Haití hora cero

El sismo de 7.0 escala Richter que derruyó los cimientos de Puerto Príncipe, capital de Haití, el día doce del presente mes de enero, puede iniciar la etapa de una era de relaciones armónicas que nunca han imperado entre dominicanos y haitianos desde antes de 1822, año en el que el vecino marcó una dominación que se prolongó por 22 años.

El terremoto del día 12 se compara con el ocurrido en 1770, hace dos siglos, aunque menor al  de 1985 de 6.7 escala Richter.

Presto, el presidente Leonel Fernández emitió el decreto 24-10 que ordena toda una logística para socorrer al vecino país de la tragedia, que se especula (no hay cifras exactas) produjo unas cien mil víctimas concentradas en la capital que cobija 2.0 millones de individuos.

Es un momento oportuno para que la comunidad internacional clausure la hipocresía de propalar y no actuar, amagar y no dar, relacionado con la manoseada prometida ayuda a Haití que nunca ha llegado en la mínima proporción de la necesidad de ordenar la vida institucional y productiva del vecino Estado con el que compartimos la antigua isla Española.

Dotar a Haití de una infraestructura agroindustrial básica que le permite no solo autoabastecerse, algo que acude en un 90% del exterior y un 80% de nosotros, sino que se torne en lo contrario, que nosotros dependamos en algunos rubros de Haití, porque en esa proporción aminorará la presencia ilegal haitiana en nuestro territorio.

Hasta el día once, el presidente  René Preval, presuntuoso y necio, rehusaba reunirse con su homólogo dominicano, pero ahora la fuerza de las circunstancias han modificado una actitud obtusa, entendiendo que esta coyuntura propiciará una era de avenencias, acercamientos y soluciones cardinales de interés a los dos estados. La desgracia prohija bienestar y columbra la armonía que ha sido un tema de discordia entre los dos países. ¡Alea, jacta est!