Hipótesis de la exclusión

PEDRO GIL ITURBIDES
Contra la posibilidad de quedar fuera del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos de Norteamérica y Centroamérica chocan nuestras debilidades. Impotentes como Nación, bajo las actuales circunstancias es quebradizo nuestro gobierno. Emocionalmente frágiles como individuos, no seremos capaces de soportar la marginación anunciada. La sombra de nuestros propios miedos será suficiente para que pactemos, como lo hemos hecho, en las más discutidas condiciones.

Y no hablo de temores a una invasión, imposible bajo las actuales circunstancias. Hablo de esos fantasmas que nos han arrinconado siempre, y que indujeron a la reincorporación a España en 1809, cuando el continente discurría hacia la independencia. Hablo de los tormentos interiores que condujeron a algunos dominicanos de varias poblaciones, a pedirle a Jean Pierre Boyer en 1821, que nos protegiera de nuestra independencia.

Hablo también de las aprensiones que condujeron a varios dominicanos a rechazar la invitación de Juan Pablo Duarte, a participar en un movimiento separatista. Para ellos, este pueblo nació para ser esclavo. Hablo de nuestros recelos ante la independencia lograda, y de la inclinación hacia los protectorados y anexiones. De todo ello hablo, pero sobre todo, hablo de nuestros miedos a nuestras capacidades para afrontar vicisitudes y arrostrar los sinsabores.

Por eso estoy consciente de que no seremos capaces de resistir las informaciones que hablan de la recomposición del convenio. Ni siquiera porque las autoridades que encabezan el Poder Ejecutivo provienen de un partido que enarboló banderas nacionalistas. Ellas no tienen por qué izarse bajo las actuales circunstancias. Y además me temo que al arriarse, sus telas han servido para usos domésticos, distantes y distintos de aquellos de los días en que tremolaban por el nacionalismo.

Pienso en los Gobernadores y Capitanes Generales de la colonia que escribían a la corte en procura del situado. Inseguros de sus diligentes acciones y mandatos en la isla, reclamaban recursos ajenos, pues su ánimo se perturbaba al concebir el trabajo de la colonia para su crecimiento. En cierta medida, ellos forjaron una información genética de la que no hemos podido desprendernos. Y ante ella me espanto porque nos hará más sensibles a percibir el sustrato de lo que el secretario estadounidense de comercio, Robert Zoellick, le dice al senador Charles Grassley.

Quisiera pensar en la hipótesis de una formidable fortaleza anímica que permita entender que no existirá exclusión, sino mera posposición. Y que lo de la erradicación tiene nombre propio, usado con frecuencia entre quienes pugnan por pescar todas las sardinas. Ese vigor nos dará entereza para procurar, como han hecho japoneses y mexicanos, un tratado de beneficios mutuos sin cortapisas. Quisiera pensar en ello.

Pero mucho me temo, bajo las actuales circunstancias, que el fardo de tantos miedos, acumulados en tantos siglos, torcerá, por nueva vez, el curso de nuestro destino. Cederemos, por ende, ante la hipótesis de que la exclusión que se desdibuja en el horizonte es nefasta para la República.