¿Hacia dónde va LA EDUCACIÓN SUPERIOR? Necesitamos nuevos paradigmas, y 4

Es muy posible que la comprensión no sea completa y casi totalmente relativa, pero esta es la paradoja del significado: todo descubrimiento también puede contradecir los antiguos y así sucesivamente… Sin embargo, el deseo de la verdad exige una institución educativa que ofrezca, como servicio a todos los que quieran participar, una investigación, un estudio y una enseñanza de calidad durante toda la vida y que abarque todos sus aspectos. Los títulos académicos son menos importantes que el aprendizaje en sí mismo. No obstante, este es un discurso sobre la universidad que hay que abordar y que las universidades tienen que proclamar frente a los discursos y fuerzas sociales alternativos que siguen ejerciendo presión sobre ellas, es también lo que las universidades deben aspirar a ser. Peter Jarvis
No caben dudas de que tenemos la urgente necesidad de crear un nuevo paradigma de la función de la educación superior en la sociedad. Algunos sostienen que ha desaparecido la magnanimidad de un von Humboldt o un Newman, quienes hacían del conocimiento un fin en sí mismo. La educación superior debe servir a la sociedad, primordialmente respaldando la economía, y, así, contribuir en el mejoramiento de las condiciones de vida de sus ciudadanos. Si bien es cierto que las universidades retienen todavía su función de “conciencia de la sociedad”, la función crítica ha sido desplazada en favor de otra más pragmática en términos de suministro de recursos humanos calificados y la producción de conocimiento. Estos cambios no son teóricos sino que buscan tener un efecto práctico directo en la conducta y el funcionamiento de las instituciones de educación superior. El nuevo paradigma trae consigo una nueva cultura de responsabilidad como lo demuestra la proliferación de las ciencias de gestión y un etos que procure lograr un buen rendimiento de la inversión en todos los sistemas de educación superior en el ámbito internacional [1]. Gibbons sostiene que los nuevos paradigmas de la educación superior son los siguientes:
Seis de los paradigmas de gibbons. Primer paradigma: educación para las profesiones
En su interesante trabajo, Gibbons sostiene que los sistemas modernos de educación superior ya no están dominados por las artes y las ciencias. Estas asignaturas básicas han quedado cubiertas por capas de formación profesional: primero, por las profesiones liberales; luego por las profesiones técnicas, principalmente las muchas ramas de la ingeniería y la tecnología que acompañaron a las sucesivas olas de industrialización, incluida la más reciente de las ciencias de la información; por las profesiones protectoras que fueron estimuladas por la expansión del Estado benefactor y, en los últimos tiempos, por el repunte de las profesiones que se centran en las empresas, la gestión y la contabilidad. Puede que la cresta de la nueva ola sean las ciencias ambientales. Los efectos intelectuales del pasaje de una educación liberal a la capacitación profesional se han observado con frecuencia, pero quizás su efecto acumulativo solo haya llegado ahora a ser decisivo en la remodelación de la educación superior.

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Segundo paradigma: la investigación centrada en los problemas
A juicio del académico, cuando la investigación iba adquiriendo mayor prominencia, se producía un cambio de igual importancia en su carácter. Afirma que es cada vez menos la curiosidad lo que la impulsa, y cada vez menos, afirma con amargura se financia con cargo al presupuesto general que la educación superior. Un porcentaje creciente de las investigaciones se realizan en programas específicos financiados por organismos externos con finalidades definidas. Este cambio se refleja también en un enfoque distinto de investigación universitaria. Ya no se hace tanto hincapié en los estudios libres sino más bien en la solución de problemas. –y quizás es muy poca la atención que se presta a la definición y a la articulación del problema. También se manifiesta en una cambiante economía de investigación. Los proyectos están constreñidos por las especificaciones de equipos cada vez más costosos y por los conocimientos especializados de los investigadores. Es difícil obtener apoyo para investigaciones en las que no se tengan cabalmente en cuenta los costos, lo que lleva al racionamiento de equipo y de personal. El resultado es que se achican las posibilidades tanto reales cuanto intelectuales de investigación, lo que la hace concentrarse únicamente en ciertos lugares.

