Hostos, Bosch,  y Peña Batlle

JESÚS DE LA ROSA
En una ocasión, la Feria del Libro que anualmente se celebra aquí fue dedicada al historiador, crítico, y ensayista Manuel Arturo Peña Batlle, uno de los intelectuales dominicanos más destacados del siglo XX. Esa vez, Juan Bosch impidió que los libros de su autoría fueran exhibidos en dicha feria, en protesta por el reconocimiento que sus organizadores prodigaban al autor de la obra “Historia de la Cuestión Fronteriza Dominico Haitiana” y de otras que enriquecen la bibliografía nacional.

¿Qué motivó al ex presidente Bosch a asumir esa actitud?

Era que el afamado cuentista y destacado hombre público erróneamente señalaba a Peña Batlle y a Joaquín Balaguer como los principales responsables de la desaparición de la escuela hostosiana; acontecimiento éste que, según Bosch, ocurrió en 1954, a raíz de la firma del Concordato entre la Santa Sede y la República Dominicana.

En realidad, el normalismo hostosiano fue erradicado del sistema dominicano de instrucción pública en el año 1936 por disposición del entonces Presidente de la República Rafael Leonidas Trujillo, luego de retirarle la subvención que disfrutaba desde su fundación la Escuela Normal de Señoritas fundada por Salomé Ureña bajo la orientación de Eugenio María de Hostos.

Con las honrosas excepciones de Félix Evaristo Mejía y de Lucas T. Gibbes, los egresados de la Escuela Normal de Maestros que Hostos fundara no se dedicaron al oficio. En busca de mejor vida, los ex alumnos del insigne maestro puertorriqueño, después de diplomarse en Educación, optaron por cargos públicos más remunerativos que el de impartir docencia. Fue gracias a la dedicación y esfuerzo de Salomé Ureña, de las hermanas Luisa Ozama Pellerano y Eva María Pellerano, de Anacaona Moscoso, Catalina Pou, Leonor Feltz, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez, Mercedes Laura Aguiar y de otras alumnas y seguidoras de Hostos que la escuela y la didáctica del prodigioso antillano se mantuvieron vigentes durante algunas décadas. Fueron esas damas las que realmente se sacrificaron en la búsqueda de una escuela mejor.

Eugenio María de Hostos vino al país por primera vez en mayo de 1875 con la finalidad de reunirse con exiliados cubanos y puertorriqueños perseguidos por la Monarquía española, fundando de paso la Sociedad La Educadora con la finalidad de proporcionarles educación cívica a las comunidades dominicanas. El maestro puertorriqueño se marchó del país ese mismo año, regresando en 1879 con el firme propósito de dedicarse al magisterio. Después de fundar en 1880 la primera Escuela Normal, por sus desavenencias con el Presidente Ulises Heureaux, Hostos tuvo de nuevo que abandonar el país, regresando en 1899, después del ajusticiamiento del dictador, para ocupar el cargo de Director del Colegio Central e Inspector General de Instrucción Pública. El gobierno provisional del presidente Juan Isidro Jiménes le encargó a Hostos la tarea de reformular la enseñanza normalista y de formular un anteproyecto de nueva Ley General de Educación. El anteproyecto que el insigne maestro puertorriqueño formuló le quitaba al Seminario Conciliar todo derecho de impartir enseñanza pública “con la excepción de aquella que tuviera que ver con la formación sacerdotal” Como era de esperarse, los dignatarios de la Iglesia Católica y los grupos más retardatarios de la sociedad dominicana impidieron su implementación. Efectivamente, dicho anteproyecto de Ley General de Enseñanza Pública fue desestimado por el Congreso Nacional. Después de ese fracaso, Hostos fue movido del cargo y nombrado Director General de Enseñanza Pública. El insigne educador puertorriqueño murió en la ciudad de Santo Domingo la noche del 11 de agosto de 1903. Sus restos mortales fueron depositados ese mismo día en el panteón de la familia Rodríguez en el cementerio de la avenida Independencia. Varios años después, dichos restos fueron trasladados a una tumba solitaria situada en el traspatio de una de las dependencias del Arzobispado de la calle Padre Billini. En 1985, a pesar de la protesta del Alto Clero Católico, por Decreto del entonces Presidente Constitucional de la República Salvador Jorge Blanco, los restos mortales de Eugenio María de Hostos fueron trasladados al Panteón Nacional.

La Constitución de 1963 (redactada por o a instancia de Juan Bosch) garantizaba la libertad de enseñanza y proclamaba la ciencia como fundamento básico de la educación. Y le atribuía al Estado dominicano el exclusivo derecho de organizar, inspeccionar y vigilar el sistema escolar, en orden de procurar el cumplimiento de los fines sociales de la cultura  y la mejor formación intelectual, moral y física de los educandos. Por ello, los estudiantes de los colegios católicos fueron lanzados a las calles a protestar esgrimiento pancartas con letreros alusivos a la protesta: ¡Fuera Hostos! ¡Fuera el Comunismo Ateo y Disociador! ¡Qué Viva Cristo Rey! También, la Conferencia del Episcopado en una declaración emitida días antes de ser proclamada la nueva Constitución consideró que “ésta estaba privada de todo sentido espiritual, que retrocedía a las épocas en que la influencia demagógica había ahogado situaciones históricas concretas con principios llenos de errores y pasiones, y que desconocían los derechos de la iglesia al no consagrar las relaciones de ésta y el Estado fijadas en el Concordato”.

A pesar de que los intelectuales de la nueva ola despachan a don Chilo con los calificativos de “hispanófilo, católico y antihaitiano” sin la lectura de las obras de Manuel Arturo Peña Batlle difícilmente pueda entenderse nuestro pasado colonial, y los hechos y las circunstancias que dieron origen a los dos Estados que comparte la isla de Santo Domingo.

Por medio de una Orden Ejecutiva (procedimiento mediante el cual el gobierno de la intervención yanqui de 1916 desconocía las leyes nacionales para imponer sus propias leyes) el gobernador militar, un tal almirante Knnap, nombró el 19 de enero de 1916 una Comisión de Educación encargada de rendirles un informe de los interventores acerca de las condiciones en que se encontraba la instrucción pública en el país. Y como bien afirmara Euclides Gutiérrez en su muy leída columna de los lunes que publica en “El Nacional” la labor de dicha comisión resultó beneficiosa para el sistema escolar dominicano. Ahora bien, hacemos la salvedad que de ninguna manera la labor de dicha comisión puede calificarse de patriótica; y de paso afirmamos que ni las ideas ni el anteproyecto de reforma de la educación que había formulado Hostos en 1901 fueron tomados en cuenta por ese grupo. A ello nos referiremos en una próxima entrega.