Habemus Papa

R. A. FONT BERNARD
La elección, -más correctamente dicho-, la ratificación del cardenal alemán Joseph Ratzinger, como sucesor el Papa Juan Pablo II, estaba prevista desde varios años atrás, desde 1986, cuando Su Santidad recién fallecido, comenzó a manifestar síntomas de sordera, y era generalizada, dentro de los santos muros, su progresiva invalidez física. En torno a él, se mantenía latente, una disimulada disputa por su sucesión, entre los portaestandartes de la minoría que abogaba por la continuidad de la apertura iniciada por el Papa Juan XXIII, y la mayoría seguidora del Opus Dei, -la Opus Dei, la Obra-, en la que desde entonces ocupaba una posición decisiva, el recién elegido Papa.

Su Santidad Juan Pablo II, nunca se recuperó a plenitud de los daños físicos dejados en su organismo, por el atentado criminal de que fue objeto el 13 de mayo del 1981. En esa ocasión fue sometido a una prolongada cirugía abdominal, que le obligó a permanecer recluido en sus habitaciones privadas, por espacio de cuatro meses. En 1992, le fue necesaria la extirpación de un tumor no canceroso en el colón. Y en el período de la convalescencia circularon numerosas conjeturas, sobre todo, cuando tras advertirse los primeros síntomas del mal de Parkinson, el periódico “Catholic Reporter” editorializó, con la consideración de que “el Papa está por concluir su período histórico”.

Entre tanto, una secuencia de situaciones anormales no previstas, entre ellas, el llamado “escándalo del petróleo”, en el que se sindicó al general comandante de los “carabinieres”, en una negociaciones fraudulentas, que perjudicaron a la Hacienda Pública con varios billones de liras, y la quiebra del Banco Ambrosiano, propiedad del Vaticano.

Al recién fallecido Santo Padre Juan Pablo II hay que acreditarle un excepcional protagonismo en el desmembramiento de la Unión de Repúblicas Socialistas, y ese protagonismo tuvo mucho que ver, con la ocupación de su país natal, Polonia, absorbido por Rusia, como una consecuencia de los Acuerdos de la conferencia de Yalta, de 1945. Ese protagonismo fue aprovechado coyunturalmente, por el Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, quien prohijó la primera visita del Papa a su país, tras ser vencidas las autoridades polacas de origen comunista. Fue una visita dotada de una intencionalidad política, tendente a galvanizar el tradicional catolicismo polaca, contra la ingerencia comunista.

Previamente, el presidente Reagan había establecido relaciones secretas con el Vaticano, a través de uno de sus consejeros políticos, de origen polaco. Este le mostró al Papa, demostraciones del espionaje por satélite norteamericano, confirmativo de los movimientos militares rusos, en su frontera con Polonia.

Mientras el presidente Kennedy había hecho todo lo posible, por aislarse de la Iglesia Católica, buscando el apoyo de la comunidad judía, el presidente Reagan negoció con el Vaticano, como el aliado, a su parecer, más idóneo en su enfrentamiento con Rusia. En ese acercamiento tuvo activa participación el entonces vicepresidente George Bush, padre. Este fue portador de un mensaje personal, indicándole al Papa, las pertinencia de enviarle una carta al primer ministro ruso Brezhnev, demandando el respeto a la soberanía de su país, con la advertencia de que si las tropas soviéticas intervenían el territorio Polaco, Su Santidad se apresuraría a viajar a su patria, y se interpondría en persona, entre el pueblo y los tanques de guerra rusos.

Tan pronto como el Presidente Reagan fue críticamente herido, en el atentado criminal que le lesionó un pulmón, el Papa le envió un mensaje personal, con sus “oraciones por su total restablecimiento”.

Pero si el Presidente Reagan colabioró con una considerable cantidad de dinero, aportando por la CIA, para financiar el Sindicato Polaco Solidaridad, la tendencia católica, a su vez, “el Papa que venció el comunismo”, en sus primeras visitas a la América Latina se mostró aceptablemente benévolo con las dictaduras de los generales Videla y Pinochet, argentino y chileno, respectivamente. Y en la ocasión de las bodas de oro del general Pinochet con su esposa Lucía Iriarte, el cardenal Sodano, entonces Nuncio de Su Santidad en Chile, les transmitió un mensaje, solicitando para ellos “abundantes gracias divinas”.

En 1991, el Papa nombró al cardenal Sodano, secretario de Estado y Prefecto de la poderosa Congregación para las Causas de los Santos, considerada la punta de lanza del Opus Dei en el Vaticano. Y se recuerda, que durante su visita a Nicaragua, el Papa Ministro de Cultura del gobierno sandinista, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal.

Cuando el general Pinochet fue arrestado por el gobierno británico, a solicitud del juez español Baltasar Garzón, el Vaticano se dirigió al gobierno inglés, invocando “razones humanitarias”, en favor de la liberación del dictador. Conste además, que por disposición del Vaticano, el nuncio en Panamá, colaboró con las tropas norteamericana, para la entrega del general Noriega, asilado allí.

El Vaticano, apenas una extensión territorial de 1.5 kilómetros cuadrados, cuenta con una jerarquía oficial, que incluye desde la guardia Suiza, hasta los jardineros. Tiene un sistema legal propio, y todos los emblemas de la soberanía: bandera, escudo, moneda y sellos de correos propios. Es el gobierno de una iglesia universal, encabezada por el Papa, y consta de varias congregaciones, corresponsales a los ministerios de los gobiernos seglares. Entre estos, el más importante es la Suprema Congregación del Santo Oficio, decisivo, según trasciende en la elección del Papa Benedicto XVI.

En sus más de dos mil años, la Iglesia Católica ha estado dirigida por Papas de los más diversos orígenes, y de las más disímil conductas. Desde los Papas calificables para su santificación, hasta los comercializadores de bulas, y disolutos, como el célebre español César Borgie. Todos, desde luego, sucesores de Simón, mejor conocido por Pedro, nombre derivado de “petrus”, palabra griega, que significa en el idioma español Pedro. De ahí, según San Mateo, el juego de palabras de Jesús: “tu éres Pedro, y sobre esta piedra edificarás mi Iglesia; yo te daré las llaves del reino de los cielos”. Es a Pedro, a quien el Evangelio concede el honor de haber saludado a Jesús en público, por primera vez, como “el Mesías”.

Para la elección de Benedicto XVI, bastó una sola hora. Pero para Juan Pablo II, fueron necesarias ocho votaciones del segundo cónclave del año. El primer cónclave, el del mes de agosto, eligió al Cardenal Albino Luciani, quien murió treinta días después, en circunstancias, y por causas, nunca aclaradas. Oficialmente sufrió “un infarto de miocardio”.

Como Juan Pablo II, Benedicto XVI, es opuesto a la homosexualidad, al divorcio, y a impartir la comunión a las personas divorciadas y casadas en segundas nupcias. Y como aquel, es posible que se oponga al uso de los preservativos. Un Papa que ignorará el Concilio Vaticano II, con el cual el Papa Juan XVIII, pretendió evangelizar la modernidad.