Hurgando… Trujillo, la frontera y el premio Nóbel

REYNALDO R. ESPINAL
El 28 de febrero de 1935 el presidente Vincent de Haití y el presidente Trujillo anunciaban formalmente haber arribado a un definitivo acuerdo en torno al trazado de los límites fronterizos de ambas naciones. Pendiente de resolución estaba tan palpitante cuestión desde que el 21 de enero de 1929, bajo el mandato del presidente Vázquez, las dos naciones se habían comprometido a dejar zanjados los inveterados diferendos fronterizos que hundían sus raíces en los tratados de Aranjuez de 1777 y Basilea de 1795 y en una incorrecta interpretación literal de la cláusula cuarta del tratado dominicano-haitiano de 1874 referente al término “posesiones actuales”.

La firma del precitado acuerdo fronterizo no era más que una de las tantas acciones con las que el dictador se proponía alcanzar la materialización de su política de dominicanización fronteriza. Para el logro de la misma sus colaboradores llegaron incluso a falsificar los datos del censo de 1935 cuando al comparar la población haitiana de dicho censo con la registrada por el primer censo de 1920 concluyeron que ésta había crecido en un 86%, sofisma puesto en evidencia por el notable investigador francés Lauro Capdevilla, quien al referirse este propósito afirma que “la propaganda no dice que esta curva no hace más que seguir la de la población total y que la proporción relativa, modesta, prácticamente no evolucina”.

Asesorado por sus áulicos Trujillo no escatimó esfuerzo alguno con tal de considerar su campaña de dominicanización fronteriza como una acción de ribetes nacionalistas, lo cual en el fondo tenía el trasfondo de contener la propagación de la población haitiana en nuestro suelo, llegando incluso a invocar nuestra ascendencia hispánica cuando ello fue preciso para justificar dicha política. En uno de sus famosos discursos pronunciados en la frontera para defender la dominicanización afirmaba que “en sus campiñas apenas se oía ayer el rico idioma de Cervantes. Canciones exóticas, en extraños dialectos, llenaban el ambiente campesino. Hoy la escuela rural de la provincia da la nota fresca del nacionalismo en el Himno a la Patria y en los cantos de la tierra”.

El ingenioso aparato propagandístico del régimen asoció a su campaña nacionalista en la frontera el elemento religioso, lo cual tenía la sutileza psicológica de tocar una de las fibras constitutivas de nuestro ser nacional. En efecto, el 8 de agosto de 1936 en la provincia de Dajabón se dio formal inicio a la famosa “Misión Fronteriza de San Ignacio de Loyola”, dirigida por los padres jesuitas Felipe Gallego y Antonio L. de Santa Anna. El P. Julián León Robuster, sacerdote jesuita que estuvo en la misión fronteriza en el año 1957, al prologar el libro del Padre de Santa Anna titulado “Misión Fronteriza. Apuntes Históricos”, afirmaba que “Trujillo observó, con mirada vigilante, que en la Línea Fronteriza se iba perdiendo la fisonomía nacional. La presencia invasora de gentes haitianas con lenguaje extraño, moneda extranjera, costumbres exóticas, ritos religiosos africanos del voudú y protestantes, minaban poco a poco este baluarte de la patria, y lo convertían en peligrosa cabeza de puente”.

El precitado acuerdo fronterizo de 1935 motivó que los profesores de derecho de la Universidad de Santo Domingo (hoy autónoma) dirigieran un memorial al Parlamento Noruego proponiendo al dictador como candidato a recibir el premio Nóbel de la Paz en el año 1936. Dicho memorial expone en más de cuarenta páginas las razones que a decir de sus proponentes justificaban tan alta petición, incluyendo las innúmeras felicitaciones que procedentes de los distintos Estados y Gobiernos del mundo fueron enviadas a Trujillo con motivo de la firma del acuerdo.

Los firmantes de dicho memorial fueron los profesores Jacinto B. Peynado, Julio Ortega Frier, a la sazón decano de la Facultad de Derecho, M. De J. Camarena Perdomo, Nicolás H. Pichardo, Rafael Castro Rivera, Leoncio Ramos, J. H. Docoudray y Antonio E. Alfau.

Paradójica y aleccionadora es la historia. El mismo Trujillo, propuesto para el Premio Nobel en 1936, un año más tarde, en 1937, ordena la tristemente célebre matanza haitiana, conflicto internacional de no vulgar envergadura y para cuya resolución necesitó del concurso intelectual de sus más fieles colaboradores, entre los que destacó el doctor Joaquín Balaguer, quien para justificar la perpetración de aquel incalificable genocidio expresó en su famosa carta al doctor Roberto García Peña, director de diario “El Tiempo”, de Bogotá, el 11 de octubre de 1945, lo siguiente: “Los incidentes de 1937, contrariamente a lo que afirman los enemigos del gobierno, fueron provocados por las incursiones armadas que las poblaciones de Haití radicadas en las zonas fronterizas venían realizando con frecuencia sistemática sobre las provincias del norte del país, para apoderarse de los frutos y del ganado de nuestros agricultores”.