Ilusiones perdidas

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POR GRACIELA AZCÁRATE
El 18 de brumario del año VIII, según el calendario implantado por la Revolución Francesa, o sea el 9 de noviembre de 1799, el general Napoleón Bonaparte dio un golpe militar contra el Directorio, se proclamó Primer Cónsul y después emperador con el nombre de Napoleón I.

El 2 de diciembre de 1851 su sobrino Luis Bonaparte, presidente de la República surgida de la revolución de 1848, dio un golpe de estado, disolvió la Asamblea Nacional y estableció una dictadura que daría paso meses después al Segundo Imperio.

Si la historia es comprensión como dice la historiadora Adriana Mukieng San Ben, otras disciplinas se suman para entender una época y su gente. La sociología, la literatura, los archivos documentales, los estudios etnográficos, los archivos de daguerrotipos y fotos, los museos y las pinacotecas acumulan datos para entender las raíces de un mundo que desde el ayer nos explica el presente.

El perfil de Leonor Defilló, en un daguerrotipo de 1850, el peinado, la toquilla, el camafeo prendido a una cinta de terciopelo negro, el vestido de amplias faldas, las crinolinas y mangas abullonadas recordaba el perfil de otras mujeres.

Con un aire común, la catalana, devenida en caribeña se emparentaba con el perfil de Carlota, la princesa belga casada con Maximiliano de Austria, cuando llegó en el vapor Novara, al puerto de Veracruz, para ser proclamada emperatriz de los mejicanos; o con el perfil de Eugenia de Montijo, la andaluza conspiradora y ambiciosa, que casó con Napoleón III y fue emperatriz de los franceses; con el de Flora Tristán, escribiendo sobre “las desventuras de una paria” en el Londres y Manchester de Engels y Marx; con el de Florence Nightingale, acompañada de una linterna levantando heridos en la Guerra de Crimea, o con el escorzo de cualquier dama del profundo sur norteamericano después de la Guerra de Secesión.

El perfil de muchas mujeres, de distintas procedencias, en distintos contextos, de diferentes nacionalidades, pobres, ricas, adineradas, aristócratas, bastardas, advenedizas, barraganas, oportunistas y contestarias. Todas reunidas para dar sentido a una época, aunadas por un tiempo singular, terrible, lleno de oscuras premoniciones, de grandes movimientos políticos, sociales, y económicos.

Todas quedaron unidas en la simultaneidad de grandes cataclismos sociales y de sincronicidades que explican la historia universal entre 1830 y 1870, tanto en Europa como en América.

En 1852 se proclamó el Segundo Imperio y Luis Napoleón se transformó en Napoleón III.

Los ideales republicanos y democráticos de la sublevación de 1848 habían sido traicionados por la élite que temía las agitaciones populares, colocando en su lugar el despotismo y el autoritarismo.

El período del Segundo Imperio significó la transición de Francia hacia el capitalismo monopolista financiero. En ese contexto, el Emperador y sus administradores iniciaron el plan de reforma de París, para liberar a la ciudad de las restricciones físicas de su pasado, ampliar las calles para dar paso a los cañones que reprimirían los movimientos obreros, las grandes construcciones para alimentar la especulación inmobiliaria, dar de ganar a los nuevos contratistas, “los nuevos ricos” de un Segundo Imperio que reunió las caraterísticas de farsa.

La renovación urbana fue propuesta y lograda por el barón Haussmann, el intendente de París de 1853 a 1870, se basó en sus relaciones con el sistema financiero; y dio origen al nacimiento del espectáculo consumista en los bulevares parisienses. Este gran movimiento social y económico se reflejó en las visiones de Stendhal, Balzac, Flaubert, Baudelaire y Zola que en su literatura narraron las relaciones de género, comunidad y clase.

Con Napoleón III, su ministro Thiers alentaba a los nuevos ricos con la exclamación: “¡Enriqueceos, enriqueceos!”.

El delirio constructor de Haussmann, el incremento de las fortunas de un día para otro a la sombra del bonapartismo resurgido con ribetes de caricatura “cesarista”, la proliferación de los banqueros como los Pereire, la especulación de la Bolsa, y el surgimiento de poderes tan importantes como el periodismo escrito, y el periodismo gráfico encarnado en la figura del grabador y litógrafo Honoré Daumier. Fue un decidido opositor de Napoleón III. Lo denunció con sus litografías desde el periódico “Le Charrivari” y fue preso por orden del Emperador en un claro ejercicio de “censura de prensa”. En sus litografías que es periodismo gráfico: “Daumier describe la obstinación y la torpeza del burgués mantenedor del Estado, se mofa de su política, de su justicia, de sus diversiones y descubre toda la farsa fantasmal que se esconde detrás de la respetabilidad burguesa”.

El “cesarismo” de Napoleón III se apoyó en el capital financiero, en la especulación inmobiliaria y bursátil, en la gran industria, donde el ejército desempeñó un importante papel en la represión de los obreros. El auge económico se fundamentó en los nuevos descubrimientos técnicos, en la construcción de ferrocarriles y vías fluviales, en la ampliación y aceleración del tráfico de mercancías y en la difusión y creciente flexibilidad del crédito. Francia se volvió capitalista y “crece una burguesía vanidosa, exigente, arrogante que cree que puede hacer olvidar, con meras formalidades externas, la modestia de su origen. La sociedad es promiscua, advenediza, frívola, cruzada por actrices, forasteros, “parvenu” y arribistas.