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Tercer paradigma: mayor responsabilidad
Gibbons afirma que otro cambio importante que ha sufrido la educación superior es que ha dejado de concentrarse en el interior para ir hacia el exterior, es decir, la internacionalización. La vieja concepción, escribe Gibbons, de entidades autónomas que tenían de sí mismas las universidades, ya no es posible. Se autopercibían como instituciones que se bastaban y servían de referencia a sí mismas. Las prácticas como la evaluación colegiada y la permanencia en los cargos académicos reflejaban esta idea. Los profesores universitarios gozaban de un nivel social alto. Sin embargo, hoy, sigue diciendo el autor, la educación superior se muestra bajo una luz diferente. Las universidades forman parte de una red más grande y más densa de instituciones del conocimiento que se extienden hacia la industria, el Estado y los medios de comunicación. Se han empequeñecido tanto su autonomía como su situación de monopolio, lo que repercute en el menor nivel social de los docentes universitarios y en sus relaciones con otros grupos profesionales y el mercado. El conocimiento se genera a través de todas las instituciones más que en instituciones autosuficientes.

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Cuarto paradigma: uso de las tecnologías para la enseñanza
La enseñanza tradicional se centraba en los estudiantes en aulas y laboratorios, frente a sus profesores. El futuro de la enseñanza, dice Gibbons, está muy vinculado al uso de las tecnologías: las computadoras, los vídeos, televisión y otros medios que todavía no han sido diseñados. Pero no todo es color de rosas. La tecnología, como bien apunta Gibbons, no es la panacea. Podría ocurrir que el período de estudio se transforme en algo mejor, si las nuevas tecnologías fomentan el aprendizaje independiente; o bien para peor, si crea un clima antihumano alienador o conduce al aprendizaje mecánico. También podría ocurrir que se debiliten aún más los nexos ya frágiles entre la enseñanza y la investigación. La enseñanza y la investigación pueden ocurrir en lugares distintos y financiarse con fondos de diferente origen. Tal vez se aparten intelectualmente porque la enseñanza que se imparte con medios tecnológicos necesita estar muy estructurada, mientras que la investigación se ocupará en medida creciente del conocimiento indeterminado.

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Quinto paradigma: múltiples fuentes de financiamiento para la educación superior
Está claro que el Estado no tiene la capacidad de atender la demanda creciente de la educación superior. La tendencia hacia la privatización de la enseñanza superior ha evidenciado que el modelo estatista está derrotado, aunque en la mayoría de los países muy industrializados y muy desarrollados, el Estado seguirá siendo una fuente importante de fondos para la educación superior. La tendencia que existe en el mundo de hoy es que el financiamiento de la educación superior se hará a través de mecanismos de asignación semejantes a los del mercado. Para la mayoría de las universidades los ingresos no estatales serán más importantes. Estas modificaciones de las modalidades de financiamiento tendrán importantes consecuencias intelectuales que reforzarán la separación entre investigación y capacitación.

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Sexto paradigma: la eficiencia y el etos burocrático
Gibbons sostiene que así como ha cambiado la visión y la misión de la universidad, debería también adecuarse su estructura. Las universidades deben abocarse a un modelo organizacional más ágil y menos fragmentado. A su juicio, las facultades se han convertido en categorías de organización más que categorías intelectuales. Incluso los departamentos se consideran unidades principalmente administrativas y no tanto centros intelectuales. El segundo aspecto se relaciona con la presión de una especialización despiadada que han llevado a las universidades a abandonar la mayoría de las pretensiones morales y culturales que transciendan de la acumulación del conocimiento intelectual y profesional.

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Con este panorama, y viendo la realidad de la educación dominicana en cualquiera de los niveles, uno se pregunta: cuándo llegaremos? Cuándo pensaremos que educar en el presente es una apuesta al futuro?
[1] Michael Gibbons, Pertinencia de la educación superior en el siglo XXI, Op. Cit. . [2] Ibídem[3] Ibídem[4]Ibídem[5] Ibídem[6]Ibídem[7]Ibídem