Identidad persistente -III-

Federico  Henríquez Gratereaux

No importa que miremos la historia como un “proceso” -sujeto a leyes- o como una serie ininterrumpida de “accidentes”. Esto es particularmente importante para comprender los “fenómenos identitarios” de la América hispánica. En los países de nuestra América es muy difícil que tengan éxito movimientos nacionalistas etnocéntricos -fundados sólo en la etnicidad, en la pureza de una raza determinada-. En América existen tres grandes grupos étnicos que conviven desde hace siglos: los aborígenes precolombinos -mayas, quéchuas, aztecas, aimaras y muchísimas otras etnias-; los europeos colonizadores y sus descendientes directos o indirectos; y los hijos de los negros importados como esclavos en algún momento de la historia colonial.

Negros, blancos, e indios han dado lugar a toda clase de mezclas: mestizos, mulatos, zambos. No obstante los numerosos prejuicios existentes y las diversas luchas que separan o han separado a estos grupos, pertenecen todos a la misma comunidad, al mismo Estado. El que hayan luchado unos con otros por motivos económicos, sociales, políticos, y ocupado distintos lugares en la escala de jerarquías públicas y de estimación, no impide que sean nacionales del mismo país y bailen la misma música y coman parecidos platos. Las viejas identidades son persistentes, mutantes y, además, aglutinantes: aglutinantes por dos razones: porque incorporan nuevas partículas y porque mantienen la cohesión de las sociedades.

La mutación es lenta, la persistencia prolongada; y el poder aglutinante una fuerza política siempre activa. En la actualidad las naciones de América hispánica tienen poblaciones mestizas, mulatas o trihibridas, amparadas por una sola ciudadanía. Himno, bandera, idioma, cocina, son hoy elementos comunes a los tres grupos. Para estudiarlos es necesario disociar o separar, raza y cultura, raza y nación, raza y ciudadanía y, finalmente, raza e identidad. Bélgica es un Estado binacional que aloja en su estructura jurídica a dos pueblos: a flamencos y valones.

Todas las constituciones políticas comienzan por mencionar al pueblo que la proclama, la nación en nombre de la cual se consagra, antes de llegar a la descripción de los poderes del Estado que defenderá a ese pueblo y a esa nación. Inmediatamente después las constituciones se refieren a los símbolos patrios: himno y bandera; señalan factores unitivos de la población: lengua y religión. (Identidad persistente y mutante; 2004).