Homenajes sin rechazo

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CARMEN IMBERT BRUGAL
Como si no hubiera tareas inminentes que cumplir, como si el decurso de la vida nacional permitiera insulsos recesos, la dación de honores se ha convertido en un divertimento. ¿Cuáles son los requisitos para optar por un reconocimiento? ¿Quién decide las condiciones para merecer un homenaje? ¿Cuánto es preciso hacer, o dejar de hacer, para ostentar una condecoración? ¿Quién tiene aptitud para honrar? ¿Existe en el país algún manual para la concesión de galardones oficiales?

Con frecuencia inusitada algún representante del poder legislativo o del poder municipal propone su lista de candidatos. El Poder Ejecutivo también atesora su inventario de agraciados. ¿Será un esfuerzo para que el colectivo imagine que son muchos los acreedores de reverencia y el orgullo patrio aflore? ¿Qué persiguen con tal desaguisado, si todavía no se ha logrado establecer un condigno procerato aceptado por la población y no hay acuerdos para validar las personas cuya historia permita la admiración colectiva?

Bachilleres y profesionales confunden el nombre de los Padres de la Patria, afirman que el 6 de noviembre es el nombre de una autopista. Independencia, Separación, Restauración, son sinónimos. La bandera nacional y las cornetas militares están presentes en cualquier funeral. Aquí asignamos talentos a poetas, mediante ucases, sin conocer su obra y los deportistas acceden a la gloria con la misma velocidad de sus piernas, de sus lanzamientos o batazos.

Durante la era de Trujillo, hombres y mujeres se disputaban la creación de los estrambóticos reconocimientos al tirano. La ridiculez más conspicua, la genuflexión más penosa, aparecían en títulos, menciones, padrinazgos, poemas, canciones, tarjas, estatuas. El perínclito de San Cristóbal, fue dios, padre de la patria nueva, benefactor, maestro, protector, luz en las tinieblas, consuelo para afligidos. “Cada año se celebran en el país 400 misas por la salud del jefe, 300 retiros espirituales, 2,500 conferencias políticas y más de 800 mítines políticos.” (Análisis de la Era de Trujillo, Cordero Michel, citado por Andrés L. Mateo en “Mito y Cultura en la Era de Trujillo”)

La población se acostumbró al ditirambo y entendió que sólo “el Jefe” y algunos miembros de su familia merecían alabanzas. .” Todos los homenajes debían estar reservados para una sola persona: para el que dirigía aquella obra maestra de sojuzgamiento de la voluntad colectiva” (Joaquín Balaguer, “La Palabra Encadenada”).

Después del tiranicidio algunos quisieron subsanar la exclusión. Los elogios fueron espléndidos. No sólo beneficiaban al mentor de “la revolución sin sangre”, también otros homenajeaban sus pares. Hubo entonces pretendidos sucesores del gran timonel, hombres imprescindibles, émulos de Juan Pablo Duarte, Gregorio Luperón, Máximo Gómez. Entidades privadas crearon premios, concursos, trofeos, medallas y comenzó la competencia de merecimientos. Poco a poco el arte de la lisonja fue democratizándose. Cada ayuntamiento decidió bautizar calles con nombres significativos para un regidor y su familia, cada senador, diputado, secretario de Estado, se le antojaba honrar la vida y obra de un amigo. La práctica ya es costumbre. De nada ha servido el relevo generacional y la inserción de los más jóvenes en cotos de poder. La tendencia aduladora persiste. Empalaga y agobia. Confunde. No bastó la entrega de un adefesio recordando a Pegaso ni la celebración de una feria para conmemorar los diez años del ascenso al solio presidencial del mandatario actual. Los homenajes están de moda. Funcionarios electos y designados conjuran la monotonía de sus cargos con propuestas de recompensas. Los recursos públicos están disponibles para satisfacer la vanidad, sin reparos ni reflexión.

Existen empresas internacionales que se encargan de fabricar noblezas. Diseñan y asignan escudos que ratifican o inventan la prosapia del solicitante. Todos podemos ser descendientes de papas, reyes, príncipes, marqueses, condes, zares. La gestión de algunos representantes de los poderes del Estado hará masivo el otorgamiento de pergaminos y el regocijo será extenso. La ciudadanía no comprende la proliferación de reconocimientos ni la liviandad que preside el favor. No asume con seriedad tanta adulonería.

Al inicio de su primer mandato, el presidente Leonel Fernández asignó, mediante decreto, importantes funciones a una persona conocida por su pertinaz oposición al Partido de la Liberación Dominicana y al nuevo gobernante. El hecho fue comentado delante de uno de los caballeros del periodismo dominicano, con la parsimonia que lo caracteriza expresó: El problema no lo tiene quien nombra sino quien acepta. Si al menos explicaran las razones y convencieran. La solución inmediata, para contener la acción, está en la actitud individual. “No es raro que uno venda el honor por una distinción” pero es más extraño que se rechace. Las dos actitudes pueden convertirse en indicios. Sirven para aquilatar reciedumbres o flaquezas.