Hacia los partidos de fulano o de mengano

Si los partidos continúan su carrera hacia lo que podría definirse como “organizaciones sin fronteras”, para que cualquier persona pueda pasar de las filas de uno a la de otro sin el cumplimiento de determinados requisitos; sin diferenciación sustancial, ya sea ideológica, programática o de identificación en aspectos que la gente pueda diferenciar claramente, no solo en épocas electorales, lo que primará de forma determinante serán los lazos afectivos o de adhesión personal de los militantes con determinado dirigente.

Y aunque ese fenómeno de identificación con el líder es viejo, ya que en muchos casos la gente los ha mencionado y aún los llama por el nombre del dirigente máximo, a pesar de que sus organizaciones tienen siglas y llevan tiempo actuando públicamente, la carencia de identidad, que tiende a eliminar las barreras partidarias, ayudaría a personalizar esa actividad.

Antes se hablaba del partido de Lora o de Wessin, pero todavía se identifican como el partido de Hatuey, de Moreno, de Minou, porque lo que prima en esas organizaciones es el peso de sus dirigentes. Pero además de eso, porque la tendencia hacia el personalismo o el caudillismo no han desaparecido.
Aún dentro de los partidos grandes o tradicionales, muchos dirigentes, aún afirmando su militancia partidaria, se han identificado tanto con la corriente liderada por una persona como con su partido. El caso de los Peñagomistas, Jacobistas, Guzmancistas, Jogeblanquistas, Hipolitistas, Miguelistas y ahora Abinaderistas, dentro del perredeísmo global, son ejemplos reveladores.

En el peledeísmo igual. Aunque no dejan de identificarse con su partido, una buena parte se definía como Boschistas, pero ahora hablan de los Leonelistas y los Danilistas como corrientes. Antes las disimulaban, pero ya no. Son tendencias con fuerzas, y hasta cierto punto definido.

Lo que pretendo advertir, sobre todo para que los dirigentes no lo pierdan de vista es que, ese trasiego de militancias puede aumentar la tendencia hacia la personalización, y motivar adhesiones políticas, más por lazos afectivos o por compromisos con dichos líderes que con las organizaciones mismas, lo que se asemeja al caudillismo.

Si los partidos se descuidan, perdiendo su esencia y todo lo que de alguna manera les permitió crear bases en la sociedad para crecer y hasta para gobernar, y cualquiera puede ser, hoy de uno y mañana de otro, porque no encuentren muchas cosas que los haga diferentes, aumentarán los sentimiento que hagan inclinar las militancias, no por el partido, al considerarlos iguales o parecidos, sino por lo que determinada persona les representa afectivamente o porque le brinde las oportunidades que buscan.

Si no hay diferenciación ideológica ni programática, sino simples planteamientos en épocas de elecciones, y la gente llegara a entender que la mayoría de los partidos son más o menos parecidos, podríamos entrar en un proceso de reagrupamiento individualizado, donde la única diferencia sea la cabeza visible. Ya no importarán las siglas. Solo para que la Junta Central los identifique en sus aspectos administrativos. Pasarían a ser: los partidos de fulano o de mengano.