Hablar del padre

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POR MARIVELL CONTRERAS
Siempre han dicho que las niñas, las hijas son de su papi.  Lo dicen así, tanto los hombres como las mujeres, con una firmeza que no mueve a la duda.

Yo ni lo afirmo, ni lo niego.  Lo que sí digo es que al igual que la relación entre las madres y sus hijos varones, entre los padres y sus hijas se establece una relación muy especial.

Es que en esta materia, que es del corazón, lo que manda es pura química y física. Los opuestos se atraen y sus energías se complementan.

Las energías iguales y los polos iguales tienen una relación ambivalente en la ciencia y en la vida.  Se atraen y se rechazan.  Se encuentran y colapsan.

Por eso es más fácil establecer una buena relación entre los padres y las hijas que entre las madres y sus hijas y los padres y sus hijos.

Yo como todas las mujeres me siento ser una hija de mi papi, siempre fue así, pero pasado el tiempo, mucho más.

La vida me ha puesto en la necesidad de separar las verdes de las maduras y en ese sentido, mi papá y todos los papás, han salido ganando.

Siempre se ha dicho, como un axioma, que los hijos, en sentido general, de ambos sexos, son de la madre, que es la madre quien los cuida y los guía, quien los forma y los cría, independientemente de lo que pueda aportar el padre.

El padre, en su papel de hombre de la casa, y hasta de la casa donde no está, se ha considerado más como un proveedor que como un sostenedor.

Es el que paga, el que resuelve (con el perdón de Micky), el que manda y determina.  De él se esperan más pesos que besos y como finalmente por más que se tengan son muchos más infinitos los besos que los pesos, los padres terminan casi siempre relegados al espacio del desafecto.

Por eso se compran menos regalos para papá que para mamá.  Por eso estos días las tiendas no lucen llenas, ni las calles entaponadas, ni son tantos los viajes a los pueblos para acompañar “al viejo”.

A los padres, a los ajenos y al mío (al que amo profundamente y a quien acepto con todas sus virtudes tantas que arropan sus contados y heredados defectos) les escribí unos versos un día, que hoy comparto con la esperanza de que sean útiles para las necesarias aceptaciones y reconciliaciones.

HIJO DE DOS

Cuando Dios
Hizo a la madre
Una cuna para nacer
Una cueva
Donde guarecer
Calor que no quema
Frío que abraza
Y amor que nunca
Pasa…

Se asustó
Ante tanto poder
Y se hizo “hombre
Entre los hombres”
Para engendrar
El fruto entre los frutos

Y no ha parido
Desde entonces
Ningún vientre
Sea varón
Hembra sea
Ser humano que no sea
Hijo de Dios.

RECONCILIACION

No renuncio
al apellido que  me diste
-o no me diste-
ni reniego
del abrazo que  tuve
-o que esperé-.

Diste más
y recibí más
tengo tu sangre
aunque tuviera
un día
más roja y herida
que ella misma
nadar hasta tu mar
para alcanzarte.

Y una vez allí
De tu tamaño
No tuve el valor
De no mirarte
Ni la cobardía
De reclamarte
Y al mirarme en ti

Agradecida
Solo pude decir
Gracias papá
Y ante tu tembloroso
E inaudible por qué
Te respondí
Con un abrazo:

“por la vida”. 

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