Hora de despertar

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Resulta interesante ver cómo un entramado mafioso se mueve entre los partidos políticos, la administración de justicia y la sociedad, que opera con una limpieza y seguridad como la que ofrece un libreto de teatro o la ejecución de una partitura musical cuyos códigos para el ignaro son tan complicados como un jeroglífico y para los músicos constituyen un lenguaje universal.
Nuestro país vive bajo una situación grave: la continuidad de una política que permite encerrar por largos años a un hombre que roba para comer, mientras libera, respeta y elogia a un funcionario medio o de alto nivel, que se lleva el país en sus bolsillos insaciables.
Vivimos una pesadilla que nos produce una suerte de duermevela en la cual no sabemos si estamos despiertos o dormimos, ese estado en que los sentidos no están ni alertas ni alertados, que, al final, no sabemos si soñábamos o si lo pensado, lo ocurrido, lo leído, lo visto, fue real o se trató de un espejismo, de un sueño.
Vivimos en un estado de zozobra debido a que desde hace tiempo fuimos acorralados por el crimen, por una delincuencia cada día más audaz. Esa situación permite decir, sin temor a equivocaciones, que todos hemos sufrido, personalmente o en nuestras familias un asalto, un atraco, un susto ante malhechores que intentaron asaltarnos y fueron rechazados.
Si en su familia nadie ha sido víctima de la acción de los antisociales usted conoce más de una persona, pariente o amigo, que ha sido afectado por la delincuencia creciente ante la cual, aunque las autoridades no lo confiesen, hemos fracasado como sociedad, no la hemos podido contener.
El enfrentamiento con la descomposición social, en todas sus manifestaciones, es un problema de todos, en especial cuando hay una autoridad corrompida e inepta, que actúa en dirección contraria al interés colectivo, al auspiciar y mirar hacia el otro lado ante la corrupción que corroe la nación.
Es trágico que una generación sea víctima de sus mayores. Quienes tienen el deber moral y social de dar el ejemplo de reciedumbre moral, de transparencia, de honradez, de desprendimiento, de honorabilidad, como en una tragicomedia, son los primeros en delinquir, a las claras o de manera encubierta.
A los ex síndicos de La Romana y San Cristóbal, acusados de la comisión de graves actos de corrupción, se les permite la gracia, el beneficio de prisión domiciliaria como si se tratara de un trofeo, de una victoria contra la sociedad.
Aquí, desde siempre, se usó la cárcel para los amigos de los bienes ajenos, pero ahora el entramado gobierno, poder judicial y partido en el poder, han cambiado las reglas de juego y nos quieren convencer de que lo malo es lo bueno.