Hubiera sido mejor

No cabe la menor duda. La diplomacia internacional actuó para integrar ciento cincuenta soldados dominicanos a la misión en Haití. Apadrinados de tal modo, cuidaremos la carretera que desde Jimaní llega a Puerto Príncipe. Pero, ¿conviene? Entre el primer anuncio de ese envío y la diplomática reacción de los vecinos no hubo sino horas. No obstante una primera reacción negativa, con escasa diferencia de horas por igual, vino la aceptación. No mil y tantos, ni ochocientos, ni quinientos. Únicamente ciento cincuenta. Es probable que las grandes potencias y el organismo mundial no hayan leído entre líneas un mensaje no emitido, que debe ser ponderado.

Entre ambos vecinos isleños persisten formas diversas de resentimientos. No se admite que exista y la necesidad de convivir ha permitido que el sentimiento decline. Aquí, en tierra dominicana, persiste un rencorcillo, en muy escasas y determinadas comunidades y grupos humanos. En Haití ello es más vívido en grupos humanos más amplios que entre los dominicanos. Preciso es destacarlo, el dominicano ha sido más conciliador y aprendió temprano a entender que Haití está ahí y no podemos serruchar la isla.

Por ello me alegré cuando en un primer momento nos dieron bola negra. Al haitiano le es indiferente un soldado brasileño o chileno o de otra nación, bajo banderas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Un soldado dominicano despertará recónditas y adormecidas inquietudes. La República de Haití hizo suyo el territorio de la parte española de la isla, cuando don José Núñez de Cáceres proclamó la independencia. Apenas duramos como país independiente, alrededor de un mes. Juan Pedro Boyer alegó que unos dominicanos independientes podían ser dominados por una potencia europea, que entonces intentaría penetrar Haití.

Boyer no concebía que su pueblo, que con ayuda de los mosquitos diezmó brigadas del entonces triunfante ejército napoleónico, pudiera ser derrotado por los europeos. Su argumento, sin embargo, fue ése. Y Núñez de Cáceres que acudió a Simón Bolívar, no logró ser escuchado. En realidad, preciso es admitirlo, aquella conspiración independentista fue un acto impremeditado y solitario. Por ello resultó en extremo fácil a los haitianos obtener cartas de vecinos de Puerto Plata, San Juan de la Maguana, Neyba y otros lugares, que pedían el dominio de Haití. Fue la excusa.

El éxito alcanzado por Juan Pablo Duarte años más tarde se basó en que laboró de manera diferente a Núñez de Cáceres. Creó movimientos de opinión pública por vía de los cuales procuró el apoyo de amplios sectores de una población ostensiblemente escasa frente a la haitiana. Aunque prevaleció un resto de la población que era refractaria al movimiento, sus miembros se tornaron partidarios de los franceses cuando entendieron que la separación era irreversible.

Rafael L. Trujillo echó leña a un fuego que tal vez no se apagaba, pero disminuía. El corte de 1937, extremó resentimientos. Debido a la recóndita existencia de ellos, que un manto de civilizados comportamientos mantienen bajo control en ambos lados de la isla, se tornaba desaconsejable el envío de soldados dominicanos. Los haitianos, que conocen cómo arden aquellos fogones allá, procuraron estorbar esa presencia. Hasta que aceptaron un chín de ellos. Pero, ¿conviene?