Identidad persistente -V-

Federico  Henríquez Gratereaux

En la historia de la América hispánica, junto a acciones y obras de verdadera humanidad y de empinado heroísmo, brotan excrecencias salvajes, risibles, carnavalescas. Arturo Uslar Pietri, en su novela “La isla de Robinson”, pone a hablar a Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, acerca de de “aquellos pueblos americanos en revuelta continua” (…) “le contaba las cosas que había visto en Bolivia, en el Perú, en Chile. La plétora de necios, fatuos, de ignorantes que pretendían dirigir unos pueblos impreparados para la vida política”. “El ciego que conduce otro ciego”. Intentamos establecer un orden democrático sin tener el número suficiente de demócratas.

No es posible copiar al pie de la letra los buenos ejemplos del orden político europeo; es como vestir el cuerpo de un flaco con un traje hecho para un gordo. Pero sería aun peor reproducir los malísimos ejemplos de las guerras religiosas o étnicas, de los feroces enfrentamientos y matanzas de los nacionalismos excluyentes, que han asolado a Europa. Un continente mestizo puede y debe superar esas visiones unilaterales de limpieza racial, de etnias privilegiadas o “superiores”. Ahora asistimos a un nuevo ascenso de los nacionalismos, en Austria, en Holanda. El extremista francés de derechas, Jean-Marie Le Pen, gana cada día más apoyo en varias regiones de su país. La América mulata y mestiza debe rechazar ese camino autodestructivo.

Edgar Morín escribió: “El antiguo internacionalismo había subestimado la formidable realidad mitológica religiosa del Estado-nación. Se trata en adelante, no solo de reconocerla, sino también de no pretender abolirla”.

A estas palabras de Morín habría que añadir que no solo no debe intentarse abolir esa “formidable realidad” que es la nación; tampoco es lícito pretender fosilizar la idea nacional e impedir su desarrollo, transformación o evolución. La “formidable realidad” del Estado-nación no es únicamente mítico-religiosa.

Fustel de Coulanges, en su extraordinario libro “La ciudad antigua”, explica los orígenes religiosos de la “polis” griega y de la “urbs” romana.

El Estado-ciudad es el tema central de este autor clásico; pero es claro que los modernos Estados-nación prolongan y participan de esos arranques mítico-religiosos. Sin embargo, la fuerza actual de los sentimientos nacionales procede de intereses económicos y de vínculos anudados por costumbres profanas. (Identidad persistente y mutante; 2004).