Hacia la búsqueda de un dulce autóctono

La gastronomía de una nación está indisolublemente ligada a su historia, a su desarrollo y a sus enmarañadas costumbres. Y forma también parte de sus símbolos, como lo es su escudo y bandera. República Dominicana no es únicamente playa y sol. Cuenta con una rica variedad de platos, lógicamente fruto de las influencias españolas, africanas y de otras culturas.

Con Puerto Rico, isla con la que no solamente compartimos región, sino una hermandad social y económica de siglos, tenemos grandes afinidades gastronómicas. Producimos prácticamente similares renglones agro-alimentarios, aunque la llamada Isla del Encanto oferta a visitantes y nativos un rico Marallo y el conocido tembleque.

Costa Rica, reconocida por su acendrado amor por la naturaleza, tiene en la cajeta de leche y la miel de chiverre, dos de sus postres emblemáticos. Jamaica nos conquista con su gelatina, un manjar diferente al que se conoce por aquí con dicho nombre, elaborado a partir de ingredientes propios de la isla. Hasta en eso los dominicanos hemos sido parcos, tímidos. No hemos sido capaces de escoger un postre bandera, no obstante contar con una enorme variedad de dulces auténticamente criollos.

La zona de Baní, específicamente la muy recordada Paya, se destaca por sus postres de leche.

Y transitando un poco más allá, todo el Sur aporta bastante a una eventual selección del dulce nacional.

A la región del Cibao y el Este se les reconoce por sus manjares. Hay, sin dudas, para escoger.

¿El esponjoso borracho? ¿La mala rabia? No sé.