Heirrich Böll y las realidades del mundo presentes

DIÓGENES VALDEZ
Ideológicamente a Böll se le consideró “un católico de izquierda que se inclina hacia la defensa de la libertad y la comprensión de una Alemania post-hitleriana”, actitud que le valió ataques despiadados de una parte de la prensa alemana, especialmente del periódico Bild-Zeitung, por su defensa del grupo Baader-Meinhof, a los que calificó de “teóricos desesperados por una sociedad despiadada”, ataques que lo motivaron a escribir su maravillosa novela El honor perdido de Katharina Blum, subtitulada “o cómo la violencia puede desarrollarse y adónde puede llevar”.

Con cierta ironía Böll advierte, a manera de epígrafe, que “las personas que se citan y los hechos que se relatan son producto de la fantasía del autor. Si ciertos procedimientos periodísticos recuerdan las del Bild Zeitung, el paralelismo no es intencionado ni casual, sino inevitable”.

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El Informe sobre el modo de pensar de la nación, una de sus últimas obras publicadas en vida, es un sátira amarga y esperpéntica surgida de su preocupación de poner a la luz del día y bajo una poderosa lupa el acoso subterráneo y los burdos métodos represivos a que eran sometidos los alemanes disidentes por la Verfassungsschutz, o política germana.

Desde 1961 Böll fue considerado como uno de los grandes creadores de la literatura alemana de la posguerra y sus obras constituyen una denuncia contra el oportunismo, la guerra, la iglesia y “el materialismo convencional y autotranquilizador.” Acerca del Estado en una sociedad capitalista, con motivo de la inauguración del Teatro de Wuppertal, Böll diría lo siguiente: “Allí en donde el Estado podía o debería existir, sólo veo residuos corrompidos de poder, y estos preciosos rudimentos de podredumbre se defienden, al parecer, con una furia rabiosa. Así pues, nada digamos del Estado, hasta que podamos volverlo a ver.” Y de la sociedad alemana en sentido general, como reflejo de un sistema político y económico, él se atreve a confesar, sin exonerarse de culpabilidad, que “nosotros manejamos con una arrogancia excesiva nuestro concepto occidental de la libertad”.

Heinrich Böll admite que todas las vivencias le han servido para formar lo que él llama “mi estilo”. Lo mismo le ha servido El jugador de cartas, de Paul Cézanne, como toda la obra de Modigliani y la producción de la primera época de Pablo Picasso. El niega que sea un escritor moralista y le disgusta todo lo que sea solamente didáctico. Dice Böll, lo que casi todo el mundo sabe, “que todo escritor comienza por ser lector”, y entre sus escritos preferidos se encuentran Hörderling, Kleist, Büchner y Trakl. Posteriormente, a través de las novelas Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota, descubrirá a Dostoievki. En un acto de inusual sinceridad, Böll admite que él tiene deudas de formación con George Bernanos, Gertrude Lefort, Francois Mauriac y con la poesía de Bertold Brecht. Confiesa sin tapujos que tiene una formación bastante ecléctica y que en los últimos diez años ha encontrado en sus obras ciertas influencias del escritor norteamericano J.D. (Jerónimo David) Salinger.

Los escritores, de acuerdo con las opiniones de Böll, que a los 30 años han encontrado “su estilo”, son una especie de farsantes si construyen sus obras en base a ese encuentro. Tampoco él cree en la noción de maestría, encontrándola “mortalmente aburrida”, al tiempo que se pregunta en forma jocosa, “¿hay cosa peor que un maestro?”

Con una sinceridad peculiar Heinrich Böll no siente vergüenza de confesar que no fue sino hasta 1945 cuando conoció la obra de Kafka y hasta ese año apenas había leído algo de ese otro genio de la literatura germánica llamado Thomas Mann. Tampoco niega que tanto la obra de Sartre como la de Camus tuvieron una capital importancia en su forma de escribir. Admite asimismo tener influencias de Nebraskov, Simonov, Green Hemingway, Faulkner y la nouvelle vague francesa, especialmente de las obras de Robbe Grillet, Nathalie Sarraute y Michel Butor.

El problema de la lengua tiene en la obra de Böll una importancia capital, “ya que la historia demuestra que la mayor parte de los conflictos están ligados a malentendidos de la lengua. Las guerras de cualquier índole, religiosas, políticas y económicas, tuvieron origen en cuestiones de mala formulación y comienzan siempre a nivel de la lengua a través de la propaganda”.

A pesar de haber fallecido hace pocos años, Böll es el escritor alemán de más amplio mercado editorial. Sus obras se han editado en una cantidad que supera los diez millones de ejemplares: sin embargo, él nunca se dejó ganar por la vanidad y con una sencillez que dejaba perplejos a sus admiradores, decía que el problema de interpretación del producto literario a través de las cátedras y los libros no son más que “artimañas y clichés burgueses de una sutil complejidad”. Admitía que a nivel literario, ni personal había podido encontrar a “ese simple ciudadano del cual tanto se habla y se escribe”, decía caracterizando sus palabras, “creo que no existe”.

Heinrich Böll no era un hombre de izquierdas y mucho menos de derechas. En unas declaraciones que ofreció a Christian Linder, dice: Soy un hombre contemporáneo, un contemporáneo apasionado y quiero expresarme, por supuesto. Pero no en forma de imagen comercializada ni en función de nada, sino como individuo. Para él, el papel más importante de la literatura es el efecto liberador que a largo plazo ejercerá sobre el individuo, constituyendo su temor más grande el que el mundo llegara a ser una institución sin corazón, en donde el hombre esté convertido en un número totalmente manipulado o en un objeto.