Guillermo Caram – Responsabilidad reformista de hoy

En medio de un discurso electoral donde lo que se le plantea al electorado es la medición de la bravura de los gallos que lidian dentro del redil de las elecciones o cuan bien puesto tienen los pantalones los principales protagonistas de una competencia hasta ahora dominada por los partidos que han detentado el poder durante los dos últimos períodos constitucionales; la responsabilidad reformista de hoy consiste en estructurar una posición electoral que sea capaz, en el próximo ejercicio constitucional de gobierno, de atacar, eficaz y eficientemente, los problemas de fondo que aquejan a nuestra nación, partiendo de la superación de la grave crisis económica y moral que padecemos los dominicanos.

Esta posición deberá estar debidamente sustentada en la doctrina y tradición del reformismo, en su vocación al equilibrio y la moderación, en su repudio a los excesos y a postulados irreconciliables, en el rechazo de la confrontación obstaculizadora del entendimiento y la armonía.

Pero no basta que la posición esté sustentada en su doctrina y tradición. La misma debe ser adecuadamente elaborada en función de las particulares realidades presentes. Tallada con actitudes compatibles con la identidad y personalidad del reformismo. Labrada con planteamientos programáticos compatibles con las experiencias derivadas de los programas y realizaciones de los gobiernos del PRSC. Y consciente que su legión de seguidores, debida y coherentemente aglutinada y motorizada, tiene la capacidad de orientar la ciudadanía hasta doblegar la voluntad de quienes hoy se vanaglorian de tener en sus manos las preferencias del electorado.

La actitud de los reformistas de hoy, no puede ser, en consecuencia con su identidad y experiencia, la del simple endoso, sobre todo si es incondicional, a otras fuerzas políticas; sea por el hecho que se encuentren punteros dentro de las preferencias del electorado, tal y como algunos propician; o de doblegarse ante los detentadores del poder -lo cual, por definición, más aun dentro la democracia que vivimos, es efímero y transitorio- como sostienen otros.

A sabiendas que las negociaciones son inevitables en las sociedades pluralistas de la contemporaneidad, de la cual la dominicana constituye una muestra muy representativa, especialmente luego de instituirse la segunda vuelta en nuestro sistema electoral; resulta imperativo reconocer e inscribirse en la práctica de la concertación. Pero éste reconocimiento no puede llevarse a cabo sobre la base del endoso incondicional de una fuerza a otra, sino mediante la adopción de programas que contemplen, como punto de partida, acciones de emergencia para encarar la presente crisis nacional; nada de lo cual se encuentra sobre el tapete en un debate donde lo que está primado es determinar la valentía del gallo o la postura de los pantalones.

Finalmente la responsabilidad del reformismo de hoy tiene que sustentarse en la comprensión de la fortaleza de su gran ejército de hombres y mujeres -de seguidores más que de dirigentes de cúpulas, casas o calles- prioritariamente ubicados en los estratos menos favorecidos de nuestra sociedad, que pueden, al ejercer el sufragio, decidir la suerte inmediata de la nación.

Y es que esa fuerza latente, en cierta forma adormecida pero viva, como todo lo que proviene de la llamada mayoría silenciosa; en el momento en que ésta decida y respondiendo a la clarinada del liderazgo que perciba como más legítimo por identificarse con las esencias reformistas, puede ponerse en movimiento hasta desprender una especie de energía cinética capaz de inclinar la balanza por el lado que más convenga al interés nacional.

Todavía hay tiempo, tal y como demostraremos próximamente, para que el reformismo corresponda con estas responsabilidades que la nación le exige; y contribuya a evitar que la nación sea víctima de la ingobernabilidad que preludia el caos.