Es el momento de la opereta, del baile popular, de los boulevares, los restaurantes, los grandes almacenes, las exposiciones mundiales y los placeres corrientes y baratos.

“La vida artística de Francia y del Segundo Imperio está dominada por la producción fácil y placentera, destinada a la cómoda y mentalmente perezosa burguesía. Una burguesía que hace surgir “una arquitectura pretenciosa”, basada en modelos grandiosos pero vacía e inorgánica, que llena sus viviendas con objetos seudohistóricos más caros, pero completamente superfluos, con frecuencia, fomenta una pintura que no es nada más que decoración , una literatura que no es más que diversión apacible, crecen los folletines por entregas, la música se vuelve fácil y ligera como las operetas de Offenbac”.

Literatura y “Cesarismo”

Stendhal, para 1830 y Balzac, para 1851 son los dos cronistas literarios de una sociedad que entierra el Antiguo Régimen, guillotinado en 1789. Los personajes del primero son exaltación de ese pequeño corso, que de oscuro militar deviene en trepador social, de inteligencia brillante y energía arrolladora que llega al pináculo de la gloria para finalmente “robarle a Francia sus libertades”.

Mientras escribe “Rojo y negro” “La cartuja de Parma”, “Lucien Leuwen” como un gran fresco de esa sociedad en conflicto y cambio, le escribe a su hermana: “El mundo está lleno de personas que sólo son capaces de dos pasiones: la vanidad y el dinero. Tú y yo podemos emocionarnos hasta lágrimas por una idea”. Como se pasó la vida de burócrata del gobierno de la Restauración y de Luis Felipe, se guareció en la escritura de novelas para poder denunciar los males de su época sin poner en riesgo el salario de funcionario que le permitía apenas sobrevivir o de ser llevado a los tribunales por difamación e injuria. Así lo escribe en su “Diarios” sin rodeos ni eufemismos. Balzac es el Shakespeare de la novela y llega al sumun en “Ilusiones perdidas”.

El personaje central es Lucien Chardon, y no es casual, y muy significativo que el personaje del simpático oportunista aparezca en el mundo del periodismo.

A través de la degradación de Lucien, un joven poeta de provincias, que a cambio de dinero y prosperidad económica se mete a periodista vendido, Balzac describe “las pasiones y los intereses humanos que entran en el mercado de la información, todo lo que conduce a la ineludible corrupción del negocio de la comunicación”.

La novela está llena de “hombres buenos que no harían daño a una mosca y que engañan, traicionan, explotan, estafan, roban y arruinan a su prójimo de mala gana, sólo porque no existe otro modo de llegar adonde quieren”.

Entre Stendhal y Balzac, una sociedad de hace ciento cincuenta años mantiene hoy día la vigencia de las viejas codicias y miserias de la condición humana.

La lectura de sus novelas demuestra que ambos carecían del “servilismo mental que probablemenente requiere cualquier lealtad política” y el desarrollo de sus biografías personales y artísticas es una persistente batalla contra “la necesidad de adular a los mediocres”.

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“El mundo está lleno de personas que sólo son capaces de dos pasiones: la vanidad y el dinero”.

Stendhal

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“En el arte, sobre todo en la arquitectura y en la decoración de interiores, nunca había imperado tanto mal gusto como ahora. Para los nuevos adinerados, que son lo bastante ricos para querer brillar, pero no lo bastante antiguos para brillar sin ostentación, no hay nada demasiado caro ni pomposo”. (…)Todo es pretencioso, frágil, de apariencia equívoca y está marcado por una nota de falsedad que corresponde al carácter de “advenedizo” de la sociedad dominante (…)“crece una burguesía vanidosa, exigente, arrogante que cree que puede hacer olvidar, con meras formalidades externas, la modestia de su origen.”.

Hauser, Arnold: Historia social de la literatura y el arte. El Segundo Imperio.Tomo III

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“…como todos los oficios, no tiene fe ni principios…En consecuencia a su debido tiempo, todas las revistas serán traicioneras, hipócritas, infames, mentirosas, asesinas; matarán ideas, sistemas y hombres, y prosperarán con ello. Estarán en la feliz posición de todas las creaciones abstractas; se hará el mal sin que nadie sea culpable”.

Balzac, Honoré: “Ilusiones perdidas”

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Carlos Marx publicó en 1852 un folleto titulado El Dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte satirizando al que sería proclamado emperador Napoleón III. Afirmaba que si, como dijo Hegel, todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen dos veces, la primera lo hacen como tragedia y la segunda vez como farsa.

“La revolución de Febrero [de 1848] cogió desprevenida, sorprendió a la vieja sociedad, y el pueblo proclamó este golpe de mano repentino como una hazaña de la historia universal con la que se abría la nueva época. El 2 de diciembre [de 1851], la revolución de Febrero es escamoteada por la voltereta de un jugador tramposo, y lo que parece derribado no es ya la monarquía, son las concesiones liberales que le habían sido arrancadas por seculares luchas. Lejos de ser la sociedad misma la que se conquista un nuevo contenido, parece como si simplemente el Estado volviese a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la sotana”.

Carlos Marx