Hogares seguros, hogares felices

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La evolución del ser humano, ha traducido básicamente la respuesta a un hecho concreto: ¿cómo podemos acomodarnos más?
Hemos pasado de cazar en las grandes sabanas a tenerlo todo a la distancia de la nevera.
En salud, por ejemplo, antes de la era de los antibióticos, una herida relativamente pequeña podía llevar a la muerte a un individuo; luego, en la era agrícola, los esfuerzos en el campo garantizaban un estilo de vida activo; sin embargo, el crecimiento poblacional nos obligó a aumentar las producciones con técnicas menos humanas, dando la bienvenida a la era industrial, lo que revolucionó el estilo de vida, pero también aportó otras causas de enfermedad.
El asentamiento poblacional, en las zonas cercanas a las industrias trajo la urbanización, la exposición a contaminantes ambientales, dolencias propias de la actividad desempeñada por el individuo y la disminución en la calidad de los productos que posteriormente consumiríamos.
Durante los últimos años hemos vivido una evolución constante, no solo en la vida en la Tierra, sino también de las cosas que nos afectan: ya no tenemos viruela, pero tenemos “burnout”. Hemos erradicado enfermedades y generado otras por nuestra forma de vivir.
Nos hemos preocupado por acomodarnos tanto, que construimos imperios en espacios de 80 m² cerrados herméticamente, generando su propio aire, con una pantalla de universo, que nos desconecta del entorno y nos comunica con el mundo, y de esa conexión, se generan servicios y atenciones sin que tengamos que abandonar el “trono” de aquel universo paralelo. Y cuando por minutos despertamos y nos convencemos de que debemos movernos, nos compramos una caminadora, todo con tal de no salir de aquel espacio “seguro” en muchos aspectos y sentidos.
Así, de grandes sabanas, grandes esfuerzos físicos, pasamos a un submundo de cuatro paredes, en donde parecería estar todo a la mano. Pero ese encierro ha traído un nuevo riesgo y nuevas agresiones a nuestra salud.
– No nos exponemos al sol, pues las jornadas laborales inician muy temprano y acaban muy tarde.
– No respiramos aire puro y fresco; pues pasamos del aire acondicionado de la oficina, al del vehículo, al de alguna plaza comercial y luego en casa, donde la ventilación también es poca, pobre y muy contaminada.
– Las viviendas han cambiado, generando los grandes proyectos inmobiliarios y con ellos más desechos comunes, por ende, ambientes menos sanos y mayor humedad, lo cual ha generado la aparición de una microbiota, un microambiente celular de hongos y bacterias que recirculan en aquel espacio tristemente iluminado por el sol y con pobre circulación del aire natural.
Además, hemos creado herramientas para “cuidar” aquel ambiente con químicos y tóxicos que permanecen largo tiempo en nuestros espacios, con pocas posibilidades de salir y que nosotros también consumimos, desde el aspecto de la exposición, ejemplo: el uso de plaguicidas en casa, la permanencia de baterías dentro del hogar, los mismos productos de limpieza con alta carga tóxica que viven en nuestros hogares y de los que nos auxiliamos para “mejorar” nuestra convivencia.