Hoy con Cristo
No hay excusas para no hacer el bien

Aquí el apóstol trae una atinada precaución, porque en todos hay la tendencia a cansarnos del deber de hacer el bien u obedecer a Dios, que es lo mismo.

Somos muy dados a inflarnos, pero muy rápidos para excusar nuestra irresponsabilidad, sobre todo en lo que aquí se nos refiere, hacer el bien a otros. Es esta la virtud más escasa, precisamente aquella que más ayuda a dar gloria a Dios, o a identificarnos como criaturas redimidas por Cristo, como está escrito: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuvieréis amor los unos con los otros” (Jn.13:35), las virtudes más altas son las más difíciles de alcanzar, y las que  más nos van a cansar.

El texto, entre otras cosas, supone paciencia y hacer el bien, cualquiera de estos dos que falte lo echa a perder. Paciencia: “No nos cansemos”. La distancia entre dos ciudades es de unos 1 46 kilómetros; si alguien sólo ha recorrido 100 no puede decir que ha terminado la jornada; debe seguir hasta el fin: “Que le serviríamos en santidad y en justicia delante de Él, todos nuestros días” (Lc. 1:75).

Los buenos frutos que son aceptables delante de Dios, son aquellos que están sazonados con la paciencia; Cristo no los come si le ponemos otra salsa, nótese cómo lo dijo nuestro Salvador: “Mas la que cayó en buena tierra, estos son los que con corazón bueno y recto, retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia” (Lc.8:15); esto es,  buena obra con paciencia. Un corazón que se deleita en hacer el bien siempre. La tentación a desmayar y a apartarnos del deber no faltará, pero la gracia de Dios nos sostendrá.

Pregunta, y ¿cómo mantengo la paciencia? Mientras mantengas tu esperanza de felicidad en el mundo por venir que Cristo ha prometido, entonces  estarás corriendo con paciencia, esperando con quietud la cosecha. Recuerda esto: el cristianismo es una religión del corazón más que de la conducta.

Amén.