Ideología de la isla al revés

JUAN D. COTES MORALES
Rafael Leonidas Trujillo gobernó el país con la mano férrea que todos conocemos, haciendo ingentes esfuerzos por distinguirse en toda ocasión como un demócrata completo, pero sobre todo, como un luchador anticomunista.

Por conveniencia y beneficio personal, él más que nadie tenía siempre interés de mostrarse y que se le reconociera nacional e internacionalmente, no sólo como un demócrata más pura y simplemente, sino además y sobre todo, como anticomunista.

Sus desplantes y desafíos lo llevaron a adquirir un orgullo exclusivo y muy propio de él para molestar, fastidiar y desafiar a Rómulo Betancourt, don Pepe Figueres, Juan José Arévalo, Jacobo Arbenz, Carlos Castillo Armas, Luis Muñoz Marín, y a todos los gobiernos donde residían dominicanos que luchaban contra su régimen.

Trujillo vivió una vida obcecada y obsesiva que le impidió manejar el poder conforme a las corrientes ideológicas de su época, sin persecuciones, sin mazmorras, y sobre todo, sin derramamiento de sangre inocente.

Del culto a su personalidad quiso hacer una única y particular ideología.

Después de su muerte el pueblo comenzó a buscar afanosamente a sus héroes y a sus ídolos: Juan Bosch, Viriato Fiallo, Manuel Aurelio Tavarez Justo, Francisco Alberto Caamaño Deñó, Joaquín Balaguer, José Francisco Peña Gómez, Jacobo Majluta, Leonel Fernández Reyna y Rafael Hipólito Mejía Domínguez.

De esta época postrujillista, de luces y sombras, de héroes y heroínas, luchadores sinceros y honrados y de oportunistas y farsantes, vivos, activos y hábiles para competir en la lucha democrática se destacan casi solos Leonel Fernández, el PLD, el PRSC, renovándose y unificándose bajo la dirección de Federico Antún, Eduardo Estrella y otros y el PRD sangrado.

El profesor Juan Bosch y el doctor Balaguer sentaron las bases para que la comunidad nacional reeditara sus ideas políticas y el pensamiento con el cual incidieron durante toda una época luminosa de nuestra historia contemporánea al igual que el tribuno Peña Gómez.

El doctor Joaquín Balaguer personificó la paciencia, la discreción, la prudencia y el conocimiento profundo de la idiosincrasia del pueblo con su excepcional temperamento para manejar todas y cada una de la situaciones políticas que se presentaron durante su largo ejercicio gubernamental y sacar provecho para mantenerse en el poder, tal como solía decir, como un instrumento del destino.

Trujillo fue fiero y salvaje con los haitianos. Bosch no quiso ni tuvo tiempo para tratarlos. Balaguer fue un amigo atento, afable, comprensivo y, sobre todo, solidario con el pueblo haitiano. Peña Gómez fue un cordial amigo, pero jamás como Joaquín Balaguer.

Para el doctor Balaguer las relaciones dominico-haitianas eran un asunto ideológico-político de primera magnitud que constituían para él y su régimen importancia vital en todos los aspectos, incluso, hasta para sostener su concepto ideologizante de la isla al revés, única y dividida.

Las organizaciones políticas de izquierda son la expresión más patética del subdesarrollo intelectual y de la tristeza infinita de la pobreza de un pueblo. Muchos hombres jóvenes, buenos, se inmolaron, fueron sacrificados o derramaron su generosa sangre para que los filisteos socialistas y comunistas pudieran hoy seguir hablando de los mismos sueños que ellos saben que son falsos.

Lo único verdadero de todo es la necesidad de luchar en una sola dirección para hacer patria con cada gota de sudor y promover las urgentes reformas sociales, políticas, constitucionales y económicas indispensables para garantizar la gobernabilidad y el sosiego de la familia dominicana.