HACIA LO ALTO
El trigo y la cizaña

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Jesús nos cuenta en la parábola del trigo y la cizaña:

“El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras los hombres dormían vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo.

Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.” (Mt 13, 24 – 30)

Nuestro mundo representa al  campo referido por Jesús en esta parábola. Esta sembrado de trigo y cizaña que muchos quisiéramos incluyendo el que fuese solamente por trigo. Sin embargo, fuimos nosotros con nuestros pecados que hicimos emerger la cizaña.

Fijémonos en la nobleza y sabiduría del sembrador. Invita a sus colaboradores a tener paciencia como él. Nos invita a esperar en el arrepentimiento de los “malos”. Cuantos apóstoles perdiésemos si no tuviésemos amor y mansedumbre con los malos. San Pablo, San Agustín y muchos santos anónimos se encuentran en ese grupo.

El trigo deberá crecer junto a la cizaña y todos deberemos seguir el ejemplo de paciencia del sembrador.

Además, cómo podríamos nosotros, distinguir de modo definitivo la semilla buena de la mala? El juicio sobre el corazón humano, por su carácter absoluto y definitivo, corresponde sólo a Dios que mira dentro del corazón. Juicio que Dios mismo se reserva para el final de los tiempos. El apóstol Pablo amonesta en este sentido a los corintios: Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor.

Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda. 1 Cor 4,5

Sólo el Espíritu Santo que conoce a fondo nuestros corazones, sabe suscitar el sentimiento y la plegaria apropiada ante la santidad de Dios y la misericordia por el pecador en busca de un cambio de vida.

Los que pretendemos trabajar en el vasto campo de Dios, debemos de aprender de su hijo Jesús, divino sembrador, quien nos enseña a ser como Él en el cuidado de las semillas, teniendo paciencia, discernimiento, prudencia y moderación.

No somos nosotros los llamados a extirpar, a excluir.  Al contrario, debemos tratar con nuestro ejemplo de vida invitarlos a crecer en el bien y disminuir en el mal para que un día alcancemos la santidad, tan querida por Dios para el bien de nuestras almas.

Y recordemos que la omnipotencia de Dios se manifiesta en su infinita misericordia.

Colaboremos en el Amor, ingrediente exquisito de la gracia.