Guerra Israel-Hezbolá plantea nuevo ambito EU

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POR ROBERT F. WORTH C.
NUEVA YORK —
En la última semana, con el estallido de cohetes entre las cafeterías de Beirut y en las calles de Haifa, el mundo se ha asombrado por la creciente ferocidad de la guerra entre Israel y Hezbollah, la milicia libanesa. Pero igualmente sorprendente, para muchos, ha sido la forma en que el conflicto ha ilustrado los amplios cambios que están reformando a todo Medio Oriente.

Detrás de los cohetes de Hezbollah se asoma el espectro de un Irán recién desencadenado, su patrono y proveedor. Israel — que esperaba cosechar algo de paz después de retirarse de Gaza — se ha envalentonado para lanzarse contra sus enemigos más agresivamente de lo que lo ha hecho en dos décadas. Irak está en ruinas, y los estados árabes parecen paralizados. En todas partes, los postes que sostenían la tenue estabilidad de la región están tambaleándose, y están soplando nuevos vientos.

Cualquiera que sea el resultado de la actual guerra — librada en el territorio del sufrido Líbano —, esta lucha más amplia por el dominio continuará desarrollándose. Así que surge el interrogante: ¿Cuál es el papel de Estados Unidos en este nuevo mundo volátil? La democracia árabe quizá sea un sueño distante, pero sigue habiendo mucho que ganar o que perder en la región, desde el acceso a campos petroleros cruciales, hasta el combate al terrorismo y la seguridad de Israel.

El gobierno de George W. Bush se apegó a su manual durante el ataque inicial de Israel, dando una tácita bendición a sus ataques aéreos y manteniendo un estudiado silencio: No negociamos con tipos malos como Siria e Irán. Eso le ha dejado con poca influncia, y virtualmente nadie con quien dialogar.

Algunos críticos del gobierno enfatizan el beneficio de dialogar con Siria o Irán. Teherán en particular puede infligir dolor a las tropas estadounidenses y sus aliados en Irak y Afganistán así como Israel. Pero no está claro que esas negociaciones pudieran tener éxito.

En cualquier caso, todos los países de Medio Oriente, tras ver el experimento democrático estadounidense en Irak prenderse en llamas, quizá ahora sean menos dóciles con cualquiera de las potencias mundiales que han dado forma a la región durante tanto tiempo.

“Mi sentir es que estamos viendo a Medio Oriente entrando en una nueva era, en la cual las potencias externas cuentan menos, y los actores locales — ya sean estados, milicias o individuos — cuentan más”, dijo Richard N. Haass, quien encabezó la operación de planeación de políticas del Departamento de Estado durante el primer mandato del Presidente Bush y ahora es presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores.

Ese cambio es importante, dijo Haass, y pudiera hacer a las relaciones en la región más complejas e inestables durante mucho tiempo.

Durante la mayor parte del siglo pasado, los forasteros dieron forma a la política de la región. Gran Bretaña y Francia literalmente retrazaron las fronteras de Medio Oriente después de la Primer Guerra Mundial. Después de que Estados Unidos siguió a Gran Bretaña como la potencia occidental reinante, las políticas fueron guiadas por las preocupaciones de la Guerra Fría, con los aliados estadounidenses eludiendo la influencia comunista y manteniendo el acceso a los suministros petroleros. A partir de 1967, Estados Unidos también se convirtió en el principal garante de la seguridad de Israel, y el principal actor en los esfuerzos por alcanzar una paz duradera, un proceso que se acercó al éxito en 2000, pero que desde entonces ha estado en ruinas. En general, la estabilidad era el objetivo principal, y los presidentes estadounidenses en ocasiones eran criticados por consentir a autócratas árabes.

Todo eso cambió después del 11 de septiembre de 2001, cuando el gobierno de Bush adoptó un nuevo plan audaz para transformar al Medio Oriente promoviendo la democracia. Pero al deponer a Saddam Hussein, que había mantenido al vecino Irán bajo control durante su régimen, el nuevo esfuerzo de Estados Unidos liberó a Irán para asumir un papel vastamente más poderoso.

Esa transformación es la clave del conflicto actual en Líbano. Para Arabia Saudita y otros estados árabes sunitas, el espectro de un islamismo chiita que se extienda de Irán a Irak y a las milicias chiitas de Hezbollah en Líbano es aterrorizante. No es sólo cuestión de antiguas tensiones entre el islamismo sunita y chiita. El estatus, y la seguridad, del liderazgo árabe sunita está en juego.

“Los sauditas están verdaderamente preocupados por los iraníes”, dijo Rachel Bronson, experta en política medioriental en el consejo. “Piensan que Ahmadinejad es un loco que representa un regreso del jomeinismo mesiánico. No saben qué quiere, y les preocupa el programa nuclear”.

Esa es la razón de que Arabia Saudita, junto con Egipto y Jordania, realizaran un asombroso cambio de postura la semana pasada al condenar públicamente el ataque de Hezbollah contra Israel. Para Estados Unidos, esto parecería ser bueno: Por una vez, los líderes árabes están diciendo en público lo que acostumbraban susurrar en privado a sus contrapartes estadounidenses.

Pero la nueva postura árabe quizá no sea muy valiosa. Por un lado, los líderes árabes son vulnerables al sentimiento público en sus calles, donde los ataques de Hezbollah contra Israel son enormemente populares.

