Haití y el presidente Fernández

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La visita del presidente Leonel Fernández a Haití pocas horas después del terremoto fue oportuna, solidaria e importante.

El Presidente pudo haber esperado que lo llamaran a colaborar, pudo haber ofrecido ayuda a regañadientes, o pudo incluso haberse hecho el chivo loco ante la devastación bajo el argumento de que su misión principal es proteger la República Dominicana.

Sin embargo, no hizo nada de eso. Tomó la delantera y fue a visitar Haití. Voló por la destruida capital de Puerto Príncipe, vio el desastre de cerca, visitó la embajada dominicana, y se reunió con el presidente René Preval en la improvisada oficina presidencial que despacha desde el aeropuerto.

Desde el punto de vista humano, la visita pudo haberla motivado el deseo de expresar solidaridad a su colega, o la interrogante de cómo hubiera sido la situación si el terremoto hubiera ocurrido del lado dominicano.

Desde el punto de vista logístico, el gobierno dominicano no tenía más opciones que cooperar, porque la destrucción de Puerto Príncipe demanda de la infraestructura física y comercial dominicana para iniciar el proceso de reconstrucción.

De todas maneras, el presidente no esperó solicitudes ni presiones para cooperar. Se hizo presente y esa presencia estuvo en armonía con la solidaridad del pueblo dominicano que en cuestión de horas superó la rivalidad histórica entre ambos países para ayudar.

Son muchos los problemas y las oportunidades que se abren después del terremoto tanto para Haití como para la República Dominicana. Por eso, además de la solidaridad humana, al gobierno dominicano le conviene estar presente, en primera fila, en la búsqueda de soluciones.

Para la República Dominicana, el mayor desafío es la presión migratoria haitiana. De ahí que a los dominicanos les conviene más que a nadie la implementación de un programa masivo de asistencia que alivie el sufrimiento y las precariedades haitianas.

Por eso es positivo que el gobierno dominicano sirva de huésped y patrocine reuniones de alto nivel para diseñar un plan para Haití. Eso muestra al mundo la solidaridad dominicana, fortalece los lazos entre ambos países, y permite establecer las bases para la cooperación entre las dos naciones.

En lo concreto, la República Dominicana tiene mucho que aportar a la reconstrucción haitiana, incluyendo, apoyo logístico; personal en distintas áreas profesionales; y productos agrícolas, industriales y de servicios. Esto agilizaría la reconstrucción de Haití, y contribuiría además al crecimiento económico dominicano.

Para lograr los objetivos positivos de la reconstrucción en ambos lados de la isla no hay que fusionar los dos países, ni tampoco dejar que un pequeño grupo agite la población con mensajes alarmistas de fusión.

La República Dominicana puede ayudar a reconstruir, y puede beneficiarse moral y económicamente al hacerlo, respetando la soberanía de ambos países y estableciendo controles migratorios efectivos.

El presidente Fernández ya ha dado los primeros pasos oficiales y la sociedad dominicana se ha volcado a ayudar. Es un buen augurio.

Los haitianos, por su parte, han quedado desolados y tendrán que encontrar vías de reconstituirse sin pelear tanto entre ellos, y sin mirar la República Dominicana con recelos.

Con el involucramiento del presidente Fernández se ha agilizado el proceso de diálogo al más alto nivel de los actores internacionales para buscar soluciones de corto y más largo alcance.

Si los esfuerzos dominicanos de colaboración oficial salen bien, la catástrofe haitiana le permitirá al presidente Fernández sobresalir en el plano internacional, algo que él siempre ha deseado, pero que las condiciones regionales y su forma tradicional de gobernar la República Dominicana, con el apoyo de una rancia derecha, le han impedido.