Hoy con Cristo 
El castigo será un
tormento agravado

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“Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41).

Esta generación de incrédulos fue llamada al arrepentimiento una y otra vez, el Espíritu de Gracia les dijo una y otra vez que estaban en esclavitud, que su gobierno era el pecado, que no siguieran en eso, que se acogieran a la amnistía dada por Dios en Cristo, pero rehusaron.

Por tanto, en el Día del Juicio Final serán endurecidos por siempre y sentenciados a estar “Con el diablo y sus ángeles.” Allí no habrá quien les dé una gota de consuelo. En este mundo aún cuando somos muy afligidos siempre viene alguien que ayude o consuele, pero allí no, los compañeros serán “el diablo y sus ángeles.”

En muchas ocasiones el Señor les dijo: “Arrepentíos para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo”, pero una voz interior le dijo, no ahora, sino después, y ese después nunca llegó, y así murieron, o haciéndole caso a los demonios, en el Día del Juicio serán enviados a estar por siempre con sus amigos de pecado, y nunca podrán salir. El hombre  huye por instinto del dolor, la crueldad, y la maldad, pero en el infierno la tendrán por siempre; descubrirán el engaño, pero ya no podrán librarse: irán “al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.”

El poder y malicia del diablo son tan grandes que puede engañar y mantener contento a todo el mundo; los impíos se deleitan en pecar o ser gobernados por el diablo. Su poder es monstruoso: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo”; aún ante el mismo Cristo no se detiene para pedir que un creyente le sea entregado y hacerlo miserable.

Es malicioso en el sentido absoluto de la palabra. No sólo es malo, sino malísimo. Es cierto que su poder está restringido bajo la autoridad soberana de la voluntad permisiva de Dios, pero en el infierno será quitada la presencia compasiva de Cristo, y los incrédulos estarán bajo su terrible y cruenta maldad.   Amén.