Hasta la vida siempre

Cada vez que tuvo oportunidad, Hugo Chávez me recordaba que el compromiso de Cambio 16 con la conciencia y la dignidad del pueblo era idéntico al espíritu que animaba su revolución bolivariana y al empeño siempre vivo de luchar contra la pobreza para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos, garantizando desde el Estado la sanidad, la vivienda, la educación y todos los servicios públicos que construyen el futuro y engrandecen un horizonte libre e independiente, procurando el bienestar de todos, la justicia social, la redistribución equitativa de la riqueza y la igualdad ante la ley.

Por eso, últimamente andaba muy preocupado con el devenir de España, una nación que tantos sinsabores le procuró y que tenía en muy alta estima, pese al desplante tan borbónico como intempestivo del rey, hoy desnudo ante el espejo, o las conspiraciones y complicidades intolerables para desalojarlo del poder legítimo mediante un golpe de Estado tan chusco como sus protagonistas. Y veía con preocupación cómo los mercaderes asaltan desde el poder financiero la soberanía nacional haciendo zozobrar el sistema democrático y condenando al pueblo a la austeridad y los recortes que padecemos, negando derechos fundamentales con la injustificable excusa de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y, en consecuencia, debemos probar ahora el amargo sabor de la miseria. Me explicaba que cuando él llegó al poder, en Venezuela la pobreza severa afectaba a más del 50% de la población (el bipolarísmo del que escribía mi amigo José Vicente Rangel hace tres días a tras) y que, entonces, el Fondo Monetario Internacional (FMI), en connivencia con Carlos Andrés Pérez, casualmente muy amigo de Vargas y sus amigos /as, había elevado hasta límites insoportables el coste de los productos básicos y de los impuestos, provocando una indignación tal que el estallido social era inminente. Igual que ocurre ahora en España, esperando en las puertas de una u otra manera este país.., con las reformas imposibles de cumplir impulsadas por esa troika “maldita” que forman el propio FMI, el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea. La fórmula de la revolución es idéntica: una crisis sistémica que da cobijo a partidos inoperantes y a políticos que se arrodillan ante los mercaderes en medio de una corrupción generalizada que impide cualquier regulación y control y desactiva incluso al periodismo como contrapoder. Ante unas perspectivas tan injustas, se preguntaba si el populismo no era sino la asunción del poder por parte del pueblo cuando los políticos y las instituciones eran incapaces de gobernar, renunciando a la más alta representación que les encomienda la soberanía nacional y que constituye la voluntad popular. Todos esos ideales de cambio, de transformación de la sociedad, de devolver al pueblo el orgullo y la dignidad, la recuperación de la conciencia anulada en la sociedad de consumo, todos los valores y principios éticos que sostienen el modelo democrático fueron la base de una ideología bolivariana que preconizaba unos ideales que hace medio siglo armaron revoluciones y pusieron coto a dictadores públicos y privados y sordina al coro vergonzoso de los cómplices de un poder con las manos manchadas de sangre. Azote del imperialismo y del capitalismo, fue capaz de redibujar el mapa de un continente que hasta entonces se había debatido entre las conspiraciones criminales del todopoderoso vecino del norte de aquel momento, al menos..,  y el expolio salvaje de las multinacionales, que habían convertido América Latina en paraísos fiscales, repúblicas bananeras, prostíbulos de occidente y vertederos del poder. Qué duda cabe, su humanidad era exagerada, tanto como su afán de dar voz a los que no la tenían.

Todos esos que en la hora de la muerte le perdonan la vida, y se empeñan en dar lecciones de democracia y libertad, deberían seguir el exabrupto real y enmudecer ante sus propias vergüenzas.