Y la disposición de los autócratas árabes pro-occidentales a ignorar o restar importancia a la furia de sus pueblos contra Israel difícilmente apoyaa el proyecto estadounidense más amplio de promover la democracia en Medio Oriente. Pero ese proyecto ya ha resultado contraproducente en varios lugares, pues las elecciones llevaron a fanáticos anti-estadounidenses al poder en Irak y en el gobierno palestino. El consenso de los líderes árabes contra Hezbollah la semana pasada quizá sea el clavo final en el ataúd.

“Pienso que esto es una maniobra de parte de esos regímenes para poner fin de manera concluyente a la promoción de la democracia en Medio Oriente”, dijo Marc Lynch, experto en política árabe del Williams College. “Están diciendo a los estadounidenses: ‘Vean lo útiles que somos”’.

Irán, mientras tanto, parece ir cobrando fuerza. Ya había obtenido amplio apoyo a través de las líneas sectarias para su ayuda militar clandestina a Hamas, y para su rápida promesa de 50 millones de dólares para apoyar a la Autoridad Palestina a principios de este año después de que Estados Unidos y Europa declararon un boicot financiero.

“El chiste que circula en Teherán es que Ahmadinejad es incluso más popular en El Cairo que ahí”, dijo Vali Nasr, profesor de origen iraní de asuntos nacionales en la Escuela Naval de Posgraduados en Monterey, California. “Los gobiernos árabes saben que esto los volverá más vulnerables”.

El poder de Irán también es evidente en Irak, donde el gobierno es encabezado por chiitas con lazos cercanos con la jerarquía religiosa de Irán. El miércoles, el Primer Ministro Nuri Kamal al-Maliki denunció vigorosamente la campaña de bombardeos de Israel en Líbano, una posición profundamente contraria a la de los estadounidenses cuya invasión permitió a los chiitas alcanzar el poder. Uno de los líderes más poderosos de Irak, el clérigo chiita Muqtada al-Sadr, ha ido más lejos, insinuando que podría apoyar activamente a sus hermanos chiitas en Hezbollah.

La influencia de Irán tiene ramificaciones económicas también. “Si Irán surge como un estado más poderoso, hará que otros estados en la región, y potencias externas como Rusia y China, estén más dispuestos a cooperar con Irán en cuanto a la energía pese a las objeciones de Estados Unidos”, dijo Flynt Leverett, ex director de asuntos mediorientales del Consejo de Seguridad Nacional y ex analista de la CIA.

A la luz de todo esto, algunos argumentan que Estados Unidos tiene poca opción salvo abrir un diálogo. “Si se quiere un ambiente de seguridad estable en Medio Oriente, se necesitan entendimientos estratégicos con Irán y Siria”, dice Leverett, quien ahora es miembro de la Fundación Nueva America.

En ese contexto, Siria pudiera ser crítico. Como su patrono, Irán, Siria ha atraído la atención hacia su poder en la región permitiendo que terroristas crucen su frontera hacia Irak, y apoyando a Hezbollah y Hamas. Pero Siria es más pequeño y vulnerable, y su líder — un miembro de la minoritaria secta alawita en un país predominantemente sunita — está en una posición mucho más precaria.

Al dejar entrever los incentivos correctos — las asociaciones económicas que Siria podría ganar si pudiera ser retirado de la lista de patrocinadores estatales del terrorismo, por ejemplo —, Estados Unidos y sus aliados árabes podrían convencer a Siria de poner fin a sus décadas de apoyo al terrorismo y reconsiderar sus lazos estrechos con Irán, dijo Leverett.

A Irán, también, le gustaría ver un acercamiento de Estados Unidos, dicen algunos analistas. “Parte de toda esta guerra en Líbano es porque los iraníes están tratando de lograr que Estados Unidos alivie la presión sobre ellos”, dijo Steven A. Cook, experto en política árabe del Consejo sobre Relaciones Exteriores.

También es posible que esos convenios sean fantasías, o simplemene demasiado costosos. El presidente de Siria, Bashar al-Assad, por ejemplo, está furioso por la investigación de la ONU sobre el asesinato del ex primer ministrio libanés Rafik Hariri, el año pasado.

Investigadores de Naciones Unidas han puesto en claro que el gobierno de Assad parece estar implicado en el asesinato, y a él le gustaría ver que se descartara la posibilidad de un juicio. También le gustarían garantías de seguridad, como sin duda también a Irán. Incluso todo eso podría no ser suficiente.

“Quizá no nos crean aun cuando les demos garantías de seguridad”, dijo F. Gregory Gause, director del programa de estudios mediorientales en la Universidad de Vermont. “Piensan que el gobierno de Bush quiere derrocarlos”.

Quizá esa sea la verdad. Si resulta que Irán realmente ordenó a Hezbollah que llevara a cabo la incursión que provocó el conflicto actual el 13 de julio, en oposición a meramente haber suministrado las armas, es casi seguro algún tipo de arreglo de cuentas, dijo Gause.

Con todos los malos vientos que soplan en Medio Oriente — y el éxito limitado de los esfuerzos de Estados Unidos ahí —, retirarse de la región podría parecer un rumbo más atrayente. Por el momento, sin embargo, eso parece improbable, y no sólo debido al petróleo, o los compromisos con Israel.

“Aprendimos de Afganistán que no podemos simplemente abandonar un territorio volátil a sus propios medios”, dijo Nasr. “No hay una organización de seguridad más amplia como la OTAN a la cual tratemos de pasar la estafeta. Por ello en alguna forma estamos inmersos en esto”.