¡Hagamos frente al miedo!

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Si un perro agresivo nos muestra sus fauces poderosas sentiremos cómo el miedo acude a nosotros de forma súbita. Cuando un peligro es real e inminente no hay espacio para pensar, pues la mente necesita tiempo. El miedo entonces nos coloca drásticamente en el presente, provocando una respuesta rápida e instintiva. Pulsa la alarma máxima en el organismo y lo dispone para la acción sin que medie el pensamiento.

Pero mientras que el temor que se siente ante una amenaza auténtica, como en el ejemplo anterior, presta una inestimable ayuda para la supervivencia, otros tipos de miedo pueden frenar o dificultar la vida.

Así, un miedo que nace de la razón puede resultar engañoso, pues no siempre hay un peligro real detrás. Sabemos que la imaginación es la gran creadora de ansiedades, obsesiones y temores. )Quién no ha sufrido pavor ante una puerta entreabierta para comprobar más tarde que no había nada que temer?

La mayor parte de seres humanos tienen miedo a algo. Se puede temer a una cosa concreta como las serpientes o a algo tan difuso como envejecer o sentirse solo. Pero el miedo en todo caso es un desafío que la persona no siempre está dispuesta a aceptar. Si la persona que está viviendo este miedo no hace un esfuerzo, con el tiempo se va acobardando, aferrándose a lo conocido y huyendo de lo que desconoce.

Es una actitud más cómoda pero que, al fin y al cabo, lleva a perderse parte de la vida. Algunos desafíos están ahí precisamente para encararlos y poder madurar como personas. Abramos, pues, las puertas al miedo para ver qué encontramos al otro lado.

[b]ACEPTAR EL DESAFÍO[/b]

Todo lo que nos produce temor hace surgir nuestra inseguridad. La respuesta ante el miedo, por lo tanto, lleva a intentar conseguir una mayor sensación de seguridad. Cuando el peligro es real esto nos impulsa a proteger nuestra vida, pero cuando el temor lo crea uno mismo el pensamiento suele reemplazar a la acción.

Esto es lo que sucede precisamente en los trastornos que están asociados al miedo. Las fobias, las obsesiones, las compulsiones y los problemas de ansiedad derivan de un círculo vicioso en el que el miedo crece y va paralizando cada vez más a la persona. Es un proceso que se alimenta a sí mismo.

La ansiedad es la expresión de un temor que no tiene objeto. La persona vive atemorizada y en un estado de alerta a veces sin conocer el motivo. Puede deberse a un miedo generalizado hacia la vida y los peligros que conlleva, sintiéndose abrumada ante hipotéticos desastres.

El miedo en este caso se anticipa a los hechos y por lo tanto se sufre por lo que podría ocurrir. En otras ocasiones las causas de la ansiedad residen enterradas en el inconsciente y sólo cuando la persona las conoce puede hacer algo con ellas.

Justamente la capacidad de la mente de anticipar, de pensar en lo que puede suceder, es lo que atrapa a muchas personas en el miedo. Sucede así, por ejemplo, en los ataques de pánico. Una vez se ha dado una situación de ansiedad extrema la persona teme que se vuelva a repetir. El miedo a tener miedo, a no querer sentirlo, encuentra una solución: intentar controlar.

La persona empieza a evitar ciertas situaciones o lugares, busca compañía u observa continuamente las reacciones de su cuerpo. Como ocurre muchas veces, cuando se tiene miedo a algo se provoca precisamente aquello que tanto se teme. Así, la persona que escucha el latido de su corazón con agitado temor a que se altere aumenta su riesgo de sufrir taquicardias.

El control, por lo tanto, en lugar de ayudar a ganar la partida al miedo le da más poder. Aumenta la lista de cosas prohibidas que se auto impone la persona, que puede llegar a estar totalmente supeditada a miedos irracionales y absurdos. En el fondo, es el temor a la muerte, a afrontar la propia impermanencia lo que lleva a no poder darse a la vida, erigiendo uno mismo su propia prisión a causa del miedo.

[b]RECONOCER EL PROPIO TEMOR[/b]

Los síntomas que acompañan al miedo y la ansiedad son muy diversos. Las palpitaciones, la sensación de presión en el pecho, el temblor, el sudor, los desarreglos gástricos y el insomnio son algunos de ellos. Cada individuo somatiza de una forma diferente sus temores adoptando también una característica tensión corporal.

Una buena fórmula para reconocerlos es observar cómo reacciona nuestro cuerpo al miedo, mirando qué partes solemos contraer. Si nos fijamos veremos que adoptamos ciertas posiciones como si nos quisiéramos preparar para ser atacados o a atacar.

El cuerpo puede mostrarse abatido y abrumado cerrado y ensimismado, o tomar una apariencia como de parachoques, para aguantar golpes imprevistos.

Cuando la amenaza se vive fuera, la persona intenta controlar el entorno y desconfía de los otros. Cuando no se tolera la inseguridad que deriva de las incertidumbres se puede hacer uso de repetidas comprobaciones, o de ideas obsesivas y perfeccionistas para reducirlas. Si la persona se culpa y abandona a su falta de confianza puede mostrar una sumisión y pasividad que le protejan de tener que enfrentarse a lo que la atemoriza.

[b]ASUMIR LOS RIESGOS[/b]

Ante la encrucijada que suscita el miedo, mezcla de temor y atracción, la persona elige en todo caso si sigue con lo que ya conoce o se enfrenta al temor para abrirse a nuevas experiencias. A pesar de la inseguridad que nos provoca, forzosamente tenemos que traspasar este miedo para poder iniciar cualquier tipo de cambio. Así nacimos, así descubrimos el amor y así deberemos afrontar un día la muerte.

Para cambiar es necesario desligarse de aquello que resulta cómodo y atreverse a tantear con algo que no se sabe si saldrá bien o mal. Normalmente cuando la persona da el paso de afrontar sus miedos, haciendo precisamente aquello que temía, se da cuenta de que era peor su terrible imaginación que la realidad. Cuando alguien consigue realizar algo que teme sale realmente fortalecida, en lugar de afianzar todavía más su temor.

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