Hussan Abdo

La menuda figura llegó hasta muy cerca de los soldados judíos, pero no apretó el botón que llevaba bajo aquel chaleco cargado de dinamita. “Cambié de opinión. No quiero morir”, dijo lloroso al ser detenido.

Los soldados israelitas registraron en las cámaras de televisión de su sistema de seguridad al adolescente que se despojaba de la vestimenta, y notaron sus gestos nerviosos. Fue cuando descubrieron que, por un instante, estuvieron a las puertas de la muerte.

El puesto, cerca de Naplusa, es centro de la atención de una opinión pública mundial tan sorprendida como la familia del niño. Como asustado debe estar Hussan Abdo, el jovencito a cargo de la abortada misión suicida.

¿Quién lo indujo a ello? Poco antes de que se armase el escándalo en Palestina e Israel, la llamada “Brigada Al Aqsa” se atribuyó la preparación del atentado. Pero entre los mismos palestinos causó angustiosa sensación el conocimiento de este intento frustrado, a cargo de un adolescente.

Y el recio juicio público hizo que esta “Brigada Al Aqsa” rectificase la declaración primera. “Israel preparó al muchacho”, han dicho ahora. Y en esta incesante e increíble lucha que libran estos pueblos, los Abdo quedaron en medio. La madre de la criatura, Tamam, pide que los dejen en paz. No se habría opuesto a que su hijo detonara la carga que llevaba encima si hubiera tenido 18 años. “Pero es un niño. Debía estar en la escuela”, ha dicho.

Quienes expresan inconformidad con estas misiones pueden ser objeto de represalias en su propio pueblo. Por ello, tras señalar que este hijo es un crío, la madre pide que los dejen tranquilos. Pero no le niega a los extremistas el derecho de usar a su vástago como una bomba humana. ¡Si tuviese 18 años, entonces lo sacrificaría! Y el propio joven admite que soñó con ese nirvana prometido por sus instructores, que le dijeron que tendría 72 queridas, y ríos de vino y miel en el Paraíso. Cuando contempló la cara de Caronte, sin embargo, se arrepintió.

Pero, ¿cómo podemos hablar con semejante desparpajo? ¿Cómo puede escribirse con tranquilidad de todo ello, sin que trémulas las manos nieguen fluidez al pensamiento, y ardiente el pecho inflame de pena las emociones, y sudorosas las sienes reflejen la inquietud que nos anima? ¿Cómo admitir que ello ocurre en nuestro siglo?

Leemos asombrados noticias respecto de muchos otros mártires, o ésta, que habla del abortado intento. Y una pregunta pulula en nuestra mente.

¿Comprenden los guías políticos y religiosos de esa nación qué imagen proyectan ante otros pueblos? No les importa, a no dudarlo.

Como no le importa a los israelíes sostener persecuciones y asesinatos selectivos como el perpetrado contra Amehd Yassin, hace unos días. Las guerras, aborrecibles, con los muertos y destrucción que ellas generan, son entendibles. Pero, ¿y éstos acontecimientos? Al perpetuar la ley del talión no hacemos sino poner al descubierto la prevalencia de la barbarie en tiempos en que se proclama el triunfo de la civilización.

Pero Hussan Abdo fue salvado por su instinto vital, no por la civilización.

Colocado ya en la linea de la garita judía con su carga mortal, optó por la pesarosa existencia terrena antes que por la felicidad celestial ganada a sangre y fuego. Pero ¿qué representará este paso para Hussan? ¿Se le signará por cobardía entre los suyos, sólo porque decidió seguir el curso natural de su existencia?

El paso dado por Hussan obliga al mundo musulmán a revisar las estrategias que siguen algunos de los grupos extremistas acogidos a la sombra del Profeta. Porque pone al descubierto una insensibilidad humana, una saña homicida y una proclividad al mal, que no creemos que sean premiables con las glorias del Paraíso. Y hace aflorar la ineficacia de la civilización occidental para convencer gentes y culturas que permanecen anquilosadas en remotos períodos del desarrollo humano.