de la persecución judicial es una patente de corso para delincuentes que ponen tierra o agua de por medio para no rendir cuenta. Perseguir el delito y al delincuente debe ser un derecho que ejerzan los pueblos dondequiera que se halle el culpable.

Cuando el juez español Baltazar Garzón dispuso la persecución contra el general  de ninguna batalla Augusto Pinochet Ugarte, se abrieron las puertas de la justicia: ese bandido sería buscado, capturado y enjuiciado.

La apertura de un expediente contra Pinochet fue, indudablemente, un triunfo de la justicia y los derechos humanos.

Ese tipo de maleante y sus indignos abogados, reclaman debido proceso de ley, respeto a su integridad y derechos, como si los hubieran respetado cuando mandaban: Pinochet mató más gente con su golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en Chile, que las víctimas de la implosión de las torres gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del 2001.

En el juicio de Nuremberg los ganadores condenaron a los nazis que no les servían para sus propósitos ulteriores, pero se reservaron los científicos.

Los legisladores de los principales partidos españoles, nadie sabe por cuáles razones (¿será por los crímenes cometidos contra los presos en Guantánamo? votarán para que la justicia de España se limite a juzgar los delitos cometidos dentro de su territorio. Eliminarán la extraterritorialidad de la persecución judicial lo cual es una limitante a la sed de justicia que busca saciar el mundo.

Mientras la Suprema Corte de los Estados Unidos dispuso que la justicia norteamericana tenga jurisdicción mundial, otros países reculan, de manera inexplicable, al derecho a juzgar crímenes contra la humanidad y contra los derechos humanos, dondequiera que se produzcan.

Los tiranos, los genocidas, los ladrones que se llevan entre las uñas las riquezas de las naciones, deben ser perseguidos mientras tengan vida y sus descendientes despojados de los bienes adquiridos mediante engaños,  medidas de fuerza o  abuso de autoridad.

Apena ver cómo tanto bandido disfruta la libertad que negaron a sus pueblos, los derechos que violaron a los demás y  bienes de fortuna adquiridos mediante la corrupción al amparo de una autoridad ejercida de manera ilegal.

España se había convertido en un oasis de justicia, una luz que iluminaba la oscuridad de la permisividad para que la persecución judicial no cesara hasta hacer que los grandes criminales pagaran sus fechorías. Lástima que se disponga a dar tan grande e inexplicable paso atrás.