¿Ha sido la violencia asociada al deporte exclusiva de nuestros días?

Quienes todavía tengan la creencia de que la violencia asociada al fenómeno deportivo es una cuestión exclusiva de nuestros días por su gran repercusión a través de los medios masivos de comunicación, podrían terminar convenciéndose de su error, al conocer referencias e investigaciones que demuestran que tales secuelas negativas vienen desde los tiempos antiguos.
Sin embargo, en esta etapa contemporánea caracterizada por reglamentaciones y la tan divulgada filosofía del Juego Limpio, se han verificado los más sonados y deleznables hechos trágicos, muy superiores a los ocurridos en la antigüedad que eran sucesos esporádicos aunque reales de la violencia asociada al deporte.
Entre los hechos típicamente violentos en el marco de la actividad deportiva de la era antigua, se registra una tragedia ocurrida en el año 492 antes de Cristo (72 Olimpiada): Kleomedes de Astipalea mató a Ikkos de Epidauro, al ser acusado de combate sucio, fue despojado del título. Se dice que poco tiempo después quedó tan afectado que enloqueció de vergüenza.
Una de las grandes tragedias ocurrió en el año 420 a. C. con ocasión de la 90 Olimpiada. Los Espartanos fueron expulsados al violar la tregua sagrada. Al año siguiente y como represalia, invadieron el territorio de los Eleos organizadores de los Juegos Olímpicos, lo que originó una guerra de tres años que terminó después de pedir disculpas los Espartanos a los Eleos.
En aquellos tiempos los violadores de las reglas olímpicas eran castigados con fuertes multas con dinero que se usaba para el diseño de estatuas dedicadas al dios Zeus. Textos históricos sobre esos acontecimientos, refieren que las estatuas se colocaban a la entrada del estadio y llevaban grabados los nombres de los infractores.
El fenómeno de la violencia física y psíquica en el mundo actual está considerado como una lacra social y patrimonio funesto. Todavía está fresca en la memoria la guerra del fútbol entre El Salvador y Honduras que duró una semana y terminó gracias a la mediación de la Organización de los Estados Americanos.
Un episodio muy grave se produjo en los Juegos Olímpicos de Melbourne. Antes de dar inicio a un partido de waterpolo entre los colectivos húngaro y de la URSS, los jugadores magiares atacan violentamente a sus oponentes como represalia a la invasión de Hungría por parte de la Unión Soviética. La policía local tuvo que lanzarse al agua para detener una confrontación que empezaba a teñir la piscina de sangre.
En Moscú en 1982, la cifra de muertos ascendió a 68 al concluir un partido de Copa de la UEFA entre el Spartak Moscú y el Haarlem de Holanda. En 1985 en el estadio Heysel de Bruselas la cifra de fallecidos fue de 42 al armarse una refriega entre los fanáticos de Liverpool y de la Juventus en la final de la Copa de Europa.
En el amplio universo de los deportes, el fútbol, disciplina que convoca al mayor número de fanáticos en los escenarios del músculo, ocupa el primer lugar entre los que han desencadenado tragedias.
El historial de casos de violencia relacionados con el deporte es tan amplio, que ni siquiera en varias entregas alcanzaría el espacio para hablar de tantos ejemplos sangrientos que podrían multiplicarse más de lo esperado. Estos comportamientos, sociales, nacionales, grupales, son materia de estudios que competen a los sociólogos por sus diversas implicaciones.
Lo que realmente se debe entender es que la violencia les pertenece e involucra a todos: políticos, deportistas, dirigentes, comunicadores, educadores, técnicos; por lo tanto convendría diferenciar entre las acciones violentas emanadas de los deportistas, protagonistas directos del deporte, de las que se originan en el marco del suceso deportivo (Coca, Santiago).
Hay que reconocer que en las últimas décadas se han redoblado los esfuerzos de organismos como la ONU y la Unesco para que la actividad deportiva sea identificada como un factor de desarrollo humano, la paz y las buenas relaciones entre los individuos y las naciones.