Haití: un elefante en la casa

MIGUEL AQUINO GARCÍA
El país esta totalmente haitianizado, tal como el sentido común advertía que sucedería de no detenerse el flujo migratorio sin control del proletariado de la vecina nación hacia este lado de la frontera. Muy pronto, para poder observar a nuestra gente con sus arraigadas creencias, costumbres y hábitos sociales que nos caracterizaron como nación, habrá que mudarse al Alto Manhatan de Nueva York, donde la comunidad dominicana organizada en base a intereses y cultura propios, es una muestra representativa de lo que una vez fue la República Dominicana como como ente social claramente separable e independiente de Haití.

Porque aunque parezca increíble, la realidad es que uno se siente mucho mas “en su casa” ambulando por las calles de Washington Heights en Nueva York, que caminando por la avenida Mella, la 27 de febrero, la París, e incluso el malecón de Santo Domingo, pues la masiva presencia haitiana en estos lares y en practicamente todos los barrios de la capital,  así como en todos los “pequeño- Haiti” diseminados a lo largo y ancho del territorio nacional, en zonas urbanas y rurales, nos ha convertido a los dominicanos en extranjeros en nuestra propio país.

Mientras los dominicanos desplazados por la oferta de mano de obra barata de Haití hacen largas filas frente a consulados extranjeros en busca del siempre escurridizo sueño de una visa, o pierden la vida por centenares cada año en ilegales y epopéyicos viajes en yolas, en los que hemos llegado a comernos los unos a los otros, el haitiano ilegal apenas tuvo que molestarse en cruzar la frontera “como Pedro por su casa”, para establecerse de este lado tranquilamente en forma de chofer de carro público, vendedor ambulante, trabajador de la construcción, doméstica de casa de familia, mendigos en calles y avenidas, trabajadores agrícolas cada vez menos en cañaverales y cada vez mas en cultivos de arroz, habichuelas, cacao, café y demás cultivos, empleados de resortes turísticos exhibiendo abiertamente sus carnets de identificación, pues sucede que los mismos españoles que en estricto cumplimiento de la ley ponen a los dominicanos a hacer largas filas en su consulado para otorgar limitados y legales puestos de trabajos en su país, son los mismos españoles que en violación abierta de la ley que aquí no se respeta, otorgan empleos a inmigrantes ilegales y “baratos” de Haití, en detrimento del obrero nativo.

Como habría de esperarse, el ilegal haitiano también forma parte de manera creciente de actos de delincuencia pública, llegando en muchos casos a ocupar hasta un 20% de las cárceles del pais.

Pero esta masiva presencia haitiana no solo representa el desplazamiento de la mano de obra criolla de oportunidades de trabajo, sino que pone una enorme presión en los precarios servicios públicos del Estado, reduciendo por su numerosa presencia la calidad y cantidad de esos servicios en hospitales y escuelas de todo el país, usufructuados masivamente por la inmigración haitiana. En algunas escuelas fronterizas, hay mas alumnos haitianos que dominicanos.  La presencia haitiana ha convertido también en recurrente y endémica la malaria, que había sido erradicada por Trujillo y por subsequentes programas de control, está aumentando sin duda la incidencia del sida y la tuberculosis en el país, ya que no existe control ni pruebas rutinarias de detección de estos flajelos, con la inmigración ilegal que llega sin registro alguno, y con una de las incidencias más altas del mundo de estas enfermedades.

¿Y cómo se ha podido llegar a esta travestía? A pesar de que la minoría xenofóbica de mulatos que gobierna en Haití ha estimulado de siempre la emigración de su proletariado hacia el Este, en una estrategia de conquista territorial y dilución de su responsabilidad social con su propio pueblo, lo cierto es que la pequeña burguesía dominicana tanto a nivel oficial como privado, se ha dedicado también a explotar la miseria del pueblo haitiano atrayendo el flujo continuo de mano de obra barata desde Haití, en sustitución del obrero urbano y rural dominicano. Esta malvada política de enriquecimiento fácil y usurpación de los derechos del obrero dominicano, terminará costándonos la existencia misma como nación. La caja de pandoras creada por el tráfico de la  miseria haitiana fue institucionalizada por Balaguer, y hoy más que nunca pagamos las consecuencias de aquel error de Estado. Pues resulta que los “trabajadores temporarios” haitianos son ahora ilegales, permanentes y masificados, y somos los dominicanos, desplazados de puestos de trabajo, a quienes nos toca sobrevivir temporariamente en el país, a falta de una visa redentora. La  fuerza política de domínico-haitianos que por definición va fortaleciéndose en base a su creciente población, está llamada a reordenar el tablero político en favor de los intereses haitianos, presagiando la disolución de la nación dominicana.

Nos ha faltado la voluntad política para garantizar la supervivencia de la nación, desarrollando una estrategia que tenga como norma defender nuestro derecho a la existencia como ente social independiente de Haití, montando ante la comunidad internacional una campaña para orientar y sensibilizar al mundo en la necesidad de reconocer la idiosincracia e independencia de ambos países, apelando mayormente a aquellas influyentes naciones de la región que buscan disminuir sus propias presiones migratorias desde Haití, favoreciendo la idea de la fusión politica de la isla, lo que nos obligará, como ya esta sucediendo, a cargar nosotros solos con el muerto del otro lado.  

Es en ese ámbito en el que los gobernantes dominicanos deben abogar como han hecho por la ayuda internacional hacia Haití y por el rescate de sus recursos naturales. Lo que ha faltado es ignorar de una vez por todas la presión foránea para que se tolere la invasión pacífica de Haití, en nombre de ridiculos argumentos raciales y de derechos humanos, imponiendo el orden migratorio del país como hacen todas las naciones del mundo. Esto demanda la repatriación ordenada y masiva de ilegales haitianos, como empezó a hacer el presidente Fernández en su administración pasada pero que detuvo inocentemente a petición del gobernante haitiano, el enforzamiento del código de trabajo que regula y defiende los derechos del trabajador nativo lo que implica la penalización de oferta de empleos a ilegales, y el cierre hermético de la frontera con la terminación del macuteo en la misma, como estrategia prioritaria de Estado. No podemos seguir ignorando el grave problema de la penetración masiva de haitianos, como si este fuese un elefante blanco y transparente que se mueve por la casa a la vista de todos sin que nadie reconozca su presencia. Hay que admitir este innegable problema en las más altas instancias del Estado, y conducir el mismo con decisión y firmeza, fuera de la casa. De lo contrario, no tardará en llegar el día en que seremos aplastados, con la fuerza paquidérmica de un terremoto. Entonces estaremos asistiendo a la destrucción de la nacionalidad dominicana y a la reivindicacion histórica de Trujillo. Los que creemos en la democracia, en el respeto a la vida humana y la convivencia pacífica que demandan los nuevos tiempos, esperamos que ese día de la disolución de la nación, nunca llegue.