Huevos de Pascua, una tradición milenaria

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Los huevos de Pascua tienen una larga tradición en el mundo cristiano y, en la actualidad, se han convertido en un agradable regalo que, pintados de colores o envueltos en llamativos papeles se ofrecen durante estos días como un dulce presente o como una bonita figura de artesanía. Pero la historia de los huevos de Pascua se remonta más allá del cristianismo y tiene su origen en el simbolismo de la vida y la fertilidad.

En todo el mundo se venderán este año cientos de millones de huevos de Pascua, sin embargo, las figuritas de chocolate desbancarán por goleada al tradicional huevo de gallina cocido y pintado.

Los nuevos productores del tradicional símbolo, que primero se cuecen y después se pintan, consideran que el chocolate reemplazó a la gallina por comodidad de los pasteleros y por el mayor atractivo para los más pequeños.

Sin embargo, el huevo de chocolate tiene ya más de un siglo de vida, ya que los pasteleros popularizaron la elaboración de esta figura, primero, con ingredientes, como el mazapán, el crocante y el azúcar, y por último, el chocolate.

VIDA Y FERTILIDAD

Los huevos de color y los conejos vivos, en efigie o de chocolate, que protagonizan la fiesta de la Pascua en Europa Central, son arcaicos símbolos de vida y fertilidad que existían antes de llegar el cristianismo a Europa, ya que esta costumbre se practicaba en la época de los faraones en Egipto, 5.000 años antes de Cristo y también en la de los reyes de Persia.

Las culturas pérsicas y celtas celebraban también desde tiempos remotos el equinoccio de primavera regalando huevos pintados  en señal de amistad.

Sin embargo, fue con el cristianismo cuando se arraigó esta tradición, puesto que el Papa Julio III prohibió en el siglo XVI el consumo de huevos durante la Cuaresma y, como contrapartida, fomentó el consumo del preciado producto en el Domingo de Pascua, dando lugar a una fiesta en la que los niños iban a buscar este alimento.

Para mantener su conservación durante tan largo periodo se habituaba a bañarlos en cera líquida, de tal manera que sirviera como capa protectora. Esta práctica derivó en la ornamentación de ellos con pinturas de colores y dibujos, sobre todo, los que iban a ser objeto de regalo.

A medida que pasaba el tiempo las severas prácticas de penitencia se fueron suavizando, pero quedó implantada la costumbre de celebrar la Pascua comiendo y regalando huevos, sobre todo en Europa del Este. En el siglo XVI hizo furor en Francia la costumbre de decorar los huevos y los artistas competían para realizar las más hermosas obras sobre ellos.

A finales del siglo XIX, la costumbre seguía vigente y en la corte de los Zares se hizo famoso, además de rico, el orfebre Carl Fabergé, quien prefirió realizar sus creaciones más duraderas trabajando con oro, cristal y porcelana.. 

LOS CONEJOS QUE ESCONDEN LOS HUEVOS

Los niños centroeuropeos se regocijan con los conejos que, según una leyenda alemana del siglo XVII, traen los huevos y los esconden, por lo que hay que afanarse para encontrarlos en el jardín. De ahí que en Estados Unidos la búsqueda del huevo de Pascua se mantenga hasta en los sitios más privilegiados, como la Casa Blanca, donde, en el jardín privado, los niños participan en una carrera en la que hacen rodar huevos y gana el que llega más lejos sin romperlo.

La emigración europea de principios del siglo XX hacia América y Sudamérica ha hecho posible encontrar hoy esta tradición en Argentina o en Brasil. En España no está arraigada, excepto en algunas Comunidades, especialmente Cataluña y Valencia, regiones en las que el lunes después de la Resurrección los padrinos regalan a sus ahijados la mona de Pascua, en la que el huevo está incorporado a un pastel.

En otras Autonomías  españolas se encuentran tradiciones similares, aunque con menos arraigo, como en el Principado de Asturias, donde los padrinos regalan a sus ahijados “el bollu”, una rosca de hojaldre rellena y adornada con yema de huevo, aunque los artesanos, no ajenos a los nuevos gustos, han ido introduciendo tartas con figuras y huevos de chocolate.

Una variante autóctona de la tradición de regalar huevos de Pascua se encuentra en la mona de Pascua con gran arraigo en Cataluña y que se ha extendido a la costa levantina.

El nombre de “mona” tiene su origen en la palabra árabe “monus” que significa don u obsequio y que en principio era un pan que las mujeres de las masías catalanas, en el siglo XVI, elaboraban tras la cuaresma, situando en el centro un huevo duro con dos tiras de masa de pan en cruz para evitar que saltara durante la cocción.

Los pasteleros se hicieron eco de esta costumbre y, durante el pasado siglo, fueron cuidando cada vez más la presentación, aunque no fue hasta después de la posguerra, cuando se produjo el gran auge de este pastel con el uso de la cobertura de chocolate.

Los panes elaborados en las masías también recibían el nombre de “cristinas” y era costumbre que los padrinos lo regalaran a sus ahijados con un número de huevos igual a la edad del niño.

La tradición se ha mantenido hasta nuestros días y hoy no hay casi ningún niño catalán que no reciba el lunes después del Domingo de Resurrección una mona de Pascua, que se ha convertido en una muestra de las dotes artísticas de los pasteleros que elaboran verdaderas obras de arte de chocolate. Los artesanos se centran en motivos infantiles actuales como “Harry Potter”, aunque hay algunos atemporales como las figuras de Walt Disney.

Por Isabel Martínez Pita.
EFE-REPORTAJES/it.