¡Hoy no quiero escribir!

¡Hoy no quiero escribir!

¡Hoy no quiero escribir!

¡Hoy no quiero escribir!. Píndaro está negado a motivar sus neuronas para producir alguna idea que le pueda servir a Herminio para su entrega de esta mañana… O, que intente crear alguna inquietud que produzca motivación al ser interpretada. Herminio, que lo ve desde no muy lejos, ha tratado inútilmente de llegar a tiempo a una cita que está llamada a servirle de apoyo a uno de sus proyectos… ¡Vano intento!…

Sentado detrás del volante de su auto, espera y desespera en una de las céntricas esquinas de la Capital, mientras su mente revolotea y le trae pensamientos inimaginables… ¡Una capital que se ha convertido en una selva!

“¡Mira eso Herminio!” –grita Píndaro, mientras señala dos camiones en pleno centro de la ciudad deteniendo todo el tránsito, sus choferes conversando entre ellos, sin importarles el tranque que han provocado… “¡Cuidado, Píndaro!” –le grita ahora Herminio, al tiempo de hacer un esfuerzo por evitar que dos vehículos coreanos de servicio público, importados luego de explotados en su lugar de origen, repintados y vendidos a ‘precio de vaca muerta’, cuyos choferes apenas respetan las más simples reglas de cortesía… La alerta para Píndaro ha sido reforzada porque ahora el tapón tiene su origen en un “control’ humano que, parado en medio de esa amplia pero congestionada avenida, al parecer está cumpliendo con la misión de ‘cobrar’ su porciento del derecho a ‘uso de la ruta’ por la que están ‘conchando’.

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Herminio se pasa su mano derecha por la calvicie que le sirve de ‘sombrero’ en la vida, mientras con la izquierda sostiene el volante de su carro a la espera del ansiado desenredo callejero… Pasan los minutos, y es ahora que dos jóvenes y en entrenamiento ‘digessitas’ se miran una a otra, mientras una de ellas mueve insistentemente su mano izquierda y con la derecha agarra y hace sonar fuertemente su pito, ordenándonos respetarle y no intentar cruzar la esquina que, asombrosamente, ha cambiado su luz verde tres veces, mientras solo permite el paso oeste-este, y viceversa, pues ellas piensan que esa ruta merece una mayor importancia en el flujo a transitar… Píndaro, que observa la cara de preocupación de Herminio, le comenta: “Este es el único país donde ese personal llamado a facilitar la coordinación del tránsito en horas pico, es más eficiente que un semáforo programado”.

“Te lo he dicho, Píndaro –exclama Herminio-… ¡Hoy no quiero escribir!… Tengo deseos de ceder mi espacio a la poesía de mi respetado y apreciado amigo Jochy Mármol, a ver si con su poesía me permite la calma y aguantar este atolladero en que nos han metido los llamados a velar por el orden en el tránsito!”… Mientras ambos ven pasar minutos que se hacen pesadas horas, suena el teléfono de Píndaro y, como no va al volante y sometido a esa horrible presión, lo toma de inmediato… “¡Hola!… Es Píndaro… ¿Con quién hablo, por favor?” –pregunta intrigado-… “Es del periódico Hoy –responde una agradable voz-, para recordarle le diga al señor Alberti que recuerde enviarnos el material a publicar dentro de la Serie Píndaro… ¡No lo olvide! –insiste-, ¡Este es el número 283!”… “¡Gracias jovencita… Se lo diré de inmediato!” -le expresa Píndaro, mientras procede a cerrar la llamada en su celular-. “¡Te lo dije, Píndaro! –le refiere Herminio-… ¡Tenemos 20 minutos aquí parados y no nos han dado el paso!… ¡Esto no tiene madre, ni padre!”… Píndaro, ni corto ni perezoso, le exclama: “¡Aunque vivimos en una capital que la han convertido en una selva, asegúrate de tener disponible tu arco y flecha, así podrás pasar tu Niágara en bicicleta!”.

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