Haití: ¿vecinos o enemigos?

MARLENE LLUBERES
Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Mt 5:43-45.

Si tratamos de buscar el origen de la marcada separación existente entre los dominicanos y los haitianos, nos es necesario enmendar muchos agravios que pertenecen a la historia pero que han provocado heridas que aún permanecen abiertas en ambas naciones. La República Dominicana es el único país de América que no se independizó de la metrópoli española, francesa o inglesa, sino que logró su independencia del vecino pueblo, sin ser este una potencia imperial ya que Haití, a su vez, se había liberado de los franceses. La isla de Santo Domingo es la única en el mundo dividida en dos Repúblicas. Haití había invadido la parte dominicana de manera continua a finales de la primera mitad del siglo XIX, creando sentimientos de repulsión contra el invasor, sobre todo, por los crímenes y excesos cometidos en su contra.

De igual forma, la pretensión de los haitianos de que la isla era una sola e indivisible, creó un sentimiento de rechazo permanente tanto con unos como con otros, además de que por hablarse la lengua española, elemento fundamental de la cultura, el ciudadano dominicano se siente español y cataloga al haitiano como inferior, habiéndose desarrollado marcados niveles de discriminación.

Sin embargo, es Dios quien nos habla de amar a nuestros enemigos y hacer bien a quienes nos aborrecen y nunca pagar mal por mal, utilizando la práctica común de que como me hizo así haré, sino que, contrariamente, nos enseña a procurar lo bueno ante todos los hombres. Dios no hace acepción de personas porque todos somos obra de su mano, es El quien hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos. Durante largos años hemos violado el afecto natural, guardando rencor contra quienes habitan en una misma isla, diseñada por el Señor para ser parte de su plan, por lo que cada ciudadano haitiano es creación divina y si Dios ha tenido compasión con nuestra nación, ¿por qué no tenerla con ellos?

Es Dios quien con misericordia y verdad corrige los errores y nos llama a perdonar, moviéndonos a compasión, porque si alguno dice id en paz, calentaos y saciaos pero no proporciona las cosas necesarias, ¿de qué aprovecha? Enfoquemos la problemática haitiana como lo hizo aquel samaritano, quien iba por un camino y al encontrarse a un hombre de nacionalidad judía que había sido herido en manos de ladrones, tuvo compasión, lo tomó, limpió sus heridas y lo cuidó. Ha llegado el momento de que veamos este país con los ojos de Jesús, porque si amamos a quienes nos aman, ¿cuál será la recompensa?

Si saludamos a nuestros hermanos, ¿Qué hacemos de más? Por el contrario, si el que nos aborrece tuviese hambre, démosle a comer pan y si tuviese sed, démosle a beber agua, transformando el odio por amor hacia quienes sufren situaciones de absoluta pobreza, hacia quienes viven en miseria, en el mayor de los hacinamientos que un ser humano puede soportar. Rompamos las cadenas del desprecio, odio y repulsión que nos mantienen atados, libertemos en nuestros corazones a cada ciudadano haitiano, entendiendo que ellos también necesitan una oportunidad, tal y como nos dice el señor: “Cuando el extranjero morare con vosotros, en vuestra tierra, no lo oprimiréis; como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjero fuistéis en la tierra de Egipto. (Lev 19:33-34)